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Crónicas al Voleo

El desastre de Aberfan

El desastre de Aberfan
Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)

El desastre de Aberfan. Pocos minutos después de las 9 de la mañana del viernes 21 de un lluvioso y frío octubre de 1966, los 240 alumnos de la escuela primaria Pantglas acababan de acomodarse en sus pupitres y respondían a la habitual toma de lista de sus maestros. El ánimo de los niños era bullicioso y alegre por ser ese el último día de clase antes del receso de mitad de ciclo. Las vacaciones de invierno como les decimos por aquí).

De pronto se escucharon unos extraños ruidos que algunos, tiempo después, describirían como fuertes truenos; otros recordarían como si un avión volara a muy baja altura. Al mismo tiempo las luces de las aulas empezaron a parpadear. Segundos después el estruendo final y la oscuridad total.

Una masa de 9 metros de altura, conformada por 40 mil metros cúbicos de lodo y deshechos de la centenaria mina de carbón de carbón de Merthyr Vale se desplazó por ladera este de la colina Mynydd Merthyr hasta alcanzar una velocidad de 50 kilómetros por hora; suficientes para arrasar con buena parte de la escuela primaria del pueblo y 13 viviendas vecinas. Provocando la muerte de 144 personas, entre ellas 116 niños de entre 7 y 10 años.

Pueblo minero de la colina verde

Si los rudos galeses que conformaban la población de Aberfan por aquellos años hubieran tenido conocimiento del cancionero coplero español, seguramente habrían adoptado aquellos versos popularizados por Antonio Molina: «Yo no maldigo mi suerte porque minero nací / Y aunque me ronde la muerte no tengo miedo a morir / (…) Bajo a la mina cantando porque sé que en el altar / Mi madre queda rezando por el hijo que se va / (…) Soy Minero / Y templé mi corazón con pico y barrena / Soy Minero / Y con caña, vino y ron me quito las penas».

La mina de Merthyr Vale, que dominaba la región desde la cima de la colina Mynydd Merthyr, era la razón de ser de la población. Todos los habitantes del Condado de Merthyr Tydfil, ubicado a poco más de 30 kilómetros de Cardiff, la capital galesa, dependían –directa o indirectamente– de la vieja mina que John Nixon y sus socios comenzaron a excavar el 23 de agosto de 1869. Por aquel entonces tan solo un par de cabañas y una posada interrumpían el verde paisaje del sector. En 1966 la cantidad de habitantes superaba los 6.000.

La naturaleza grita a oídos sordos

La desordenada y no planificada acumulación de residuos sobre la ladera oriental de la colina, en la línea de la población, comenzó a principios de la década de 1920. En noviembre de 1944 los vertederos (denominados «pilas») que se fueron conformando a lo largo del tiempo dieron el primer aviso. Una de las pilas de escombros, barro y cenizas, de consistencia similar a las arenas movedizas, se desplazó casi 500 metros. Se detuvo a poco más de 100 m del poblado. Sin embargo el aviso fue desoído por los dueños de la mina y la situación continuó sin mayores variantes, aun cuando en 1947 las minas de carbón fueron nacionalizadas y su administración y control quedó en manos de la Junta Nacional del Carbón (NCB por su sigla en inglés).

Para 1966 los vertederos acumulaban unos dos millones de metros cúbicos de deshechos distribuidos en siete pilas, la mayoría de ellos ubicados sobre pequeños cursos de agua. En 1963 la pila siete (que luego causaría la tragedia) sufrió pequeños desplazamientos que fueron minimizados por la NCB. Por si esto fuera poco, durante los últimos diez años se habían producido al menos una decena de inundaciones graves en la región, producto del alto promedios de lluvias que registró la región y el taponamiento de los drenajes.

Los residentes habían presentado quejas ante el Consejo Municipal del Condado de Merthyr Tydfil, que mantuvo correspondencia con la NCB entre julio de 1963 y marzo de 1964 sobre el tema del «peligro que la lechada de carbón se vierta en la parte trasera de las escuelas de Pantglas». A principios de 1965 se celebraron reuniones entre el concejo y la junta en las que se acordó tomar medidas sobre las tuberías y las zanjas de drenaje obstruidas que fueron la causa de las inundaciones. Para octubre de 1966 no se había adoptado ninguna medida. La tragedia se anunciaba a gritos, pero las autoridades eran sordas.

