En esta sección te invitamos a conocer las historias de altagracienses que viven en diferentes partes del mundo. AGNoticias dialogó con Andrés quien tras dejar su empleo en el casino y partir hacia Europa con lo justo, recorrió ocho países desempeñando los oficios más diversos. Hoy nos cuenta cómo es la vida en el interior árido australiano, el desafío de manejar maquinaria pesada y por qué Australia es el destino con mayor oferta laboral para los argentinos.
En AGNoticias la sección «Altagracienses por el Mundo» ya es un clásico de nuestro portal informativo. Un espacio dónde les acercamos los lectores historias de vecinos, amigos o familiares que dejaron su ciudad natal y que ahora están viviendo diferentes experiencias alrededor del mundo. En esta oportunidad, conocemos más al altagraciense Andrés Tulian.
Hay historias que parecen escritas por el destino, pero forjadas por una voluntad inquebrantable. En Andrés, el impulso de viajar y conocer el mundo empezó a tomar forma cuando todavía era adolescente en Alta Gracia. “Cuando tenía 16 años ya pensaba en viajar, siempre le decía a mi mamá que cuando cumpliera 18 me iba a ir”.
En ese proceso, las charlas familiares también jugaron un rol clave: su abuela solía contarle historias sobre la inmigración italiana en Argentina, relatos que despertaron una intriga que, con el paso del tiempo, se transformó en motor.

El punto de quiebre llegó en 2016. Con 22 años, Andrés había terminado sus estudios como visitador médico, trabajaba en el Sierras Hotel Casino y atravesaba un momento de cambios. “Me habían despedido, tenía un poco de dinero ahorrado y un amigo me ofreció ir a Europa a probar suerte”, contó.
Sin demasiadas ataduras y con una curiosidad que pesaba más que el miedo, tomó una decisión que cambiaría su vida: se fue del país. “Fui a Europa y no volví a Argentina por cinco años”.
Europa como escuela de vida y trabajo
Lo que comenzó como un viaje terminó convirtiéndose en un modo de vida. Su amigo regresó a Argentina al poco tiempo, pero él decidió quedarse.
Andorra fue su primer destino estable y el lugar donde entendió que el desafío recién empezaba. “Conseguí trabajo cuando me quedaban 70 euros en el bolsillo. Ahí fue cuando comenzó todo”.


Desde entonces, su recorrido por Europa fue tan intenso como diverso. Trabajó por temporadas en distintos países, moviéndose constantemente y aprendiendo a convivir con la incertidumbre.
España, Escocia, Noruega, Italia, Francia, Suiza y Dinamarca forman parte de un mapa personal construido a base de esfuerzo, adaptación y aprendizaje.
“Me empecé a hacer adicto a la falta de rutina. Cada movimiento fue como una ficha de ajedrez”, explicó, al describir cómo cada decisión lo llevó a nuevas experiencias.

Para Andrés, el trabajo temporario no solo significó una fuente de ingresos, sino una manera distinta de habitar el mundo.
“Trabajar por temporada te hace vivir de otra manera. Los mejores momentos los tuve en esos lapsos de viaje”, comentó, y reconoció que ese camino lo fue formando a nivel personal, enseñándole sobre la soledad, la resiliencia y el autodescubrimiento.

Oficios, aprendizaje y la cultura del trabajo
Aunque se formó como visitador médico, nunca ejerció esa profesión. Sin embargo, lejos de verlo como una frustración, lo considera parte de un aprendizaje más amplio.
“Mi mamá y mi abuela siempre me inculcaron valores: trabajar de forma honesta, buscar opciones, tener buena actitud y una sonrisa”, resaltó.
Esa filosofía lo acompañó en cada país y en cada empleo. Fue monitor en Caldea Andorra durante tres temporadas de invierno, gerente general de un hostel, recepcionista de hotel, cocinero, barista, líder de equipo en un local de ropa de montaña en Noruega, trabajador en una agencia consular en Escocia, peón rural en Dinamarca y vendimiador en Francia. Incluso llegó a trabajar de forma remota para Google.


