Por Raúl Pourtau, exclusivo para AGNoticias
Comenzamos con Pichuco en esto proponernos recorrer la biografía de músicos, cantantes, compositores y directores de orquesta que dejaron su huella en la historia del tango. Elegimos, hace un par de columnas, hablar del gran Aníbal Troilo, «Pichuco».
En una primera entrega dimos un pantallazo de lo que fueron sus orígenes, del músico en ciernes que a corta edad ya deslumbraba y poco después fuera convocado para enriquecer distintas formaciones. Luego, hicimos un recorrido por su época dorada. Contamos lo que significó en un momento en que el tango precisaba de estrellas y allí apareció el «gordo» con su bandoneón y toda su actividad creativa.
Pues bien. Terminaremos hoy con el retrato artístico de Aníbal Troilo.

Debo decir que la orquesta de nuestro personaje fue una de las más prestigiosa de esa década. Lo que le valió además, ser definitivamente considerado como uno de las más grandes bandoneonistas de la historia. Pero también como gran director y un compositor de tangos inolvidables. Compuso obras como Sur, La última curda, María, Garúa, Barrio de tango, Desencuentro… Fueron en total 61 las obras que compuso junto a grandes poetas. Como si fuera poco, intervino en varias películas y obras de teatro. Un artista completo.
A él, como a todo el tango en general, la crisis que sobrevino en la década del 50 también le hizo mella. Las oportunidades de trabajo se fueron diluyendo. Las actuaciones con la orquesta eran antieconómicas. Hubo que reducir la cantidad de músicos… por eso surgieron los tríos y los cuartetos. Pichuco no fue la excepción. Afortunadamente es una delicia escuchar los cuartetos del Maestro, primero con Grela (nada menos), y luego el cuarteto con otros músicos.

Hay muchos aspectos que la música popular le debe al «bandoneón mayor de Buenos Aires», como lo rotulara el poeta Julián Centeya. Su talento y su creatividad dejó una herencia que todos los tangueros reconocen, incluidos sus colegas.

Su personalidad además, le permitió cosechar innumerables amistades. Cuando falleció muchos lo lloraron y sus amigos extrañaron sus noches interminables en las que era la figura principal. Un ser humano que se distinguió por su bondad admirable. Que le tendía siempre la mano a amigos y a desconocidos que necesitaban la ayuda que les brindaba.
Pichuco fue y es un mito. Fue quien mayor representatividad simbolizó y efectivizó el espíritu del Buenos Aires de ayer y de siempre, mientras el tango exista.




