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Crónicas al Voleo

Jeffries – Johnson: El primer combate del siglo

Jack Johnson, un gigante negro que derrotó rivales no sólo sobre el ring.
Por Germán Tinti (para Crónicas al Voleo)

Jack Johnson fue el primer Campeón Mundial de Boxeo de peso pesado negro de la historia. Para lograr esto, el boxeador nacido en Galvestone, un humilde suburbio insular de Houston, en el estado de Texas, debió derribar, además de innumerables rivales, una barrera difícil de franquear para los negros de principios del siglo pasado (y para los de principios de este siglo también) en los Estados Unidos: la «barrera de color».

A lo largo de su carrera, Johnson enfrentó a rivales negros y blancos, pero en tiempos de segregación furiosa, no era posible que un boexador de color luche por el título mundial ante un blanco en territorio estadounidense. En primer lugar porque el deporte de los puños estaba prohibido en casi todos los estados, en segundo, porque los campeones blancos se rehusaban a exponer su título ante afroamericanos.

Por caso, Johnson se cansó de retar al campeón vigente, James Jeffries, que obtuvo el cinturón en 1899 al noquear en el 20º round al británico Bob Fitzsimmons (entonces no existía límite de rounds en las peleas, que en muchos casos se pactaban «a 45 vueltas o más»). Jeffries siempre rechazaba los desafíos escondido tras la «barrera de color».

Con negros no

«Ningún otro campeón de pesos pesados se ha enfrentado a un hombre de color por el título –declaró Jeffries al Philadelphia Inquirer en 1905, cuando estaba a punto de retirarse y la pelea con Johnson ya era un clamor generalizado– y le digo sin rodeos que no seré yo quien imponga esa moda. Mientras haya hombres blancos contra los que luchar defenderé mi título; de otro modo, me retiraré».

Johnson debió conformarse con esperar a que el campeón se retirara y así, si tenía suerte, enfrentar al sucesor. Y tuvo suerte, porque el título lo obtuvo un canadiense, Tommy Burns, que estaba dispuesto a defender su título «contra todos los que lleguen, ninguno excluido. Con esto me refiero a blanco, negro, mexicano, indio o de cualquier otra nacionalidad. Propongo ser el campeón del mundo, no el blanco, ni el canadiense, ni el estadounidense. Si no soy el mejor hombre de la división de peso pesado, no quiero el título».

Igualmente, se tomó su tiempo Burns para aceptar combatir con Johnson. Recién en para su 14ª defensa le dio la posibilidad al gigante de Galveston. La pelea se llevó a cabo en Sidney en diciembre de 1908 y el morocho puso a dormir al canadiense en el round 14 casi sin despeinarse.

Ahora sí

La victoria de Johnson fue un cachetazo muy doloroso para el establishment W.A.S.P. imperante en casi todo el territorio norteamericano y desató una desenfrenada búsqueda de un carapálida que pudiera destronar al ignominioso monarca. Pero el grandote Jack volteaba a todos los muñecos que le ponían por delante. Philadelphia Jack O’Brien, Tony Ross, Al Kaufman y Stanley Ketchel, todos blancos, sucumbieron ante sus puños.

La afición y la prensa (blanca, claro) volvieron su mirada, una vez más, a James Jeffries, que llevaba cinco años retirado y contaba 45 kilogramos por encima del  peso de sus mejores épocas. Pero 100 mil dólares de bolsa y el deseo de defender la supuesta supremacía de su raza permitieron que comenzara a gestarse «la esperanza blanca».

Eran el agua y el aceite. Jeffries era un gringo taciturno, serio e intimidante que, según Jack London, silbaba a Mendelssohn cuando entrenaba. Johnson era un grandote simpático y bocón que siempre llegaba acompañado de una o dos amantes ¡blancas! Era el mismísimo mandinga, un «mal negro» para aquellos que los preferían sumisos, callados y obedientes. Jack le plantaba cara a cualquiera, sin importar la piel ni la chequera.