Hoy, en Australia, su presente laboral está ligado al campo. “Vine con el objetivo de aprender a manejar tractores y trabajar de eso. Ya lo cumplí”, declaró con orgullo.
Pero, fiel a su forma de vivir, ya se planteó una nueva meta: comenzar a viajar y crear contenido para mostrar su experiencia alrededor del mundo. Algo que comparte a través de su cuenta de Instagram, @anturorr.
Buscar trabajo y vivienda: la otra cara del sueño
Por otro lado, lejos de idealizar la vida en el exterior, es claro al hablar de las dificultades. Conseguir trabajo y alojamiento, aseguró, no es sencillo. “No fue fácil y no lo sigue siendo. Hace casi diez años que vivo así y sigue siendo complicado”, admitió.
La clave, según su experiencia, está en la actitud y en la constancia. “Hay que estar todo el tiempo encima del objetivo: hablar, preguntar, llamar. Si uno busca, encuentra”.

Sin embargo, para el altagraciense, vivir como nómada implica aceptar ciertas reglas del juego: nunca sentirse del todo local, enfrentar barreras idiomáticas y culturales y adaptarse permanentemente.
Aun así, entiende que ese esfuerzo forma parte de una elección personal. “Para algunos puede ser inaguantable, para mí es parte de una vida que me hace feliz”, resumió.
Australia: trabajo, naturaleza y contrastes emocionales
Instalado actualmente en Australia, Andrés se mostró sorprendido por la magnitud y diversidad del país. Recorrió gran parte de la costa este, incluida Tasmania, y ya proyecta conocer la costa oeste en los próximos años.
“Lo que más me gusta es la naturaleza, la flora y fauna tan diversa que nunca vi en ningún otro lugar”, señaló.
También la estabilidad económica y la simplicidad de los trámites, similares a los del Reino Unido. “Trabajo hay por todos lados. Es el país con más oferta laboral que conocí”, expresó sin dudar.


No obstante, no todo es idílico. Vivir y trabajar en zonas rurales alejadas, como el outback australiano, puede pasar factura emocional.
“Estuve meses en un pueblo muy chico y lo padecí. La falta de movimiento y de gente se siente”, confesó, y reconoce cuánto extraña la vida social de Argentina y Europa.
Lo que se extraña y lo que se aprende lejos de casa
La distancia también resignifica los afectos. Andrés extraña a sus amigos, a su madre, a su perro y a la cultura argentina. “Irme me hizo valorar mucho más lo que tengo allá”, reflexionó.
A la vez, remarcó la importancia del acompañamiento a la distancia: llamadas, mates virtuales y charlas que lo mantienen conectado con sus raíces.

Viajar, lo ayudó a conocerse mejor y a romper límites internos. “Aprendí que el límite estaba en mi cabeza. Era miedo, nada más”, sostuvo.
Seguido de esto recordó un consejo que le dieron antes de partir: “Te van a pasar cosas buenas y malas, pero hay que seguir”. Para él, esa frase sigue siendo una guía.
Un mensaje para quienes sueñan con viajar y el regreso a las raíces
A quienes sienten el deseo de irse pero no saben por dónde empezar, Andrés les habla desde la experiencia. “Yo me fui a Europa con mil euros y conseguí trabajo cuando me quedaban 70”, afirmó, convencido de que muchas veces el miedo pesa más que la realidad.


Hoy busca compartir ese aprendizaje ayudando a otros, mostrando su estilo de vida y ofreciendo consejos a través de sus redes. “El mejor aprendizaje fue ignorar el miedo y dar el paso”, concluyó.
Por ahora, volver a vivir a Argentina no está en sus planes. “Amo mi país y mi gente, pero todavía no es el momento. Me quedan lugares por conocer y cosas por aprender”.
Mientras tanto, el altagraciense sigue recorriendo el mundo, con Alta Gracia siempre presente. Incluso a miles de kilómetros de distancia.





