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Crónicas al Voleo

El matemático y el falsificador

El matemático y el falsificador, la increíble historia de un engaño millonario que hasta convenció a un país.
Por Germán Tinti

Lanneray es un paraje rural a mitad de camino entre Orleans y Le Mans, en el centro de Francia. Allí, en el seno de una familia de granjeros, nació en 1818 Vrain-Denis Lucas. Si bien no recibió educación formal, el cura del poblado accedió a enseñarle las primeras letras y entrenarlo en tareas administrativas, toda vez que el joven no podía (ni quería) afrontar el duro trabajo campesino.

A temprana edad Vrain-Denis demostró interés por progresar y consiguió de su mentor una recomendación para solicitar trabajo en la Biblioteca Imperial de París. El muchacho quería entrar al mundo del conocimiento por la puerta grande. Pero, como en el sketch de los geniales Les Luthiers, la puerta grande estaba cerrada. Su falta de formación de formación institucional y el desconocimiento del latín fueron barreras infranqueables para integrar la planta laboral de la prestigiosa biblioteca.

Apenas tenía 16 años, pero el frustrado intento no lo derrumbó. Consiguió trabajo como aprendiz en el bufete de abogados Letellier, una empresa especializada en genealogía, libre de escrúpulos y que le confeccionaba a las familias con pretensiones sociales y fortuna suficiente el mejor pasado histórico que pudieran pagar.

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Vrain-Denis Lucas, un hombre que supo abrirse camino en la vida estafando sin pudor ni límites.
El cliente ideal

Rápidamente, Vrain-Denis se destacó como un gran falsificador y un hábil embaucador, dos virtudes fundamentales para el negocio. Pero también daba rienda suelta a su afán de conocimiento y comenzó a asistir a cursos abiertos en La Sorbona. Fue en ese ámbito en el que entró en contacto con Michel Floréal Chasles.

Eminente matemático y geómetra, Michel Floréal Chasles era una personalidad destacada en el ámbito académico y social de París, no solo por su indiscutida relevancia en el plano científico de su época, sino porque era también un héroe de la Guerra de la Sexta Coalición y tuvo una destacada participación en la defensa de París. Era, además, un apasionado coleccionista de documentos autógrafos antiguos. “Papita pa’l loro” habrá pensado Vrain-Denis Lucas al entablar relación.

Cuando entraron en confianza, Vrain-Denis le comentó a Chasles que tenía entre sus clientes a un heredero del Conde de Bois-Jourdain. Según la historia que Lucas le refirió al matemático, el noble había muerto a fines del siglo anterior en un naufragio sufrido cuando buscaba escapar rumbo a América, para poner a salvo de los revolucionarios una enorme colección de documentos que le había sido confiada por el mismísimo Luis XVI antes de perder la cabeza. El valioso cofre fue rescatado por pescadores y entregado a los herederos del Conde, que –ante urgencias económicas que se repetían cada vez con mayor frecuencia– se desprendían de algunos de esos históricos papeles a cambio de una buena cantidad de Francos.

Cliente exclusivo

“Se non è vero, è ben trovato” decía mi abuela. La historia era convincente y estaba bien relatada. Al menos para Chasles que se la creyó de punta a punta. Sin dejar que el pez largue el anzuelo, Lucas le vendió tres manuscritos: una carta de Molière, otra de François Rabelais y la tercera de Jean Racine. Cobró 500 francos por la primera y 400 por cada una de las otras. Nada mal si tenemos en cuenta que el salario promedio era 5 francos diarios.

Michel Foréal Chasles, así como lo ves le hicieron el bolsillo de la mejor manera.

Pero esos primeros documentos fueron apenas unas gotas de ginebra para un alcohólico. A las pocas semanas el matemático acosaba a Lucas para que le vendiera nuevos manuscritos antiguos. Vrain-Denis se hizo desear un poco, en ese momento era el gato maula.

