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Crónicas al Voleo

El francotirador que inspiró a Silvio

El francotirador que inspiró a Silvio
Por Germán Tinti (Especial para AGnoticias)

«Ojalá» era una de las naves nodrizas de la Trova Cubana encabezada por Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. Uno de los bares emblemáticos de Córdoba llevaba ese nombre y los que alguna vez poblamos sus mesas lo extrañamos. Los que fuimos adolescentes en los ochentas la cantábamos a los gritos y con la emoción a flor de piel en cualquier guitarreada, fogón o lo que fuera.

Bueno, la cantábamos mal.

«Ojalá se te acabe la mirada constante / La palara precisa, la sonrisa perfecta / Ojalá pase algo que te borre de pronto / Una luz cegadora, un disparo de nieve / Ojalá por lo menos que me lleve la muerte / Para no verte tanto, para no verte siempre / En todos los segundos, en todas las visiones / Ojalá que no pueda tocarte ni en canciones».

Resulta que en ese estribillo que iba de abajo hacia arriba y que alcanza el éxtasis en la parte de la luz cegadora y el disparo de nieve hay una trampa. El disparo no es de nieve, sino de NIEVI. ¿Qué edad tenías cuando te enteraste de esto? Yo bastante más de 50. Ahora bien, ¿qué demonios es un nievi?

Un fusil, un francotirador… o las dos cosas

No existe en toda la red una explicación clara del origen de esta expresión. Muchos sostienen que así se denominaban algunos fusiles de largo alcance que la Unión Soviética había «donado» a los 82 barbudos que embarcaron en el Granma y a sus aliados que los esperaban en la isla de Cuba.

Con igual falta de rigor científico y/o histórico, la versión más difundida es que el  fusil se habría bautizado así en honor de Vasili Záitsev, un famoso francotirador soviético de la Segunda Guerra Mundial, al que, siempre según esta teoría, apodaban Nievi.

Entonces la romántica figura del supuesto disparo de nieve se convierte en la brutal imagen de una cabeza reventada por un proyectil de alto calibre. Tan dulce que parecía el Silvio.

¿Qué hizo el tal Vasil Záitsev? Bueno, vamos por partes.

Cazando en la taiga

El pequeño Vasil recibió su primer rifle de manos de su abuelo a los 12 años. Los panelistas de los programas de la tarde dirían que no es un juguete muy recomendable para un niño. Pero al aislado poblado de Yeleninka, donde nació en 1915 en el seno de una familia de campesinos, no llegaba la señal de televisión, básicamente porque aún no se había inventado tal prodigio.

Antes de tener su propia arma, el niño Vasil había demostrado gran habilidad con las armas y la fauna silvestre de los alrededores de Yeleninka lo fue aprendiendo de la peor manera: cuando ya se habían convertido en el almuerzo o la cena de los Záitsev. «Usa cada bala a conciencia» solía decirle su padre cuando salían de cacería por la taiga. No era fácil conseguir municiones en aquellas lejanías. La lección paterna guío su vida futura.

Cuerpo a cuerpo

De acuerdo a lo que escribió en su autobiografía, cuando salía de cacería se embadurnaba con aceite de tejón para camuflarse bajo el olor de animal. Matando lobos prendió a rastrear y acechar. Estudió en una escuela técnica de construcción y luego contabilidad. Fue inspector de seguros hasta que en 1937 se incorporó como marinero en la flota del Pacífico. Dos años después, ya se sabe, estalló la Segunda Guerra Mundial.

Cuando Alemania lanzó, en 1942, la «Operación Barbarroja» y comenzó a avanzar hacia el este, Vasil, junto a cientos de camaradas, solicitó ser enviado al frente de batalla. El 17 de septiembre fue destinado a Stalingrado, asignado al 1047º Regimiento de Fusileros de la 284ª División de Fusileros «Tomsk», que pasó a formar parte del 62º Ejército. Sin embargo, su primer combate terminó en la artesanal modalidad cuerpo a cuerpo y, cuando bayonetas y pistolas no servían, mató a su primer alemán estrangulándolo.

Elegir la presa

Vasil se ganó el puesto de francotirador cuando, a finales de octubre un coronel lo vio abatir con tres disparos de su rifle estándar de infantería a sendos servidores de una ametralladora. «Consíganle un fusil de francotirador», ordenó el superior. Cuando Záitsev ya tenía en sus manos un Moisin Nagant 91/30, el mismo oficial le dijo: «Ya lleva tres, siga la cuenta a partir de aquí». «Usa cada bala a conciencia»… El viejo tenía razón.

«Me agradaba ser francotirador y gozar de la licencia para elegir a mi presa, a cada disparo es como si pudiera oír la bala atravesando el cráneo del enemigo» recordaba Vasil en su autobiografía «Memorias de un francotirador en Stalingrado». Y sigue, sin asomo de remordimiento, elogiando las bondades de la mira telescópica que le permitía bajar enemigos desde más de medio kilómetro de distancia: «Sabes si se ha afeitado, puedes ver la expresión de su rostro, canturrea. Y mientras tu hombre se frota la frente o inclina la cabeza para ponerse bien el casco, buscas el mejor punto para que la bala haga impacto; no tiene ni la menor idea de que le quedan solo unos segundos de vida».

La némesis de Vasil

En su libro dedica un capítulo completo a su enfrentamiento con un «colega» alemán que tenía como objetivo terminar con él. Explica que un prisionero alemán les reveló que el alto mando, preocupado ante el creciente número de bajas, había enviado «a un tal mayor Konings (Koenig en otras versiones), director de la escuela de francotiradores de la Wehrmacht en las afueras de Berlín», con el propósito exclusivo de abatir “al gran conejo ruso” (Zátsiev significa conejo).

Esta historia es puesta en cuestión por historiadores como el británico Antony Beevor, autor de «Stalingrado» una de las más completas obras sobre la sangrienta batalla. «Nunca hubo un francotirador alemán llamado mayor Konings. Ni en fuentes oficiales alemanas ni rusas. Investigué todos los informes de francotiradores en Stalingrado que existen en los archivos del Ministerio de Defensa y por tanto puedo decir con toda seguridad que el épico ‘duelo de francotiradores’ entre los ases alemán y ruso nunca ocurrió. Si hubiera tenido lugar habría sido reportado en su momento dado que era exactamente la historia que querían en Moscú para propaganda. Definitivamente, fue inventada después de la batalla». Nunca falta alguien que te arruina la película.

Adiós disparo de nieve

Lo cierto es que la culata del fusil de Vasil Zástiev no tenía espacio para que entraran las 247 muescas que representaran las bajas que provocó con su puntería prodigiosa. Las objeciones de Beevor y otros historiadores fueron prolijamente desoídas por las autoridades rusas (las de antes y las de ahora, no me decido cuáles son peores) y Vasil continuó y continua siendo venerado como un héroe de guerra. Disfutó de ese estatus hasta su muerte en 1991 y el respeto sigue hasta nuestros días.

Lo que es yo, ya nunca podré volver a escuchar «Ojalá» sin pensar en una cabeza reventada por una bala de un fusil de largo alcance.