Por Germán Tinti
Si bien se conocen muy pocos detalles biográficos de Horacio Sanguinetti. Se puede inferir que para
mediados de la década de 1930 ya estaba instalado en la ciudad de Buenos Aires y había entrado en
relación con la flor y la nata del tango de aquella época.
Autor de más de un centenar de letras de tangos y milongas, algunas de las cuales se convirtieron en
verdaderos clásicos en forma casi inmediata, fue partícipe de una prolífica época de la canción porteña, en
la que se consolidaron las grandes orquestas. También fue protagonista de una dramática historia con
desenlace trágico.
Talento juvenil
Bautizado como Horacio Basterra, había nacido en Montevideo en 1914. Su vida familiar es totalmente
desconocida y no existen registros de su radicación en la capital de Argentina ni cuándo decidió usar el
seudónimo de Sanguinetti.

Cuando, en 1939, Ignacio Corsini, «El caballero cantor» grabó su milonga «Morocha triste» le abrió las
puertas del gran público y los grandes directores de orquesta, así como los principales compositores del
momento, pusieron su ojo en este morocho uruguayo.
Tres años después la pegó en serio con «Gitana rusa», creada en colaboración con Lucio Demare. Fue un
éxito que trascendió las generaciones y era habitual protagonista de «El tanguito de la mañana» que Mario
Pereyra programaba cada día en su inolvidable programa.
En los dos años siguientes firmó una veintena de obras, varias de ellas de gran calidad. Pero fue en 1944
cuando se grabó su obra maestra. La orquesta de Carlos Di Sarli y la gola de Alberto Podestá llevaron al
disco el tango «Nada».
«He llegado hasta tu casa / Yo no sé cómo he podido / Si me han dicho que no estás / Que ya nunca
volverás / Si me han dicho que te has ido» son los primeros versos de una canción que es un verdadero
fetiche en el ámbito tanguero, a punto tal de que existen más de 300 versiones y ha sido interpretado por
figuras como Julia Zenko, Omar Mollo, Horacio Molina y –claro está– Julio Sosa y Roberto Goyeneche.
Los temas de Sanguinetti
A lo largo de su obra poética, Sanguinetti abordó diversas temáticas: el amor en sus diferentes expresiones
y situaciones, sus nostalgias, pasiones y pérdidas. Esto se refleja claramente en tangos como «Nada», «Los
despojos», «Moneda de cobre», «Amiga», «Historia de amor», entre otros.
El mar también es un tema recurrente que aparece en creaciones como «Tristeza marina», «El barco
María», «Con ella en el mar», «Novia del mar». Por su parte, París aparece como símbolo romántico y
cosmopolita en «Viviane de París», «Bohardilla», «Flor de lis» y «Arlette». Su sangre charrúa no podía estar
ausente en sus composiciones. Así vieron la luz murgas y candombes como «Alhucema», «Macumba»,
«Corazón de tambor«, «María Morena» y «El barrio del tambor».
Escribía en un lenguaje literario, pulcro. Omitió el lunfardo, tal vez compartiendo la visión de Jorge Luis
Borges: «El lunfardo, como todo dialecto, es pintoresco en boca del pueblo, pero se vuelve pedante en boca
del letrado». Esto ayudó, según algunos especialistas, a que las letras de tango pudieran acceder a los más
selectos círculos sociales, que se espantaban ante esa jerga de origen carcelario y relacionado con el
lumpenaje.
En la década de 1940 no hubo orquesta más o menos importante que no grabara alguna de sus obras. Para
el escritor e historiados Gaspar Astarita, Sanguinetti fue «una de las plumas que ayudaron a prestigiar la
literatura del tango, especialmente en el tramo, justificadamente famoso, que ha quedado clavado en la
historia del género como La Década del Cuarenta… Volcó su inspiración en la canción popular por conducto
de un lenguaje siempre pulcro y cuidado, en el cual, junto a no pocos giros auténticamente poéticos, hizo
prevalecer su gran destreza de letrista. Es decir que conjugó, el arte con la artesanía. Y abordó
generalmente, el gran tema del tango: el del amor, que trató con romántico vuelo en muchas situaciones
diferentes».

Dramático desenlace
En el pináculo de su carrera, Horacio Sanguinetti enfrentó el momento más extremo de su vida, que
significó el final de su carrera como letrista.
En 1950 falleció de tuberculosis su hermana, de quien no se conocen datos filiatorios. La mujer estaba
casada con un militar que, según era vox populi, la sometía a maltratos. En el velorio, Sanguinetti encaró al
viudo, enrostrándole su responsabilidad en el fallecimiento de la mujer. La discusión fue subiendo de tono
y de volumen y en determinado momento el uniformado hizo el gesto de sacar un arma. Sanguinetti, que
también estaba calzado, desenfundó primero y lo mató de un disparo.
Desesperado, Sanguinetti fue a la casa de Osvaldo Pugliese. Según recordaría la hija del pianista «Horacio
llegó en forma desesperada, con las manos vendadas, tenía un traje azul, dramáticamente desesperado.
Estábamos en el vestíbulo y le decía a mi papá que había matado a su cuñado, por la mala vida que le daba
a su hermana. Hablaban de que él se tenía que ir del país. Mi viejo lo apoyó en todo, diciéndole: “Horacio,
quedate tranquilo, que vas a poder irte, no te desesperes”, palmeándole el hombro. Él se aferraba a mi
papá y también a mi mamá, repitiéndole: “Cholita, ¡lo maté!”, reiteradamente. “Prácticamente mató a mi
hermana… era un militar salvaje”».

Con la venia del General
Por su militancia en el partido comunista, Pugliese no podía ayudarlo directamente porque no era bien
considerado por el gobierno y podrían terminar tras las rejas los dos, pero le recomendó que hablara con
Cátulo Castillo, Homero Manzi y Juan D’Arienzo. Los tres artistas tenían buena relación y contacto directo
con Perón y se entrevistaron con el presidente en la Casa Rosada.

Impuesto de la situación, Perón le dijo a Sanguinetti que hablaría con el jefe de Policía para que no actuara
por 24 horas. «Tiene un día, Sanguinetti, ¡corra!» le habría dicho el General. Y el escritor corrió. Así fue que Sanguinetti volvió a ser Horacio Basterra y desapareció del ámbito artístico y literario. No su volvió a saber
nada de él, hasta que se conoció que había fallecido en 1957, a los 43 años de edad.