Existen pocos casos en los que un estafador le come la billetera a una sola víctima como lo hizo Vrain-Denis Lucas al inocente Michel Floréal Chasles. Lo cierto es que para 1865 la colección del afamado geómetra era famosa en toda Europa. La lista de personalidades que firmaban las notas que atesoraba Chasles era extensísima y, en casi todos los casos, sorprendente: María Magdalena, San Pedro, Judas Iscariote, Lázaro, Poncio Pilato, Pitágoras, Aristóteles, Alejandro Magno, Julio César, Cleopatra, Cicerón, Carlomagno, Juana de Arco, Dante Alighieri, Shakespeare, Galileo, Blaise Pascal o Isaac Newton, entre otros, firmaban las notas que iban acumulándose en sus anaqueles.

Visite Francia

El entusiasmo le impidieron notar algo curioso: todas las cartas estaban escritas en francés y en muchos casos hacen alusiones favorables a ese país. Tal el caso de la misiva que María Magdalena le envía desde la Galia a Lázaro, contándole que los habitantes de esa tierra no son bárbaros sino que puede advertirse que en el futuro podrán engendrar a ilustres científicos.

Muchos de los textos eran copias literales de una conocida enciclopedia de la época, pero en algunos casos eran producto de la imaginación y el conocimiento de Vrain-Denis, como el de Cleopatra a Julio César:

El matemático y el falsificador, la increíble historia de un engaño millonario que hasta convenció a un país.
Supuesta carta de Pascal a Galileo. Todo un logro del amigo Vrain-Denis Lucas .

“Mi muy amado ─le escribe la reina del Nilo (y del twist) al emperador romano ─, nuestro hijo Cesarión anda bien. Espero que pronto esté en condiciones de soportar el viaje de aquí a Marsella, donde quiero que sea instruido por el buen aire que allí se respira y por las cosas finas que allí se enseñan… Aprovecho esta ocasión para expresarte, mi muy amado, la alegría que siento cuando me encuentro cerca tuyo, y mientras espero que ello ocurra, ruego a los dioses que te tengan en mente. El once de marzo, año de Roma 709.»

Lucas era un nacionalista, al igual que su cliente, y por ello en los documentos solía agregar referencias que exaltaban su espíritu patriótico. Aristóteles y Carlomagno recomendaban visitar París (o Lutecia), Julio César hablaba maravillas de Vercingetorix, Alejandro afirmaba que el celta era la madre de todas las lenguas.

Sacá del medio, Newton

Todo empezó a salirse de control en 1867. En julio de ese año Chasles donó a la Academia de Ciencias de Francia una carta de Blas Pascal en la que quedaba claro que el filósofo francés había descubierto la ley de gravedad varias décadas antes que el inglés Isaac Newton. Imaginemos por un momento el quilombazo que se armó.

Blas Pascal, quien según los documentos, había sido quien descubriera la ley de gravedad antes que Newton.

Le objetaron que las fórmulas matemáticas supuestamente utilizadas por Pascal (que nunca se había interesado por la astronomía) habían sido creadas con posterioridad a la fecha de la carta. Chasles respondió con nuevas cartas inéditas, incluyendo una que Pascal le había enviado a un Newton de 12 años. También mostró una que “demostraba” que había sido Galileo el primero en estudiar la ley de gravedad y éste le había pasado el dato a Pascal.

A la polémica, que ya a científicos de Francia, Inglaterra y Bélgica, se sumaron historiadores italianos. Se dijo que Galileo estaba ciego cuando supuestamente escribió a Pascal. Chasles contestó con cartas de alumnos del sabio florentino en las que se afirmaba que fingía su ceguera para engañar a la Inquisición. El hecho que para todos los especialistas Galileo nunca había escrito en francés parecía no interesarle a nadie y no era impedimento para que Michel Flóreal siguiera redoblando su apuesta. Tan convincente fue, que la Academia le dio la razón y por unas semanas fue Francia la cuna de la ley de gravedad.

Isaac Newton, el invitado de piedra a la boda de engaños y estafas.
El sueño terminó

Finalmente el castillo de naipes se desmoronó. En 1869 Chasles denunció y mandó a detener a Lucas. Desde que se habían conocido le había vendido casi 30 mil documentos apócrifos. Pero el reclamo del matemático no era por esas estafas, sino porque aún le debía unos 3.000 papeles.

La sacó barata Vrain-Denis. Apenas una multa de 500 francos y un par de años en gayola. Después su historia se pierde en los meandros del olvido. Nunca se supo más nada de él. Tan sólo ha quedado su recuerdo como “el Príncipe de los Falsificadores”.

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