Cuando llegó el horror

En algún momento de la noche del jueves al viernes, la pila 7 de escombros se movió. Eso fue descubierto a las 7.30 de la mañana del 21 por los primeros obreros en llegar, que lo reportaron a sus supervisores, quienes decidieron suspender los trabajos por ese día y la semana siguiente a los fines de estudiar las posibles soluciones. Pero no avisaron a nadie más y dejaron pasar, absurda e indolente y criminalmente, la posibilidad de evitar el drama.

«Estábamos hablando, esperando que el maestro tomara lista, y de pronto sentimos un gran ruido y vimos que todo volaba por los aires –recordaría medio siglo después Dilys Pope, que tenía 10 años al momento del alud–. Las mesas caían por todas partes, los niños gritaban y lloraban. No se podía ver nada… Entonces el polvo empezó a marcharse. Yo tenía la pierna atrapada en un banco y me dolía un brazo. La mayoría de los chicos estaban tirados por el suelo, el maestro también y, aunque tenía una pierna aprisionada, pudo soltarse y rompió una ventana de la clase con una piedra. Me liberé, fui por un pasillo, abrí una ventana y salí por allí. Otros niños también salieron. El maestro nos dijo que nos fuésemos a nuestras casas». Sus compañeros del aula de al lado no tuvieron tanta suerte.

En menos de media hora policías y rescatistas de toda la región confluyeron en Aberfan para colaborar con el rescate de los posibles sobrevivientes que hubieran quedado atrapados bajo la montaña de lodo y escombros, pero era poco lo que podían hacer. Unas 2000 personas cavaron con sumo cuidado, moviendo el material a mano o con herramientas de jardinería. Se trabajó contrarreloj. Las primeras víctimas llegaron al Hospital St Tydfil’s a las 9.50. A las 11, Jeff Edwards fue el último niño rescatado con vida.

Un real remordimiento

Dicen que lo único de lo que se arrepiente la Reina Isabel II de todo lo que le tocó vivir en su prolongado mandato fue haber demorado tanto (8 días) en acudir personalmente a Aberfan. El mismo día de la tragedia se hizo presente su marido, el Príncipe Felipe de Edimburgo. Los biógrafos reales coinciden que no fue desidia o desinterés por lo que no acudió Isabel en persona, sino que quiso evitar que el interés se centrara en ella y no en las víctimas. También coinciden en su entorno que la única vez que la monarca lloró en público fue cuando recibió un ramo de flores con una tarjeta que decía «De parte de los niños que quedan en Aberfan».

Según la BBC, la Reina no olvidó a ese pueblo traumatizado y ha intentado enmendar su error en reiteradas oportunidades. Volvió a Aberfan tres veces más: en 1973, en 1997 y, la última vez, en 2012 para inaugurar una nueva escuela primaria. Sin embargo, y a pesar que se introdujeron drásticas medidas de seguridad para el sector de la minería en el territorio británico, las investigaciones (policial, judicial y administrativa) no arrojaron responsables, ni sancionados, ni mucho menos condenados. 

«Te amo, querida, ¿pero cuánto tiempo más tendré que seguir cantando la misma canción?» escribió alguna vez Bob Dylan.

Los chicos australianos

Un año después, tres hermanos nacidos en la Isla de Man, en el Mar Irlandés, y criados en Australia, publicaron lo que sería su primer éxito en su carrera musical. En 1967 los Bee Gees lanzaron al mercado el single «New York mining disaster, 1941». Aunque nunca lo admitieron públicamente, la canción está evidentemente inspirada en los hechos de la mina galesa.

«En el caso de que algo me suceda / Hay algo que me gustaría que todos vieran / Es sólo una fotografía de alguien que conocía

¿Ha visto a mi esposa, Sr. Jones? / ¿Sabes lo que es afuera? / No hables demasiado alto, causarás un deslizamiento de tierra / Sr. Jones Sigo tensando mis oídos para oír un sonido / Tal vez alguien está cavando bajo tierra / ¿O se han rendido y se han ido a casa a la cama? / ¿Pensando que aquellos que alguna vez existieron deben estar muertos?»

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