Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)
Las primeras revistas de comics aparecieron —según la historiografía hegemónica— a fines de la década de 1920 y principios de la siguiente. La primera de la que se tiene registro es «The Funnies», editada en 1929 en los Estados Unidos. Hasta entonces las tiras cómicas tenían su campo de batalla en los diarios y periódicos. Siempre estamos hablando de las crónicas de América del Norte y Europa.
En 1934 se publicó en Francia y Bélgica la revista «Le Journal de Mickey» y cuatro años después, en el gran país del norte, salió a la calle Action Comics. Con el estreno que un comic que resultaría eterno y paradigmático: Superman.
Sin embargo, las crónicas y los historiadores suelen saltearse a un verdadero precursor de la industria editorial del comic, un pionero alejado de los grandes polos culturales y potencias editoriales del mundo. Y, por si fuera poco, este primer adelantado en esta gesta fue un cordobés.

El taquígrafo que dibujaba
Ramón Columba habría nacido en 1891 —unos meses después de la inauguración del primer Dique San Roque— en San Antonio de Arredondo (una localidad del Valle de Punilla junto a la cual dos décadas después se fundaría Villa Carlos Paz). Aunque fue bautizado en Cosquín dos años más tarde, en 1893. Siendo un niño su familia se trasladó a Buenos Aires para radicarse en la capital del país.
Mientras cursaba los estudios secundarios comenzó a trabajar como taquígrafo en el Congreso de la Nación. Tiempo después empezó a estudiar en la facultad de Medicina, pero al poco tiempo abandonó la carrera para dedicarse a su verdadera vocación: el dibujo.
En 1923 publicó su propia revista, «Páginas de Columba», dedicada enteramente a las caricaturas e historietas, y que tenía además un suplemento infantil. Hola historiadores, seis años antes que la famosa y bien ponderada «The Funnies». ¡Vamos Argentina!
Llega El Tony
En 1928 fundó, junto a su hermano Claudio, la Editorial Columba, que publicó desde sus inicios la revista de historietas «El Tony». Para la cual contrató a varios dibujantes, entre los cuales hizo escuela. Por largo tiempo esa fue la principal revista de historietas orientada al público juvenil de la Argentina.

La tapa del primer número estaba dedicada a «Carlitos», una historieta dedicada a Charles Chaplín. En sus páginas también se podía encontrar a «Rulito, el gato atorrante», el «tío Morfoni», «Farringdon, detective» y los «Buitres de las arenas» entre otras aventuras fascinantes.
Desde entonces, niños y adolescentes (y ya no tanto) supieron que periódicamente tenían una cita con la aventura en los kioscos de revistas. Ni siquiera había que saber leer para disfrutar estas revistas, que ponían las escenas dibujadas y la imaginación de cada uno escribía los diálogos si era necesario.
Una empresa familiar
No obstante el impulso vital brindado por Ramón y Claudio, suele considerarse que fueron sus hijos los verdaderos artífices del éxito de la empresa, y que cuando éstos asumieron el mando, Columba se convirtió en la verdaderamente renombrada y completa editorial de historietas. Los hijos de Ramón y Claudio también se llamaban también Ramón y Claudio. Y luego llegó una nueva generación de primos segundos llamados también Ramón y Claudio. Gran imaginación para los comics y los negocios, ninguna para elegir nombres.
El desarrollo empresarial que propiciaron Ramón y Claudio, cualesquiera de ellos, fue convirtiendo a Columba en mucho más de una editora de revistitas de dibujitos. Columba fue una industria polifacética, tenía una estructura que contemplaba todos los procesos de producción: edición, provisión de papel, impresión y distribución. De acuerdo a Pablo Muñoz, Director ejecutivo de Deux Graphica: «tenía una estructura que solo Editorial Atlántida y los diarios más importantes tenían durante la década de los noventa. Y toda esa estructura y costos, se apoyaban en un solo producto: la historieta “Marca Columba”».
Con el tiempo la editorial fue aumentando su oferta. A El Tony se le sumó, en 1945 Intervalo, cinco años después llegó a los kioscos Fantasía, en 1957 se sumó D’Artagnan y en el ’79 llegó Nippur Magnum. En sus páginas, que poco a poco fueron adquiriendo color, descollaron las aventuras de Nippur de Lagash, Jackaroe, el Cabo Savino, Dennis Martin, Pepe Sánchez, Savarese, Gilgamesh el Inmortal y otros tantos personajes inolvidables.



Nada puede escapar
La crisis socioeconómica que comenzó a hacer erupción en el año 2000 afectó seriamente las ventas, encareció el proceso de impresión. Y llevó el precio de las revistas lejos de las posibilidades de los lectores. Como último recurso se lanzó una serie de comic – books de sus principales personajes, especialmente Nippur de Lagash. Pero Columba había entrado en un camino sin retorno y cerró definitivamente en 2001.
Hoy los ejemplares de las revistas y los comic – books son material de culto y ocupan lugares de privilegios en las casas de compraventa de revistas. Los ejemplares individuales pueden alcanzar un valor de cincuenta mil Pesos Por una edición de lujo de Nippur de Lagash, que consta de 64 libros, te pueden pedir hasta dos palitos.

Estamos en una época en que el papel se va convirtiendo, además de algo obsoleto, en una especie d atentado contra el ecosistema. Es difícil leer un libro en, por ejemplo, un bar sin que alguien se ponga a calcular cuántos arbolitos fueron sacrificados.
Fin
El Tony, la D’artagnan, la Nippur, Intervalo y Fantasía son embajadoras atemporales de otra época, en la que era más fácil (y más barato) ser feliz. O lo era para quienes pasamos de la niñez a la adolescencia bajo su manto. Nuestros héroes estaban disponibles en cualquier kiosco de barrio y eran suficientes para viajar y vivir las mejores aventuras. Llegaron a vender 250.000 ejemplares.
El dibujante Carlos Trillo esboza su teoría del final de Columba: «Hubo un momento en que las revistas perdieron su periodicidad semanal y se transformaron en productos machaconamente reiterativos, nimbados de “verdades” ideológicas de tinte reaccionario y generaba historias de un maniqueísmo fenomenal».
«¿Te acuerdas de ayer? / Era tan normal, la vida era vida / Y el amar no era paz, ¡qué extraño! / Ahora me siento diferente».




