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Falleció Salvador Mastrosimone: el ídolo del barrio que llegó a la Selección

Falleció Salvador Mastrosimone: el ídolo del barrio que llegó a la Selección

A los 72 años, falleció Salvador Mastrosimone. «Mastro». El jugador de mil gambetas. El que nunca quiso dejar su barrio ni a su gente. Transitó por el mundo a contramano de lo que muchos consideran «las buenas costumbres», pero siempre fiel a una filosofía de vida que lo hizo querible, idolatrable.

Salvador Mastrosimone. Huracán de barrio La France fue su cuna. Instituto su lugar en el mundo donde brilló, hizo estallar estadios con la pelota en sus pies y se ganó la medalla de ídolo. La Selección de los años 70 fue un merecido premio a toda su calidad.

Para recordar mejor a Salvador Mastrosimone, tomaremos prestado un sentido y excelente texto escrito por Daniel Alberto Reinoso en su sitio de facebook «Fútbol y Multitudes»

El dueño de la tribuna

Mastrosimone. El flacucho de patitas delgadas, pero fuertes, esas que se forjaron en el barro de los potreros. No se decidía, si jugar a la pelota o al fútbol. Dudaba en seguir en la canchita con los vagos amigos o vestirse de jugador de fútbol. En realidad, no lo dudaba, la entronización del público, que solo ve a un tipo vestido de futbolista, y que por sorpresas muchas veces se topa con personajes de pensamientos de naturaleza simplistas.

Al flaquito, nunca le interesó la fama de la ampulosidad. Pero sí, aquella que representa, la amistad y reconocimiento de los vagos del barrio. Los que se juntaban a jugar hasta que la luna le ganaba al sol y después comer unas carnes a la parrilla lubricadas con un alcohol. Para él la plata nunca fue un problema, no le sobraba, la usaba como un bien de cambio. Nunca permitió que el vil metal le cambiara su forma de pensar. Equivocado o no, siempre hizo lo que sentía.

Por su habilidad y destreza vinieron muchos tipos en autos de últimos modelos. Luciendo trajes de última seda, zapatos caros y relojes de marca. Lo veían jugar y se lo querían llevar con estuche y todo. Pero él nunca quiso irse al palacio que le prometían, porque eso significaba dejar de pertenecer al lugar, donde había nacido y criado.

Mastrosimone jugó contra tipos grandotes y de mala fama, que difícilmente lo podían agarrar en algún cruce porque era escurridizo y vivo, eso deleitaba al público que lo iba a ver, podían ser una veintena de vagos o miles apiñados en una tribuna. Esos que gozaban al pequeño gran jugador, y lo comparan como el torero que hacía pasar a la bestia de largo. Fue de esa clase de jugadores que ya se extinguieron, a esos jugadores que la fama no los mareó. Él la mareaba con fintas, engaños y regates, dijeran los españoles.

Es difícil y fácil a la vez entender a estos humanos vestidos de jugadores de fútbol. Porque antes de ser futbolistas, son seres de carne y hueso. Aunque a la mercantilización no le interese, ellos mismos se encargan de no ser las marionetas del circo. Y es la misma sociedad que se encarga de olvidarlos. Esta historia no es la única, hay muchos que gozaron ser pobres y muchos que sufrieron ser ricos.

Mastrosimone fue un ídolo que pudo ser más ídolo.

El paso del tiempo trajo consigo el peor de los castigos, el olvido. Ese que vivió él y muchos otros, que dieron más de lo que le devolvieron:

“Domingo de sol y de fútbol, clima de cancha. El humo de los choripanes, el griterío y la música con ritmo del tunga tunga, rompía la tranquilidad del barrio. La larga fila para ingresar a la tribuna norte, llegaba casi a las tres cuadras.

La gente impaciente, producto de la ingestión de bebidas, empujaban, insultaban provocando desbandes, algo que la montada no podía controlar.

Desde el fondo de la calle, casi que desde la nada apareció la figura chiquita, de un hombre gastado, camino por la calle al lado de la impaciente fila, sin sacarse las manos de los bolsillos, se paró en la esquina del portón de ingreso. Allí empezaron las reprimendas de no respetar la fila.

Los vagos más grandes, algunos con la cabeza platinada, lo reconocieron y lo saludaron con palabras amables y cariñosas. ¡Ponete la camiseta y juga vos! ¡Gracias ídolo!

