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Crónicas al Voleo

Anarquistas sueltos en América

Anarquistas sueltos en América
Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)

«¡Nadie se mueva, esto es un asalto!» La advertencia, emitida por una persona con el rostro cubierto por un pañuelo y revolver en una de sus manos, resonó en el salón de la sucursal bancaria del barrio Franklin; un sector de gran actividad comercial de la capital chilena, propiciada por el funcionamiento del matadero y su mercado contiguo. Dos disparos al aire realizado por otro de los cinco encapuchados convenció a empleados y clientes que cualquier acto de heroísmo sería temerario y poco saludable.

Algo le quedó claro enseguida a los parroquianos: los asaltantes no eran chilenos. Luego, algunos aseguraron que eran centroamericanos, otros juraban que eran mexicanos y no pocos sostenían que se trataba de españoles.

En una rápida acción, la banda armada se hizo de unos cincuenta mil pesos chilenos y huyeron –algo apretados– en un señorial Hudson Super Six mientras realizaban intimidatorios disparos al aires que, sin embargo, terminaron hiriendo a dos empleados de la entidad financiera.

«No se levantan barricadas / Nadie tras los parapetos»

Era el jueves 16 de julio de 1925 y acababa de ocurrir el primer asalto a un banco en la historia de Chile. El hecho provocó gran estupor en las autoridades policiales y judiciales, que demoraron bastante en reaccionar y a detener e interrogar a todos los extranjeros que encontraban. Pero para ese entonces los cinco bandidos cruzaban en tren la cordillera de Los Andes con destino a Mendoza.

Buenaventura Durruti, los hermanos Francisco y Alejandro Ascaso, Gregorio Jover y Antonio Rodríguez eran cinco líderes anarquistas que habían llegado a América dos años atrás, cuando el teniente general Miguel Primo de Rivera dio un golpe de estado con la anuencia del rey Alfonso XIII, «el africano» y comenzó una feroz persecución que los obligó a cruzar los Pirineos primero y el Atlántico poco después.

Miguel Primo de Rivera

«Parten juntos porque (el sindicato anarquista) Confederación Nacional del Trabajo les había pedido que hicieran una gira propagandística por América Latina y que consiguieran fondos para poder seguir con la lucha en la clandestinidad en España» le dijo a BBC Mundo el historiador Kike García Francés.

«Dejan las noches de vigilia / Pólvora, tabaco y cuero»

Los cinco activistas se instalaron primero en Cuba, donde trabajaron en el puerto de La Habana y en la zafra cañera de Santa Clara. Como consecuencia de una huelga que propiciaron en la plantación donde trabajaban, tres compañeros fueron azotados. Al día siguiente el dueño de la finca apareció apuñalado con una nota que decía «la justicia de los Errantes». En Europa eran conocidos como «los Justicieros» o «los Solidarios». En América obtuvieron un nuevo apodo.

Luego del ajusticiamiento, los españoles debieron trasladarse a México donde, luego de un período de perfil bajo, asaltaron la fábrica La Carolina de Colonia Ticomán, en la capital azteca. En el hecho murió un empleado (un trabajador, a los que se suponía que defendían) y otra vez tuvieron que poner los pies en polvorosa, no sin antes entregar el botín a la CGT mexicana.

Tras una nueva incursión por Cuba, donde asaltaron el banco de Comercio de La Habana, volvieron a embarcar, pero esta vez con rumo al sur, a la lejana e incógnita Valparaíso. En cada escala del viaje, el quinteto tomaba contacto con las organizaciones anarquistas que les prestaban auxilio y le brindaban información.

«El rugido de las fábricas / Solidarios pistoleros»

Sin dudas, los líderes de ese grupo que sembraba de olor a pólvora algunas de las ciudades más importantes de América eran Buenaventura Durruti y Francisco Ascaso. Desde hacía años integraban el movimiento anarquista catalán y tenían gran influencia en toda España. Eran los máximos exponentes de lo que se había dado en llamar «anarquistas expropiadores»

«Asaltar un banco era para ellos atacar una institución emblemática del capitalismo financiero –explica Pelai Pagès, profesor de historia contemporánea de la Universidad de Barcelona– no robaban una cooperativa sino que se dirigían contra la misma médula del sistema capitalista, y partían de la base de que el propio sistema económico capitalista, de por sí, comporta violencia».

