Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)
El Real Madrid de 1963 era un «dream team» a nivel español y europeo. En realidad lo fue durante toda la década, en la que en una sola ocasión no fue campeón de liga y en cuatro oportunidades llegó a la final de la Champions.
Y no era para menos, era realmente un equipo de estrellas, con José Araquistáin bajo los tres palos, José Santamaria y Pachín en el fondo y una delantera superestelar que contaba con Gento, Amaro, Félix Ruiz, Puskas y Alfredo Di Stéfano.
Por eso, los organizadores de la edición 1963 de la Pequeña Copa del Mundo, un certamen que se jugó en Venezuela entre 1952 y 1957 y que atraía el interés del mundo futbolero, toda vez que por entonces era la única competencia intercontinental que existía, decidieron invitar al equipo Merengue.

Fútbol y política, juntos a la par
Para lo que fue la última edición del torneo, los organizadores convocaron, además del Real Madrid, al Sao Paulo y al Porto. Y a Millonarios como representantes del fútbol local. Los brasileños presentaban, entre otros, a Jurandir, defensor campeón del mundo en Chile, y los delanteros, Sormani, Faustino y Peixinho. Por su parte, los portugueses alistaban a los atacantes Custodio Pinto y Valdemar Mota, principales figuras de la liga lusitana. Finalmente, los locales se alineaban con el argentino Miguel Ángel Converti, el chileno Rubén Pizarro y las estrellas locales «Pitilo» Valencia y «Maravilla» Gamboa.
El torneo tenía gran interés para el gobierno venezolano. Rómulo Betancourt había asumido la presidencia para iniciar una transición democrática luego de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Pero debía soportar los constantes embates del «perezjimenismo» residual y de movimientos subversivos de izquierda inspirados en la revolución cubana, más allá de las buenas perspectivas económicas surgidas de la actividad petrolera.

Una visita inesperada
En ese contexto, el plantel del Real Madrid llegó a Caracas y se alojó en el Hotel Potomac, uno de los más modernos y lujosos de la capital venezolana por aquellos años. Todo se desarrollaba con normalidad hasta la madrugada del sábado 24 de agosto. Poco antes de las seis de la mañana sonó el teléfono en la habitación 216, que Di Stéfano compartía con el uruguayo José Santamaría. El conserje del hotel le anunciaba que lo buscaban unos policías en el lobby.
Más sorprendido que asustado, el argentino se negó a bajar y cortó la comunicación. Pero pocos minutos después unos golpes urgentes sonaron en la puerta de la habitación. Al abrir, Di Stéfano se encontró con un lívido conserje y tres sujetos vestidos con uniformes policiales. Santamaría intentó comunicarse con el presidente de la delegación española, Agustín Domínguez Muñoz, estrecho colaborador de Santiago Bernabeu. Pero los supuestos agentes del orden ya bajaban llevándose a «La Saeta Rubia». Las armas que exhibieron fueron por demás convincentes.
A partir de ese momento se vivieron momentos convulsionados entre los integrantes de la delegación española, los organizadores y las autoridades venezolanas, que negaban rotundamente que el futbolista había sido detenido por la policía.
Recién a la una de la tarde, y a través de un llamado telefónico, un vocero anónimo anunció que Las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN) habían procedido a secuestrar a Alfredo Di Stéfano. Hasta ese momento, al argentino lo habían paseado, con los ojos vendados y con lentes oscuros, por distintos sectores de la ciudad e incluso por una zona rural.

El departamento del pintor
El periplo terminó en un departamento céntrico. Allí descubrieron al futbolista al tiempo que le decían que no debía tener miedo. Que no iban a hacerle daño mientras cumpliera con todas las órdenes que les dieran. «Esto es un secuestro. No le va a pasar nada. Somos revolucionarios que no estamos de acuerdo con el régimen de nuestro país. Le soltaremos enseguida» le dijo el que parecía ser el líder. Lo primero que le llamó la atención fue, además de un grupo de personas vestidas de policía con ametralladoras en la mano, la gran cantidad de cuadros que poblaban las paredes del departamento.
La explicación de esa muestra privada reside en que la vivienda pertenecía al artista plástico Paúl del Río, líder del grupo de secuestradores, cuyo nombre de guerra era Máximo Canales. Nacido en Cuba e hijo de revolucionarios españoles en el exilio, perteneció al Partido Comunista primero y al Movimiento de Izquierda Revolucionaria después.
Del Río le explicó a Di Stéfano que el objetivo del secuestro era tanto propagandístico como de protesta en contra del gobierno venezolano y la dictadura de Francisco Franco en España. Aclaró que no se solicitaría rescate.

Estás jodido
A pesar del buen trato, el argentino no se quedó tranquilo. Estaba convencido que tarde o temprano se desataría la violencia, ya sea por iniciativa de los guerrilleros o por la intervención de la policía. Incluso pensó en saltar por una ventana para huir.
Recién logró calmarse varias horas después, según rememora en el libro «Gracias Vieja», de Alfredo Relaño y Enrique Ortego, cuando se convenció que no podía hacer nada: «A las 15 horas pensé: ‘Alfredo, estás jodido’. A partir de entonces, dejé de sufrir. Mi destino no estaba en mis manos».
Conocida la noticia, que se expandió velozmente por todo el mundo, el gobierno venezolano montó un impresionante operativo para cazar a los secuestradores y proteger al resto de los integrantes del equipo español: «Nos encerraron en el hotel. Nos metimos todos en una habitación y pusimos colchones contra las ventanas», recordaría años después el defensor «merengue» Enrique Pérez Díaz, Pachín.
Interviene Santiago Bernabeu
Quizás uno de los momentos más grotescos del cautiverio del argentino fue que en la segunda noche el Real Madrid debía jugar ante el Porto. Al contrario de lo que aconsejaría la prudencia, Santiago Bernabeu ordenó, desde sus vacaciones en Valencia, que el equipo se presentara. Alfredo escuchó el partido por radio.
El confinamiento de Di Stéfano se extendió hasta el mediodía del 26 de agosto. El argentino seguía temiendo un desenlace violento de la aventura y le pidió a sus secuestradores, infructuosamente, un arma «para que no me maten como un conejo». Por esos mismos temores solicitó que no lo liberaran cerca del hotel, que imaginaba rodeado de uniformados, sino cerca de la embajada española.

Llegaron a la representación consular quince minutos después de que se hubiera terminado la atención al público. El futbolista tocó el timbre insistentemente hasta que el portero abrió. «Soy yo, Di Stéfano» musitó y le franquearon el paso. La pesadilla había llegado a su fin, aunque quedaría un detalle más: desde las playas valencianas, disfrutando unos gambones y un tinto de verano, Don Bernabeu –un auténtico déspota, qué duda cabe– ordenó que «La Saeta Rubia» jugara esa noche ante el Sao Paulo.
Di Stéfano y Paúl Del Río volvieron a encontrarse en Madrid en el año 2005, en ocasión del estreno del documental «Real, la película». Existen dos versiones del encuentro: Del Río dijo que fue «muy bonito», pero del lado del argentino no hubo ninguna amabilidad: «Usted le hizo pasar mucho miedo a mi familia. No tenemos nada de qué hablar».




