fbpx
AG Noticias
Crónicas al Voleo

El último bohemio andaluz

El último bohemio andaluz
Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)

La Semana Santa es una de las celebraciones más populares de Sevilla. Desde la edad media, cuando comenzaron a organizarse las primeras cofradías, los sevillanos expresan su pasión religiosa y su gustillo herético por la fiesta en una especie de sincretismo que funde lo sacro y lo pagano en medio de una monumental procesión.

Las cofradías y hermandades parten desde sus parroquias barriales y se concentran en la plaza de la calle Campana; y desde allí se dirigen a la catedral sevillana, portando pesadas imágenes de las distintas advocaciones marianas, que son custodiadas por los nazarenos con sus típicos trajes. Trajes que en Estados Unidos fueron arrebatados por el Ku Kux Klan para cambiarle para siempre su significado.

Mezclado entre los procesantes, allá por la década de 1950, el niño Silvio se deslumbraba con las sufrientes imágenes, las multitudinarias expresiones de fe y, sobre todo, la espectacular banda de sonido de las procesiones, a cargo de agrupaciones que pueden ir de algunos tambores y cornetas hasta bandas completas con secciones de bronces multitudinarias.

Hijo natural

Silvio Fernández Melgarejo había nacido el 8 de agosto de 1945 en el destacamento de la Guardia Civil de La Roda de Andalucía, un pequeño poblado a poco más de 100 kilómetros de Sevilla, días después de la bomba de Hiroshima y horas antes de la de Nagasaki. Su madre, Eva Fernández, debió trasladarse fuera de Sevilla para dar a luz porque era soltera y eso era una afrenta insalvable para la familia gitana de la que provenía. El padre del niño era Antonio de los Santos, un periodista del diario ABC de la capital andaluza.

De su fascinación por los tambores de las procesiones de semana santa surgió su vocación de baterista y ya de adolescente era conocido en los bares de Triana, barrio popular y cuna de grandes toreros como Juanito Belmonte, Joaquín Rodríguez Ortega «Cagancho», Francisco Vega de los Reyes, el «Gitanillo de Triana» y Emilio Muñoz, por citar a algunos.

Poco a poco, Silvio el Roquero, como ya era conocido en ambas márgenes del Guadalquivir, fue desarrollando su personalidad casi mitológica, excéntrica, polémica, subversiva e incontrolable. Fue haciéndose famoso por ser un baterista disruptivo, un frontman adelantado a su época y un bebedor irredento.

La aristocracia del barrio

Además, Silvio era un verdadero dandy y a principios de la década de 1970 conoció a Carolyn Williams, una joven aristócrata inglesa que, de paso por Sevilla, no pudo escapar a su hechizo. Se casaron al poco tiempo en la basílica del Cachorro, en el barrio de Triana (¿dónde si no?) con la total oposición de los padres de la novia, horrorizados que una dama de la nobleza británica contrajera enlace con un personaje de esta calaña.

No obstante su opinión en contrario, papá Williams le pasaba mensualmente una buena cantidad de Libras Esterlinas a su hija. Con ese sueldo, Silvio abandonó la música y la pareja se instaló en Marbella, donde nació el unigénito, Sam Fernández (gran nombre para un mafioso cubano de Miami).

En la soleada villa mediterránea, de la que alguna vez fue alcalde Jesús Gil y Gil, Silvio ocupaba casi todo su tiempo en dos actividades: estar tumbado al sol o estar bebiendo. Sin embargo, cada mes debía hacer un trámite administrativo que atendía sin problemas: ir al banco a retirar la mensualidad de papi Williams.

Salir de caravana

Es que durante el franquismo las mujeres no podían entrar a los bancos porque… gobernaba Franco, no es posible encontrar un motivo razonable en esta disposición. Y bien podemos decir que esta fue la razón por la que el matrimonio llegó a su fin.