Una vez en territorio argentino, donde era presidente Marcelo Torcuato de Alvear, Ascaso, Durruti y sus compañeros dieron varios golpes. El primero de ellos fue un rotundo fracaso.

«Tan duros como el metal / Con el que fraguan los sueños»

«El 18 de octubre de 1925 –relata Osvaldo Bayer en su libro «Anarquistas expropiadores»– tres individuos “a la manera del cinematógrafo”, como dirá “La Prensa” se introducen en la estación de tranvías Las Heras, del Anglo, en pleno barrio de Palermo. Uno de ellos va enmascarado. Los tres sacan a relucir pistolas negras y amenazan a los recaudadores que, en esa madrugada, acababan de hacer recuento general de la venta de boletos».

Buenaventura Durruti

«Dicen “arriba las manos” en marcado acento español –continúa explicando Bayer–. Exigen el dinero. Los empleados balbucean que ya está en la caja de hierro. Exigen las llaves. No, las tiene el jefe, que ya se retiró. Los asaltantes hablan entre ellos. Se retiran. Al pasar se llevan del mostrador una bolsita que acababa de dejar un guarda: contiene 38 pesos en monedas de diez centavos».

Un mes después lo volvieron a intentar, esta vez en la estación de subte Primera Junta, en el barrio de Caballito, a pocas cuadras del club Ferro Carril Oeste. Y esta vez el fracaso es peor, porque además de llevarse solamente una caja de madera vacía (donde creían que estaba la recaudación, pero no), en la huida mataron a un agente de policía que les dio la voz de alto.

«En trincheras de sangre y lágrimas/ Vencidos, sin nombre, sin patria»

Ya la cosa había pasado a mayores. En dos asaltos había obtenido 980 monedas de 10 centavos y a todas las fuerzas de seguridad de Argentina y Chile pisándoles los talones.

Pero en enero de 1926, los Errantes encontraron revancha en la sucursal del Banco Provincia de Buenos Aires de la localidad de San Martín, en lo que hoy es el conurbano bonaerense. Se llevan 65.000 pesos y en la retirada matan a un empleado que había intentado huir.

Francisco Ascaso

A argentinos y chilenos se habían sumado investigadores de México y de Cuba. Otra vez a los barcos y, luego de un breve paso por Uruguay, volvieron a cruzar el Atlántico con rumbo a Europa. La dictadura de Primo de Rivera les cerraba las puertas de España, así que la opción era París, donde al poco tiempo son arrestados por la Sûreté Nationale acusándolos de planear un atentado contra Alfonso XIII.

«La última hora del último día / El último hombre, la última bala»

El gobierno argentino solicitó la extradición, pero una fuerte campaña propagandística de las centrales sindicales francesas hicieron desistir a Gaston Doumergue, presidente de la Tercera República, de acceder a los requerimientos de Alvear y permite que Durruti y Ascaso cumplan su condena con la promesa de abandonar Francia al término de la misma.

«No había ni un solo país de Europa que los quisiera. Eran muy conocidos. Incluso se plantearon ir a la URSS pero tampoco los querían allí. Al final los acogió Bruselas con una condición: que cambiaran su nombre y se comportasen. Desde enero del 29 hasta la proclamación de la II República en España, en abril del 31, residieron allí. Después regresaron a España» afirma Pelai Pagès.

«¿Quién defenderá las Ramblas? / Ascaso y Durruti muertos / Compañeros milicianos / Ya no quedan naranjeros»

Al estallar la guerra civil española, Buenaventura Durruti y Francisco Ascaso se convierten en dos de los principales jefes de los Republicanos. Pero apenas podrían participar en el principio de las acciones. Ascaso cae de un balazo en la frente durante el asalto al cuartel de las Atarazanas el 20 de julio de 1936. Durruti halló la muerte, también por una bala nacionalista, el 19 de noviembre de 1936, durante la Batalla de la Ciudad Universitaria de Madrid.

Siempre hay flores frescas en sus tumbas del cementerio de Montjuic.

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