Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)
El partido fantasma. Su historia. Hasta el Mundial de Argentina, realizado en 1978, solamente eran 16 los seleccionados que clasificaban. En España 1982 jugaron 24 equipos y a partir de Francia 1998 fueron 32. En el próximo mundial, en 2026, habrá 48.
Teniendo esto en cuenta, puede deducirse que las Eliminatorias eran mucho más difíciles. Por ejemplo, las de Alemania Federal 1974 preveían una plaza para África, otra para Asia y Oceanía, una más para la Concacaf, ocho plazas y media para Europa y dos y media para América del Sur. Los «teutones» como organizadores y Brasil por ser el último campeón tenían su lugar asegurado.
Como puede advertirse, quedaba una plaza que debía dirimirse entre un seleccionado sudamericano y otro europeo. La Unión Soviética se había impuesto en el Grupo 9 de la zona UEFA, pero fue el ganador de grupo con menor diferencia de goles a favor, lo que lo condenó a jugar la «repesca» intercontinental.
En el otro extremo del mundo, Chile había impuesto condiciones en un partido de desempate contra Perú y se había hecho acreedor a la lucha por el último boleto para el torneo a jugarse en la parte capitalista de la Alemania de la Guerra Fría.
Según lo previsto reglamentariamente se jugarían dos encuentros, el primero en Moscú y la revancha en Santiago. En la capital de la URSS el encuentro se programó para el 26 de septiembre de 1973, mientras que el partido de vuelta se fijó para el 21 de noviembre.
Todo parecía ir por carriles normales, pero quince días antes del primer encuentro pasaron cosas y todo se complicó de la peor manera. Augusto Pinochet Ugarte y otros militares chilenos dijeron que ya estaba bien de comunismo y decidieron marchar a La Moneda, luego de bombardearla prolijamente y que el presidente democrático, Salvador Allende, decidiera suicidarse antes que entregarse a los usurpadores. El resto de la historia de aquel 11 de septiembre de 1973 ya es conocida por la mayoría.

Partidos complicados
La primera reacción del gobierno de Leonid Brézhnev –aliado de Allende– fue condenar el golpe de estado y romper relaciones con Chile. Esta decisión puso en riesgo la serie definitoria entre los seleccionados de ambos países. El propio presidente de la FIFA, Sir Stanley Rous, mantuvo conversaciones con diplomáticos de las dos partes para lograr que los encuentros no se suspendieran.
Las complicaciones para el seleccionado trasandino comenzaron con una de las primeras decisiones del nuevo régimen, que estableció un toque de queda y prohibió a todos los chilenos salir del país. De este modo se iba a hacer difícil jugar en Moscú.
Pero las gestiones de Rous fueron fructíferas: los milicos chilenos reflexionaron y autorizaron a viajar a la delegación con la prohibición de hacer declaraciones públicas sobre política. Las guardias militares en el domicilio de cada uno de los integrantes del seleccionado eran lo suficientemente disuasorias para que los futbolistas cumplieran la orden.
«Ellos nos dijeron que no habláramos de la situación contingente de Chile, que no habláramos con nadie, que éramos deportistas, que nos remitiéramos simplemente a lo que era nuestra misión: jugar al fútbol», expresó años después Leonardo Véliz, mediocampista de la «Roja». Véliz, al igual que el delantero Carlos Caszely, estaba muy identificado con el gobierno de Salvador Allende.
«La situación era difícil. Muchos de los jugadores no querían viajar para no dejar a sus familias solas bajo la tutela del régimen, a muchas de las cuales estaban vigilando», afirma el periodista Axel Pickett, autor del libro «El partido de los valientes», que agrega: «Fue el partido de los valientes. Los jugadores tuvieron que pasar por muchos obstáculos para poder viajar hasta Moscú para enfrentarse a los soviéticos por un cupo al Mundial de Alemania 1974».

Moscú cubierto de nieve
Si Moscú en esa época del año suele ser frío, para la delegación chilena todo era helado. La gelidez del recibimiento se sumó a un viaje interminable superpoblado de escalas y más de un problema aduanero cuando pretendían ingresar a Rusia.
A la hora del encuentro en el estadio central Lenin de Moscú (actualmente Complejo Olímpico Luzhnikí), los sudamericanos se limitaron a colgarse del travesaño con patriótica enjundia. «Me quedó doliendo la cabeza de todos las pelotas que rechacé. Pero lo cierto es que por arriba siempre fui muy bien, así que no lograron hacernos mucho daño», recordó el defensor Elías Figueroa, que también atendió al delantero ucraniano Oleg Blokhin hasta lograr que dejara de jugar de atacante y fuera a colaborar con su defensa.
Finalmente el partido terminó cero a cero, empate festejado por la delegación chilena en total soledad. Las autoridades soviéticas habían prohibido la presencia en el estadio de fotógrafos y camarógrafos extranjeros, por lo que el encuentro no fue televisado.
Una revancha muy difícil de jugar
Pero si la organización y realización del partido de ida fue complicado, lo de la revancha fue primero ciclópeo y finalmente imposible. Las relaciones entre ambos países eran nulas y eso incluía a ambas federaciones.
Las autoridades del fútbol chileno propusieron jugar el partido en el estadio Sausalito, en Viña del Mar. Para esta propuesta había una razón fundamental: el estadio Nacional de Santiago estaba cumpliendo las funciones de prisión y centro de torturas para los presos políticos. Allí fue asesinado, el 16 de septiembre, Víctor Jara.
Sin embargo, los militares decidieron que el encuentro se disputara en la capital. Esto, con la intención de «dar una imagen de normalidad» ante la prensa extranjera. Para ello trasladaron los detenidos al desierto de Atacama, lejos de miradas curiosas. Especialmente la de los integrantes de la comisión especial que recorrió el estadio Nacional días antes del partido.

Triunfo sin rival
Mientras tanto, los soviéticos –luego de insistir en jugar el partido en cualquier territorio neutral– resolvieron no viajar a Chile alegando cuestiones de seguridad. En una nota a la FIFA sostuvieron, además, que «por consideraciones morales, los deportistas soviéticos no pueden en este momento jugar en el estadio de Santiago, salpicado con la sangre de los patriotas chilenos».
A pesar de la no comparecencia del seleccionado de la Unión Soviética, la FIFA resolvió que el encuentro se jugara de todas maneras. Por eso, el 21 de noviembre de 1973, ante una concurrencia de 17.500 espectadores (la capacidad del estadio Nacional es de casi 50.000 localidades), once jugadores chilenos y la terna arbitral, también chilena, se presentaron en el campo de juego y «comenzaron a jugar».
El «partido» duró solamente 30 segundos. Tiempo en los que los locales (bah, los únicos que estaban en la cancha) marcaron un gol en un arco vacío y se fueron a su casa. En enero de 1974 la FIFA cerró el expediente dado el partido por ganado a Chile por dos a cero.
La entonces popular Revista Estadio criticó duramente la realización de un partido sin equipo contrario. «Ni en el más modesto partido de barrio -o de campo- se procedería tan burdamente. Pero se hizo pasar por ese bochorno a la Selección chilena con una desaprensión irritante».




