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Crónicas al Voleo

Apogeo y caída de Frances Farmer

Apogeo y caída de Frances Farmer
Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)

La década de 1930 es considerada la época dorada de Hollywood (o al menos una de ellas). Los grandes estudios promovieron grandes estrellas y los grandes directores filmaron grandes filmes. Mientras Estados Unidos atravesaba la Gran Depresión, las principales productoras (MGM, Paramount, Warner Bros., 20th Century Fox y RKO) se empeñaban en estrenar películas en las que el lujo y el glamour eran el principal decorado.

En esos tiempos en los que nombres como Greta Garbo, Clark Gable, Bette Davis, Errol Flynn, Marlene Dietrich, James Cagney y Greta Garbo mandaban en las marquesinas y eran los engranajes más visibles de una maquinaria que permitía al pueblo distraerse por un par de horas de la dura realidad. Y también movía millones de dólares.

En ese terreno apareció y brilló una estrella que perdió su resplandor fulgurante mucho más rápido de lo que su talento y las expectativas de la industria. Su llegada a la pantalla de plata fue un verdadero terremoto, como fue un terremoto el comienzo de su decadencia.

La joven que negó a Dios

Frances Farmer nació en Seattle, estado de Washington, el 19 de septiembre de 1913. Era la menor de los cuatro  hijos que tuvieron Ernest Farmer, de profesión abogado, y Lilian Vas Ornum, una dietista. Sus padres se divorciaron cuando era una niña, lo que la marcó para siempre. Desde joven se mostró interesada por la literatura y el teatro.

Sabría lo que es estar en el ojo del huracán cuando, a los 18 años, Frances participó en un concurso de ensayo con el texto «Dios muere», basado en la obra de Friedrich Nietzsche. Su presentación fue considerada por el jurado la mejor y ganó el concurso y el premio de cien Dólares. Pero también se ganó la condena del sector más conservador de Seattle.

«Niña de Seattle niega a Dios y gana premio» titularon buena parte de los periódicos. Algunos miembros de la iglesia de su barrio opinaron que «si los jóvenes de esta ciudad se van al infierno, Francis Farmer seguramente los condujo ahí».

Algunos años después, en una entrevista, afirmó que esa situación «me hizo sentir sola en el mundo. Cuanta más gente me señalaba con desprecio, más terca me ponía. Y cuando comenzaron a llamarme ‘la Chica Mala de West Seattle High’, traté de estar a la altura». Quiero retruco, dijo Frances.

¿Atea y además comunista?

En 1935, cuando tenía 22 años y estudiaba arte dramático en la Universidad de Washington, ganó el concurso que había lanzado «The Voice of Action», un periódico obrero y radical publicado semanalmente en Seattle, Estados Unidos, entre 1933 y 1936.

El primer premio era un viaje a la Unión Soviética. Aceptar el premio le provocó conflictos familiares y le valió la acusación de comunista (encima de atea, zurda). Como contrapartida, tuvo la oportunidad de asistir a clases impartidas por el mismísimo Konstantín Stanislavski, un actor, y pedagogo teatral ruso, creador del método interpretativo Stanislavski y cofundador del Teatro de Arte de Moscú.

Nueva York y Hollywood

Más interesada en el teatro que en el cine, al regreso de la URSS se instaló en Nueva York para comenzar su carrera en los escenarios. Pero fue descubierta por un cazatalentos de Hollywood que le consiguió un contrato por siete años con la Paramounth. Entonces se mudó a la Costa Oeste y se casó con el actor Leif Erickson.

Su suceso en la fábrica de sueños fue inmediato. En 1936 trabajó en cuatro filmes, entre ellas «Come and get it», la más conocida de su filmografía. El director de la película, Howard Hawks, dijo que fue la mejor actriz con la que trabajó. Y el tipo había dirigido a Katharine Hepburn. Algunos la consideraban la nueva Greta Garbo.

En 1942, cuando no paraba de trabajar, se separó de Erickson y entonces comenzaron las turbulencias en su vida. Una serie de escándalos comenzaron a ganar estado público.  Fue detenida varias veces por conducir en estado de ebriedad y un peluquero de la Paramount la denunció porque —según su testimonio— fue agredido por la actriz, que le habría dislocado la mandíbula.

Para ese entonces su relación con el estudio no era la mejor. Trabajaba demasiado y tenía continuos choques con directores y con empresarios, además con algunos compañeros de trabajo. Para empeorar un poco más la situación, durante una de las audiencias que se realizaron por la denuncia del peluquero, Frances perdió los estribos y agredió verbal y físicamente a los guardias y al propio juez. La combinación: escabio y anfetaminas. (Por entonces de venta libre y muy utilizadas en el ámbito artístico para controlar el peso y dormir menos. Es decir, vino a reemplazar a la cocaína que había sido prohibida en 1922). Un combo que nunca tiene buenas consecuencias.

En el hospicio

El desborde tenía destino de prisión, pero su abogado logró que fuera internada en el pabellón de psiquiatría del Hospital General de Los Ángeles. Y el remedio fue peor que la enfermedad. Allí fue diagnosticada de psicosis maníaco-depresiva primero y de esquizofrenia paranoide después. Su tratamiento incluía inyecciones de insulina y ocasionales electroshocks.

Muchos años después se publicó que había sufrido una lobotomía (una práctica habitual en ese tiempo) y que incluían veneno para ratas en sus alimentos. Nada de ello era cierto, o al menos no está documentado, pero sin dudas que la vida en este tipo de instituciones eran por demás rigurosas e inhumanas.

Su madre logró que la designaran su tutora legal y eso fue aún peor. Durante los siguientes ocho años recorrió numerosos centros mentales entre California y Seattle. En uno de los pocos intervalos fuera de los hospitales tuvo una fuerte discusión con su madre y la agredió, lo que le sumó una nueva temporada en un hospicio.

«Mi vida era muy parecida a cualquier otra persona que ingresa a una institución pública. No tienen los medios para la atención psiquiátrica individual, solo hay determinadas camas disponibles. Me ponía en la fila con quince o veinte chicas como yo, y recibíamos inyecciones, baños de hidroterapia o un tratamiento de descarga eléctrica», afirmó algún tiempo después.

Libre al fin

En 1954 recuperó sus derechos y quedó en libertad. Ese mismo año se casó con Alfred H. Lobley y trabajó como secretaria en una pequeña ciudad de  California. Después consiguió un puesto en el Hotel Sheraton de San Francisco, se divorció de Lobley y se casó con Leland C. Mikesell, para volver a divorciarse en 1963.

Condujo su propio programa de TV durante casi diez años, trabajó en algunas obras de teatro amateur, pero las luces de los grandes estudios hollywdenses ya no la enfocaban. Murió en 1970, a los 56 años, a causa de enfermedades derivadas del tabaquismo.

Entre los homenajes post mortem, Nirvana —la banda de su ciudad, Seattle— le dedicó la canción «Frances Farmer will have her revenge on Seattle» (FF tendrá su revancha en Seattle). «Volverá como fuego para quemar a todos los mentirosos / Dejará un manto de ceniza en el suelo / Extraño la comodidad de estar triste».