Un día Silvio y un amigo retiraron el envío de Londres y en lugar de tomar una copa y volver a casa, fueron al aeropuerto de Málaga, sacaron dos pasajes en el siguiente vuelo (ni preguntaron dónde iba) y allí comenzaron un raid por los aeropuertos de las principales capitales de Europa, saltando de un avión a otro y pasando de la cerveza al vodka con todas las escalas intermedias.

Finalmente, borrachos y sin un duro, volvieron como pudieron a Marbella. Pocos días después, Carolyn y Sam aterrizaban en Heathrow para beneplácito de su aristocrática familia y nunca más tuvieron contacto de Silvio.

De regreso a las tablas

Fue un golpe inesperado (para él) al que poco tiempo después se le sumó otra piña: su hermana menor se suicidó en circunstancias que no trascendieron y Silvio siempre se sintió responsable de ello. No podemos decir que se entregó a la bebida, porque ya lo había hecho mucho antes, pero estuvo contra las cuerdas medio groggy.

Ya vuelto a instalar en Sevilla, retomó su actividad artística y se convirtió definitivamente en cantante a finales de los setenta con el grupo Silvio y Luzbel, al que siguieron otras tres formaciones: Barra Libre, Silvio y Sacramento —con quienes obtiene su época de mayor popularidad— y Silvio con sus Diplomáticos. Entre 1980 y 1999 grabó cinco discos

En poco tiempo trascendió Andalucía y se convirtió en un músico de culto, seguido con devoción por figuras como Miguel Ríos, Luz Casal, Enrique Bunbury, Raimundo Amador o Joaquín Sabina.

Roquero y semanasantero

Se definía como «roquero y semanasantero» y en sus canciones solía incluir loas a la Virgen, al Papa y a Roma. Muchas de sus letras hacen referencias a las tradiciones de Semana Santa, una celebración que marcó su vida.

Por eso su canción más famosa es «Rezaré», una adaptación de «Stand by me» en la que cita a las advocaciones de la Virgen más populares de Sevilla. Hace mucho que no voy a misa, pero deberían cantarla. Iría al top five del cantoral junto a las versiones de Vox Dei y de Dylan.

A finales de la década de los ochenta, Silvio se convirtió en una especie de embajador de la bohemia sevillana. Además de «Rezaré», canciones como «Betis» –aunque él mismo se confesaba seguidor de su eterno rival, el Sevilla–, «Sureños», el swing dedicado a la Virgen que se titula «La pura concepción» o «No lo fagas mais» forman parte de la memoria de la ciudad.

Ni Dios ni el diablo

La canción de Serrat dice, con fina ironía, «bienaventurados los que alcanzan la cima porque será cuesta abajo el resto del camino». Silvio empezó a estar borracho mucho más allá de lo tolerable y sus presentaciones empezaron a ser experiencias complicadas.

«Muchas veces tenía que ponerme yo a cantar, para terminar una canción porque a Silvio le había dado el punto de dejarla por la mitad, o, en otras ocasiones, le seguíamos saltando de un tema a otro» recordaba Pive Amador, su amigo, productor y autor de casi todas sus canciones desde 1975.

Con el tiempo se convirtió en una especie de santo bebedor, que era homenajeado constantemente y en cada homenaje parecía que apenas podía mantenerse en pie. Cuando murió, el 1 de octubre de 2001 en el hospital Virgen del Rocío, era un mito en vida. El escabio y el tabaco terminaron pasándole la factura. A su sepelio fueron personalidades del arte y la cultura sevillana como Kiko Veneno, Luz Casal, Raimundo Amador y Jesús Quintero.

Pive Amador, ante su féretro, dijo que «hoy día, cuando con tanta facilidad la palabra artista se aplica a cualquiera, ha muerto un hombre que sí merecía con todos los honores ese nombre. Su nombre significa silvestre, salvaje, no domesticado, y eso fue Silvio, ni Dios ni el diablo pudieron con él».

Comentar con Facebook

AGnoticias no se hace responsable ni partícipe de las opiniones vertidas por los usuarios de esta sección. Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales.

veterinaria LAPORTA