Él los miró, y sonriendo, les agradeció levantando su brazo derecho, como si festejara uno de sus tantos goles que hicieron vibrar esa cancha.

Los más jóvenes e impertinentes silbaban y le gritaban: —¡Hace la fila, viejo colado! Esto hizo calentar a los integrantes de la barra que sin camisa y mostrando su físico amondongado, como símbolo de poder, y con puños prestos, los encararon y les dijeron en tono agraviante: —¡Pendejos otarios, respeten! ¿Si no saben quién es? ¡Cierren el orto! Este viejo, como le dicen, fue uno de los mejores jugadores que pasaron por el club. Si no lo conocen no se metan con él, sino van a tener problemas con nosotros.

Nadie contestó nada y todo volvió a la tranquilidad. La misma que se fue desvaneciendo con la aproximación del inicio del partido y mucha gente sin poder entrar.

Mientras tanto el flacucho todavía está parado en la esquina, sin saber a quién hablar. Su diminuta figura no pasaba desapercibida. Como cuando jugaba, era al que había que correr y no dejarlo jugar. El transcurso de los años le pasó factura, su pelo raído y entrecano, que disimulaba con una gorra con visera. El pantalón grande no lograba ocultar las chuecas y flacas piernas que alguna vez hicieron delirar a la anterior generación, de los ahora puteadores seriales.

Un pibe que esperaba en la fila junto a su padre le preguntó: — ¿Quién es?

El dueño de la tribuna, jugadorazo como ninguno— le respondió. El pibe sonrió y preguntó para sus adentros: —¿Dueño de la tribuna?

El chico no le sacó los ojos de encima, preguntándose ¿Cómo pudo haber sido jugador este viejo? Era obvio, ni siquiera lo había visto en fotos, su imagen no estaba en los videojuegos que tenía en su casa.

Se acercaba la hora del partido y el “pritiau” y el fernet con coca hacia sus efectos. La situación por momentos se hacía incontrolable, aun habiendo llegado refuerzos, la masa era indomable.

El ex jugador habló con un grupo de policías, que, al reconocerlo, le dieron la mano y lo dejaron pasar para hablar con los controles.

Hola pibe, soy el Mastro ¿Puedo pasar?

—Sin entrada, no podés entrar.

¿Puedo hablar con tu jefe?

—Yo soy mi jefe — con marcada soberbia le contestó el pibe vestido de chaleco verde.

Escúchame, pibe, defendí durante veinte años esta camiseta. Desde las inferiores, hasta en la selección jugué gracias a este club. ¿Cómo no me vas a dejar pasar?

— ¡No te conozco! Y tampoco tenés entrada.

—Y por favor, córrete al costado porque estás entorpeciendo la entrada de la gente.

El viejo ex jugador, balbuceando unas puteadas, se acercó a unos de los policías, el que más estrellas tenía, y le dijo: —Este pendejo estaba en los huevos del padre cuando, con mis compañeros, les dábamos alegría al barrio en esta cancha.

— ¡Te entiendo! ¡Te vi jugar! Si yo pudiera, de mil amores te hago pasar. Pero nosotros no podemos hacer nada. ¿Por qué no pedís hablar con algún directivo?

Antes de que terminara la frase, contestó: —Ma’ que directivos, también son una mierda.

Se alejó del portón, se paró casi en la esquina y desde allí se puso a mirar la tribuna. La decepción acentuó las arrugas de su rostro.

Sus ojos claros, con más brillo del acostumbrado, denotaba angustia y tristeza más que bronca e impotencia.

La muchedumbre al ver que no lo dejaban pasar, empezaron a gritarle al control: ¡hijo de puta! ¡hijo de puta! Que, preso del pánico, tuvo que llamar a la infantería porque corría peligro su integridad.

Resignado, se acomodó la gorra, volvió a meter sus manos en los hondos bolsillos de su pantalón y caminó cabeza gacha alejándose del estadio. La idea de no volver más a la cancha le taladraba su mente.

Al llegar a la esquina dos inmensos murales con la imagen de su rostro, con varios lustros menos, adornaban la pared de la cancha, su firma relucía bajo de los mismos.

Dos lágrimas bajaron lentamente de sus ojos, como telones anunciando el fin de la función. Y como si el destino se siguiera burlando, y haciendo más hondo su pesar, desde la voz del estadio se escuchó: “Los hinchas que están ocupando la popular Salvador Mastrosimone, por favor bajarse del alambrado…””

nakasone