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Crónicas al Voleo

El hombre del aeropuerto

El hombre del aeropuerto
Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)

En la sección de migraciones de una de las terminales del Aeropuerto Internacional John F. Kennedy se vive una tensa calma. Acaba de aterrizar un vuelo y los agentes gubernamentales se preparan para atender una gran cantidad de viajeros, cansados y apurados. De repente, un tsunami de personas se abalanza sobre las pequeñas cabinas pasaporte en mano.

En medio de ese maremágnum de turistas, hombres de negocios, aspirantes a inmigrantes ilegales y el resto de la numerosa fauna de los aeropuertos, mirando todo sin entender nada, está Viktor Navorski, a quien no le permiten entrar en Estados Unidos porque durante el vuelo en su país, Krakozhia, se produjo un golpe de estado y consecuente guerra civil que hizo que esta ex república soviética haya perdido el reconocimiento internacional como nación soberana. Viktor Navorski es un apátrida. No puede entrar a los EE.UU. ni puede volver a su país, porque técnicamente no existe.

La película es del año 2004, se llama La Terminal, fue dirigida por Steven Spielberg y –por más absurdo que parezca– se inspiró en un caso real.

El psicólogo iraní

Hace unos días falleció Mehran Karimi Nasseri, un refugiado iraní que vivió durante más de 18 años en el aeropuerto parisino Charles De Gaulle.

Mehran había nacido en 1942 en el campamento de la Compañía de petróleo anglo-iraní, situado en Masjed Soleyman, al oeste del país asiático, cerca del golfo pérsico. Era hijo de un médico iraní y una enfermera escocesa que trabajaban en ese campamento.

Con poco más de 30 años, y con el título de psicólogo entre sus petates, se trasladó a Inglaterra para estudiar becado en la universidad de Bradford, donde, en 1974,  participó en varias manifestaciones en contra del Sha de Persia, Mohammed Reza Pahlevi. Para ningún régimen autoritario esas cosas pasan desapercibidas, y cuando Mehran volvió, un año despúes, a Teherán fue llevado directamente a la prisión de Evin por la SAVAK (la temible policía secreta iraní), donde quedó detenido y fue torturado durante cuatro meses, para luego ser expulsado del país.

Una puerta tras otra

Entonces regresó a Europa y  comenzó un larguísimo recorrido pidiendo asilo en países del viejo continente. Fue sucesivamente rechazado en Alemania Federal, Francia, Yugoslavia, Italia, otra vez Francia, Reino Unido y de nuevo Alemania Federal. Recién en 1980 el Alto Comisionado de la Naciones Unidas para Refugiados le concedió el status de refugiado y autorizó su ingreso como asilado en Bélgica, país en el que vivió hasta 1986, en lo que fueron, según sus propias palabras, los años más felices de su vida.

Entonces decidió mudarse al Reino Unido, dónde –según le habían dicho– vivía su madre, pero en una escala en París le robaron toda la documentación. No obstante logró embarcar, pero en Londres fue rechazado y regresado a Francia, donde –al no poder acreditar su identidad y su condición de refugiado, fue trasladado a la «Zona de Espera», una especie de limbo reservado para viajeros sin papeles.

La historia de Mehran Karimi Nasseri estaba comenzando a tomar estado público y atrajo la atención del abogado especializado en casos de derechos humanos Christian Bourget, quien lo patrocinó desde entonces.

Christian Bourget
Kafka, un otario

En 1992 las autoridades francesas aceptaron otorgarle un permiso de residencia, pero debía presentar su carta de refugiado, establecida en Bélgica. En lo que se constituyó como laberinto sin salida, Nasseri debía ir a Bruselas a buscar el documento, pero no podía salir de Francia porque no tenía documentos. El gobierno galo optó por la solución más fácil y lo metió en cana.

Christian Bourget solicitó al gobierno belga que enviara la documentación, pero Belgrado pretendía que Nasseri los retirara en persona, salvo el casi insignificante detalle que –según la legislación de Bélgica– el refugiado que abandona voluntariamente el país no puede volver a ingresar. Y así todo. Pasó Kafka y dijo que se fueron de mambo.

En 1995, Bélgica le ofreció a Nasseri restituirle su status de refugiado con la condición de que se quedara a vivir allí. El nudo gordiano parecía comenzar a desatarse, pero… Nasseri se opuso, quería radicarse en el Reino Unido. De vuelta la burra al trigo y Nasseri al aeropuerto.

Se plantó el iraní

A esta altura del partido, el abogado Bourget traspiraba bulucas recorriendo embajadas y ministerios para encontrar una solución al cada vez más intrincado asunto. Entre tanta presentación y recurso logró que en 1999, Francia le ofrezca un pasaporte de refugiado y le permitiera residir en el país.

Pero Nasseri volvió a rechazar la oferta. Argumentó que la documentación no lo reconocía correctamente. A esta altura todos sospechaban que a nuestro simpático personaje le estaba empezando a chiflar el moño: negaba ser iraní y decía, en perfecto persa, que no podía hablar en persa. A esta altura Kafka se desternilla de risa abrazado a Groucho Marx.

De hecho, en el aeropuerto se hacía llamar «Sir Alfred» y el personal de la estación aérea parisina le había tomado cariño. «Es una compañía muy agradable, se nota que procede de una buena familia. Se ha ganado la simpatía de todas las autoridades del aeropuerto y lo dejan vivir aquí», relató alguna vez Sylvaine do Sacramento, empleada de la farmacia del aeropuerto. Le lavaban la ropa, le donaron un sofá para el cubículo que ocupaba y en donde pasaba el tiempo estudiando economía, leyendo libros y escribiendo su diario que, en 2004, se convertiría en su autobiografía (la película había sido un éxito y había que aprovechar la volada).

Sir Alfred ha abandonado el edificio

Para hacer su obra, la productora Dream Works le pagó un cuarto de millón de dólares por los derechos de autor. Nasseri estaba medio chiflado, pero no era bolu… tonto.

Permaneció nuestro ¿héroe? en la Terminal 2F  del Charles De Gaulle hasta 2006, cuando debió ser hospitalizado y al recibir el alta se alojó en un hotel cercano a la estación aérea para, finalmente, trasladarse a un centro de acogida de la fundación Emaús, donde vivió hasta la semana pasada.