Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)
En 1964, Joseph Mitchell publicó en The New Yorker «El secreto de Joe Gould», el que a la postre sería su último artículo en ver la luz. Joe Gould era un bohemio algo alcohólico que vivía en la calle, que cuando tenía un cobre en el bolsillo dormía en hoteles de mala muerte, que comía salteado y gracias al aporte monetario de amigos y conocidos. Y que escribía una obra interminable (y según el artículo de Mitchell, imaginaria) que había denominado «La historia oral de nuestro tiempo».
Poco más de veinte años antes, Mitchell había publicado en esa misma revista «El Profesor Gaviota», primer perfil sobre Gould, que fue un verdadero éxito. Más tarde llegó a la conclusión de que el personaje era un charlatán y que la ciclópea investigación histórica, que según Gould tenía más de 90 millones de palabras, era una farsa.

Después de esa publicación, Mitchell continuó asistiendo cada mañana a la vieja redacción de la calle 42, ingresaba en su oficina y allí permanecía hasta la hora del almuerzo. Comía algo en alguna de las fondas de los alrededores, volvía a su oficina y se retiraba a su casa poco después de las cinco de la tarde. No faltó ni un día hasta su muerte. Sin embargo, escribió cientos de páginas de manuscritos para varias obras, incluidas sus propias memorias, que Thomas Kunkel utilizó ampliamente para escribir su biografía.
Del sur profundo a la gran manzana
Joseph había nacido en 1908 en la granja familiar cercana a Fairmont, Carolina del Norte. Era el mayor de los cinco hijos que tuvieron Averette Nance y Elizabeth Amanda Parker Mitchell. Su padre era la cuarta generación de agricultores del algodón y el tabaco.
Cursó con honores la carrera de periodismo en la universidad de Carolina del Norte, escribió en la revista literaria y en el periódico del campus, pero en 1929 y en forma casi intempestiva, abandonó los claustros sin concluir los estudios universitarios y se trasladó a Nueva York con 21 años.
Trabajó para periódicos como The World, New York Herald Tribune y New York World-Telegram, primero cubriendo crímenes y luego haciendo entrevistas, perfiles y bosquejos de personajes. En 1931, se tomó un descanso del periodismo para trabajar en un carguero que navegó a Leningrado, pero de regreso en la gran manzana volvió a las redacciones y continuó escribiendo para periódicos de Nueva York hasta que fue contratado por The New Yorker en 1938.

Los galácticos del periodismo
Aunque se concentra preferentemente en la vida social de Nueva York, The New Yorker es totalmente cosmopolita, con un carácter urbano acentuado por su sección Talk of the Town, con sus comentarios refrescantes sobre la vida en Nueva York, la cultura popular y las excentricidades estadounidenses, y el seco ingenio de sus sketches y famosas viñetas.
Por sus páginas desfilaron figuras de la talla de Truman Capote, Woody Allen, el comediante Steve Martin y una gran cantidad de humoristas gráficos y dibujantes de renombre internacional. Según el escritor Kurt Vonnegut ha sido un instrumento eficaz para conseguir que un gran público aprecie la literatura moderna.
Gente de la calle
El alimento de los escritos de Joseph Mitchell era todo lo que podía cruzarse en las calles de la vieja Nueva York, tal vez más parecida a la retratada por Martin Scorsese en Taxi Driver que a la que hoy deslumbra a los viajeros y turistas con su infinita oferta de sitios de interés, lugares para comer, museos y espectáculos musicales o deportivos.

La variedad de personajes que atrajeron su atención, de los cuales muchos figuraron en las páginas del The New Yorker, es por demás variopinta. Un rápido repaso nos puede brindar una idea aproximada: el rey de los gitanos, un fanático de las almejas neoyorquinas que supieron tener fama mundial, el organizador de los asados (barbacoas le dicen por allá) más espectaculares de la ciudad. La boletera de un cine en el Lower Manhatan, un reverendo callejero, el comodoro que celebraba cada año una gala benéfica en homenaje a sí mismo, la más antigua cantina irlandesa de Manhattan…
Humor de cementerio
Según sus propias palabras, buscaba que sus textos tuvieran «cierto humor al que sólo puedo definir como ‘humor de cementerio’, en el que a veces la anécdota es la protagonista y otras es algo más secreto. Y que apenas se intuye en las conversaciones que reproduzco o en un pequeño detalle al fondo de una determinada escena… Lo primero que leí y disfruté leyendo en mi vida fueron los textos de las lápidas en los camposantos de mi infancia, junto a los pantanos de North Carolina. Piedra y mármol a los que no les faltaba ni le sobraba una palabra. Para decirlo de otra manera: exactamente así es como yo veo el mundo».
El novelista Thomas Beller acuñó la expresión «tiempo Mitchell» para describir el efecto vaporoso en los escritos de Mitchell. Para el escritor neoyorquino la dimensión temporal de Mitchell es un «lugar extraño y crepuscular donde una densidad de hechos históricos y la sensación de eras enteras desapareciendo de la vista se yuxtaponen agudamente con los sentidos de inmediatez cinematográfica relatados en tiempo presente».

Muchos consideran a Joseph Mitchell como uno de los impulsores (junto a Rodolfo Walsh) de lo que años después se dio en llamar «Nuevo Periodismo». Una corriente periodística desarrollada principalmente en los Estados Unidos durante la década de 1960, en el contexto de los cambios sociales y culturales que se vivieron en esa época. Se caracterizaba por una redacción libre que priorizaba las emociones y las imágenes de sensaciones en un contexto de un interés literario evidenciado por los principales exponentes de esta corriente. Ejemplo: Tomas Wolfe, Truman Capote, Gay Talese y el argentino Tomás Eloy Martínez, entre otros.
Recolector de escombros
A pesar de las tres décadas sin publicar ni una sola palabra, en The New Yorker nadie se animó a poner en duda su continuidad como miembro del staff de la revista. Sus aportes al prestigio del semanario y la casi certeza de que su próximo artículo mantendría la calidad habitual de sus escritos hicieron que Mitchell conservara su oficina en la redacción sin ningún cuestionamiento, ni de las autoridades del medio ni de sus colegas.
Durante ese tiempo, según Nora, una de sus hijas, mantuvo su férrea rutina. Tanto los días laborales como los sábados, cuando salía a buscar «tesoros» ocultos en los descampados que dejaban los edificios demolidos. En una entrevista a The Guardian, expresó que «recolectaba un poco de todo. Salía los sábados por la mañana con un par de bolsas de la compra y volvía con escombros de construcción, clavos viejos, cabezas de billar de un edificio abandonado por el que había trepado o utensilios plateados de viejos hoteles de Nueva York que compraba en mercadillos».
Sobre los motivos por los que dejó de publicar se ha especulado mucho. Se sabe que sufría de depresión y que la revelación de la farsa de Joe Gould lo había afectado. También se dijo que el perfeccionismo lo había abrumado hasta dejarlo sin palabras. Muchos acotaron que también lo había afligido sobremanera la certeza de que Nueva York dejaba de ser aquella que había conocido. Muchos posibles motivos, ninguna certeza.
Joseph Mitchell murió en 1996. En el epitafio de su tumba del cementerio de su ciudad natal, donde descansa junto a su esposa, sus hijas pusieron una cita de un soneto de Shakespeare. Uno de sus versos favoritos en la literatura: «Coros desnudos y en ruinas, donde tarde cantaron los dulces pájaros».




