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Crónicas al Voleo

El ingeniero que hacía llover

El ingeniero que hacía llover
Por Germán Tinti (Especial para AGnoticias)

Tal vez el Proyecto Huemul haya sido el buzón más grande que haya comprado cualquier gobierno argentino. En épocas en que el desarrollo de la energía nuclear había alcanzado dimensiones impensadas hasta ese momento con los bombardeos a Hiroshima y Nagasaki en 1945.

Como en muchos casos, la investigación científica al servicio de la industria bélica marcaba el camino. Después de la muerte y destrucción que produjo el debut en sociedad de la energía atómica, los estudios se encaminaron, entre otras cosas, a la generación de energía. Primero matamos gente, después le damos electricidad.

Un austríaco aventurero

Así, en 1949, el físico austríaco Ronald Richter presentó al presidente Perón un proyecto para desarrollar la fusión nuclear controlada, algo que hasta entonces no había logrado ningún laboratorio en el mundo, y que podía convertirse en una fuente prácticamente inagotable de energía.

Richter y Perón

Tras probar instalarse en Córdoba, Catamarca, San Juan y La Rioja, Ritcher se decidió por el paradisíaco paisaje del lago Nahuel Huapi y eligió la isla Huemul para construir los laboratorios que pondrían a Argentina en la avanzada mundial de la energía nuclear.

Poco tiempo pasó hasta que las teorías de Richter fueron desbaratadas, principalmente, por José Antonio Balseiro, las instalaciones de la isla Huemul fueron abandonadas y en la actualidad sus ruinas forman parte de uno de los circuitos turísticos preferidos por quienes visitan Bariloche.

«Antes de la lluvia / El cielo se oscurece»

Sin embargo, no fue este el único buzón que haya comprado algún gobierno argentino (es claro, se compraron muchos que fueron peores, más caros y más perjudiciales). Sin embargo hay uno que parece olvidado en el tiempo.

En 1938 se presentó en las oficinas del Ferrocarril Central Argentino Juan Baigorri Velar, un ingeniero entrerriano que había estudiado en la Universidad de Milán y presentó a las autoridades de la empresa su máquina de hacer llover.

En una entrevista publicada en el Diario Crítica, Baigorri explicaba que su máquina era producto de una casualidad: «En 1926, mientras trabajaba en Bolivia en la búsqueda de minerales utilizando un aparato de mi invención, noté algo curioso. Cuando conectaba el mecanismo y éste se ponía en funcionamiento, se producían lluvias ligeras que me impedían trabajar. Me llamó la atención el fenómeno y consideré que esas pequeñas lluvias podrían ser originadas por la congestión electromagnética que la irradiación de mi máquina producía en la atmósfera».

«Antes de la lluvia / Adivinas la tormenta»

El aparato de las lluvias se conformaba por una caja de madera del tamaño de un televisor de 14 pulgadas, una batería eléctrica y dos antenas de polo negativo y positivo. Estas antenas se encargaban de dirigir las emisiones electromagnéticas que ―según Baigorri― provocaban la «congestión atmosférica» y la lluvia.

En noviembre de 1938, Baigorri y un representante de la empresa ferroviaria, Hugo Miatello, se trasladaron a la localidad de Pinto, al sudeste de la provincia de Santiago del Estero. Según Miatello, cuando se encendió la máquina el viento cambió de dirección, se nubló y doce horas después se produjo un leve chaparrón. Baigorri desarrolló un aparato de mayor potencia, y un mes después, en la capital santiagueña, realizó una prueba. Según las crónicas, tras más de dos horas de funcionamiento del aparato, cayeron 60 milímetros en la ciudad.

Las repercusiones de este hecho fueron muchas y las opiniones estaban divididas, mientras algunos lo llamaban «el Júpiter moderno» o «el mago de Villa Luro», otros, como el titular de la Dirección de Meteorología, Alfredo Galmarini, calificaron al invento como una «parodia» y ponían en duda la seriedad del inventor.

«Antes de la lluvia / Contraseñas y señuelos / Tienen forma de secretos»

Pero a pesar de las críticas y el escepticismo de algunos, la máquina de hacer llover provocó una gran fascinación en el público en general. El 30 de diciembre de 1938, con el aval del Ministro de Agricultura de la Nación, Baigorri encendió su máquina en la Capital del país, lo que provocó una verdadera manifestación en la puerta de su domicilio. La multitud le rogaba que no arruinara los festejos de año nuevo.

Las fiestas pasaron en paz, pero en la madrugada del 2 de febrero cayó un fuerte chaparrón en Buenos Aires. Pero se sabe que en esa ciudad, generalmente llueve todo el año. Sin embargo, la precipitación pluvial mereció ser tapa de populares medios gráficos como Crítica y Noticias Gráficas.

Un mes después viajó a Carhué, al oeste de la Provincia de Buenos Aires, donde una sequía había provocado una fuerte baja del lago Epecuén. Los días 7 y 8 de febrero cayeron dos fuertes lluvias que devolvieron al espejo de agua su nivel habitual.

Podría decirse, no sin algo de sarcasmo, que el efecto Baigorri se mantuvo en estado larvario hasta el invierno de 1993, cuando Villa Epecuén, localidad vecina a Carhué, quedó sumergida bajo siete metros de agua y así se mantuvo durante casi 20 años. El paisaje que dejó este fenómeno es estremecedor y sirvió de escenario para un recital de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, la banda del Indio Solari.

«Antes de la lluvia / El futuro es incierto»

Luego de ese éxito, Baigorri volvió a su antiguo trabajo de ingeniero especialista en geofísica, sumiéndose en un mutismo mediático de más de una década. Recién en 1951 fue convocado nuevamente por el gobierno nacional.

El Ministro de Asuntos Técnicos, Raúl Mendé, lo envió –el año siguiente– de gira por diversas ciudades del interior. Según el propio Baigorri hizo llover en Caucete, en Córdoba (aparentemente la lluvia dejó el lago San Roque a la altura del vertedero) y La Pampa.

Sin embargo, y a pesar de la aparentemente exitosa campaña, Baigorri no fue convocado nunca más por autoridades gubernamentales.

«Antes de la lluvia / Cierra bien la puerta»

¿Fue realmente un buzón lo de Baigorri? La experiencia nos muestra que después de esto no ha habido casos de máquinas de hacer llover. Se podría citar el caso publicado por la revista británica «New Scientist» del profesor Stephen Salter, de la Universidad de Edimburgo, quien presentó su «máquina de la lluvia», que consiste en una especie de aspersor gigante que transforma el agua del mar en vapor, lo que facilita la evaporación natural y la consiguiente formación de lluvia, pero no provoca tormentas de la nada, sino que acelera un procedimiento natural que se limita, por razones obvias, a zonas costeras.

Baigorri nunca quiso patentar su máquina, nunca mostró planos ni explicó acabadamente su funcionamiento, lo que cimenta la postura de quienes lo consideran un fraude científico. ¿Y los casos que se citan continuamente? Bien podría atribuirse al sesgo de confirmación, por el cual la gente recordaría las veces en que había tenido éxito pero no las que no consiguió hacer llover.

Lo cierto es que Baigorri pasó al olvido y falleció  el 24 de marzo de 1972. Las crónicas indican que muy poca gente asistió a su entierro en el cementerio de la Chacarita. Y se entiende, porque ese día llovió en Buenos Aires.

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