Llegó la hora

Tras largas negociaciones, se acordó que Jeffries y Johnson se enfrentaran el 4 de julio de 1910 en Reno, Nevada, el único estado donde el boxeo profesional era legal. Nunca un acontecimiento deportivo había suscitado tamaña expectativa más allá de los aficionados. La cuestión racial nunca estuvo fuera del asunto, un simple combate de box se transformaba en una marea enorme de reivindicaciones y prejuicios que atravesaba los 46 estados que entonces conformaba la nación.

El día del 134º aniversario de la Independencia, en un ring montado en el centro de la ciudad, ante una concurrencia de 20.000 personas que abonaron entre diez y cincuenta dólares, se llevó a cabo «el combate del siglo», el primero de la historia del marketing boxístico (y tal vez el más importante fuera de los límites del deporte). El combate fue un monólogo de Johnson, que se dedicó a vapulear a su rival en cada uno de los 15 rounds que duró el combate. Jeffries solamente podía exhibir su bizarro coraje y su firme decisión de no sucumbir ante un negro, pero todo fue inútil cuando un zurdazo del Gigante de Galvestone lo mandó al piso por tercera vez en la pelea. Y como la tercera es la vencida, Jeffries permaneció en la lona por toda la cuenta por primera y última vez en su vida.

«Una vez más Johnson ha conseguido derrotar al representante de la raza blanca, y en esta ocasión al mejor de todos ellos» escribió Jack London en su crónica para el New York Herald «y, como en ocasiones anteriores, el juego ha pertenecido a Johnson. Desde el inicio hasta el final mantuvo la agudeza, el intercambio de agudas réplicas con los asistentes de su contrincante y los espectadores. Y, de ese modo, Johnson tenía siempre algo gracioso que decirle a Jeffries en cada asalto. Exhibió su dorada sonrisa con la frecuencia acostumbrada, y no se le congeló en el rostro ni desapareció. Iba y venía a lo largo del combate con llaneza y naturalidad».

Disturbios, censura y resentimiento

Según el Profesor de Leyes de la Universidad de Arizona, Barak Orbach «La derrota de la gran esperanza blanca provocó mortíferos disturbios raciales por todo el país. La cuota de muertos incluía decenas de negros y algunos blancos. En los enfrentamientos entre blancos y negros hubo multitud de heridos y se destrozaron, quemaron y demolieron propiedades. Aunque no hay estimaciones generales de los daños, está claro que la victoria de Johnson conmocionó a la nación y azuzó la animosidad racial». También desató una de las acciones de censura en contra de la actividad cinematográfica más extensas y vergonzosas de la historia del país: cientos de ciudades y estados prohibieron la exhibición del filme de la pelea en cines y en los sitios donde se autorizaba se limitaba a lugares restringidos a mujeres y niños.

El propio Jack Johnson sufrió en carne propia el resentimiento de los defensores de la supremacía blanca y en 1913 un jurado de Chicago, compuesto exclusivamente por «caucásicos», lo condenó a un año y un día de prisión por llevar a Lucile Cameron, su novia blanca, de un estado a otro «con propósitos inmorales», basándose en leyes segregacionistas del siglo XIX e igualando el caso con el tráfico de personas.

Exilio y perdón póstumo

Johnson evitó la cárcel abandonando el país y viviendo en el exilio durante 7 años. En ese lapso siguió boxeando y defendió exitosamente su título en otras tres ocasiones, para finalmente perderlo en 1915 ante Jess Willard en La Habana. Un año antes había realizado una exhibición ante Jack Murray. Fue en el estadio de la Sociedad Sportiva Argentina, ubicado en la segunda cuadra de la calle Florida, en la ciudad de Buenos Aires. Pero en 1920 regresó a EEUU y cumplió su sentencia.

Después de perder el título realizó una veintena de peleas más, con dispares resultados, para retirarse en 1931, a los 53 años. El «Gigante de Galveston» falleció en 1946 en un accidente automovilístico. En 2018, y por una gestión del actor Sylvester Stallone, Johnson recibió, post mortem, el perdón presidencial de parte de Donald Trump. Ironías de la historia.

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