En esta sección te invitamos a conocer las historias de altagracienses que viven en diferentes partes del mundo. AGNoticias dialogó con Isabella quien atravesó el complejo laberinto educativo norteamericano gracias a su constancia y al apoyo de becas académicas. Hoy compartió su rutina, relató el choque cultural y dejó un mensaje claro para quienes dudan en dar el salto hacia el exterior.
En AGNoticias la sección «Altagracienses por el Mundo» ya es un clásico de nuestro portal informativo. Un espacio dónde les acercamos los lectores historias de vecinos, amigos o familiares que dejaron su ciudad natal y que ahora están viviendo diferentes experiencias alrededor del mundo. En esta oportunidad, conocemos más a la altagraciense Isabella Gaguine.
La vida del emigrante rara vez es una línea recta; suele estar llena de idas y vueltas, de valijas a medio desarmar y de una constante reconfiguración de la propia identidad. En esta nueva entrega, la brújula apunta hacia el norte, más precisamente al estado de Florida, en Estados Unidos.
Allí nos encontramos con Isabella, una joven cuyo relato está atravesado por la dualidad de dos culturas, el esfuerzo inclaudicable por forjar un futuro en el competitivo ámbito de la salud norteamericana y el amor inquebrantable por las calles de Alta Gracia que la vieron crecer.
Una infancia entre dos hemisferios y la búsqueda de la identidad
Para muchos, la decisión de emigrar llega en la adultez, como una búsqueda de nuevas oportunidades. Para Isabella, en cambio, cruzar las fronteras fue parte de su historia desde la cuna.
Nació en la provincia de Córdoba y, con tan solo dos años de edad, se mudó a Estados Unidos junto a su madre. “Esa experiencia me abrió la cabeza desde muy chica”, confiesa al repasar sus primeros recuerdos en el exterior.

Durante su infancia, la vida transcurrió en un constante vaivén geográfico y emocional. Residió algunos años en la vibrante ciudad de Miami, pero luego su familia emprendió el regreso a la Argentina. Fue en Alta Gracia donde echó raíces hasta concluir el sexto grado de la escuela primaria.
Ese constante cambio de entorno forjó su capacidad de adaptación. Pero también trajo consigo los inevitables desafíos emocionales que enfrentan quienes crecen divididos entre dos mundos.
«No fue un camino fácil, sobre todo siendo tan chica y atravesando esa sensación de no sentirme completamente de un lugar u otro«, reflexionó sobre aquellos años de readaptación constante, donde el concepto de «hogar» parecía estar siempre a miles de kilómetros de distancia.
Finalmente, en el año 2018, el destino volvió a llevarla al país norteamericano. Radicándose de manera definitiva en el estado de Florida para continuar su formación académica.

El gran salto: la independencia en Gainesville
El año 2024 marcó un punto de inflexión en la vida de la altagraciense. Tras egresar de la escuela secundaria, tomó la decisión de dar el paso definitivo hacia la independencia.
Armó sus bolsos y emprendió un viaje de seis horas en auto hacia el norte de Miami para instalarse en Gainesville, la ciudad que albergaría sus sueños universitarios.
A diferencia del bullicio cosmopolita del sur de Florida, Gainesville es un polo netamente académico. Hoy, a dos años de su llegada, logró construir su propio refugio: vive en un departamento que comparte con su perra y dos compañeras.
El destino quiso que una de sus roommates fuera su mejor amiga, también argentina y oriunda de San Isidro. Un detalle que, aunque parezca menor, resulta vital para mantener vivas las costumbres. “Eso me ayuda muchísimo a no sentirme tan lejos de casa”, admitió.

El laberinto académico: cómo es estudiar medicina en EE.UU.
Actualmente, Isabella transita los pasillos de la prestigiosa Universidad de Florida, donde cursa la carrera de Ciencias Biológicas. Pero este es solo el primer paso de un plan a largo plazo. Su gran objetivo es aplicar al colegio de Odontología, algo para lo cual aún le restan aproximadamente dos años de intensa preparación.
Para los argentinos, el sistema de educación superior estadounidense puede resultar un verdadero rompecabezas. Ingresar a una facultad allí está lejos de ser un simple trámite o la aprobación de un único examen de ingreso. Es un proceso exhaustivo, holístico y sumamente competitivo.
Las instituciones norteamericanas evalúan el perfil completo del aspirante desde múltiples ángulos. “Tienen en cuenta el rendimiento académico durante toda la secundaria, ensayos personales que cambian dependiendo a cuál universidad estás aplicando, las actividades extracurriculares, el compromiso del alumno y su historia personal, además de los resultados de los exámenes estandarizados de ingreso como el SAT o ACT”, detalló minuciosamente. No se trata de memorizar respuestas, sino de demostrar constancia, resiliencia y un perfil humano excepcional.
Esta exigencia se multiplica exponencialmente para quienes aspiran a vestir un ambo o una toga. A diferencia de Argentina, en Estados Unidos no se ingresa directamente a las carreras de Medicina, Odontología o Abogacía tras terminar la secundaria.


«Por ejemplo, con medicina, tendrías que estudiar la licenciatura de biología por cuatro años y, recién después, aplicar a la escuela de medicina para la carrera que querés hacer», sostuvo.
Y agregó: «Tenés que ir por todo un proceso de nuevo, con entrevistas y exámenes estandarizados específicos. Esto crea mucha presión por tener que mantener notas altísimas durante los cuatro años de la licenciatura para poder entrar».
A pesar de la enorme presión, valora profundamente la transparencia del modelo educativo: “Es un proceso largo y exigente, pero también muy justo, porque valora a la persona más allá de una nota puntual y permite que cada estudiante muestre quién es y qué lo motiva”.

Ese esfuerzo incansable ya está dando sus frutos. Gracias a su excelencia académica, actualmente la joven cuenta con la beca Bright Futures, una ayuda financiera que cubre la totalidad de sus estudios, algo crucial dado el alto costo de la educación en ese país.
Mantenerla, por supuesto, exige sostener un promedio sobresaliente y cursar una cantidad mínima de créditos por semestre.
Además, hace una pausa para enviar un mensaje alentador a quienes la leen desde Argentina: “Lo que muchos no saben es que se puede aplicar a estas universidades desde el extranjero. Existen aplicaciones diseñadas específicamente para estudiantes internacionales, y una vez admitidos, se puede solicitar una visa de estudiante. También hay programas de intercambio, y siempre estoy dispuesta a compartir más información para quienes tengan dudas”.

Entre los libros de biología y la práctica clínica
Mientras transita su formación de grado con los más altos estándares, Isabella comprende que en el mundo profesional norteamericano la experiencia práctica es tan importante como el título.
Por eso, hace tres años que sostiene un empleo de modalidad part-time en un local de la reconocida marca de indumentaria American Eagle. Lo que le permite no solo ganar independencia económica, sino foguearse en el ámbito laboral.
Sin embargo, el hito que terminó de confirmar su verdadera vocación llegó en noviembre del año pasado, cuando decidió inscribirse en un curso de instrumentista dental dictado en su propia facultad.
Durante esa cursada, adquirió conocimientos invaluables sobre el reconocimiento y manejo de instrumentación odontológica, las rigurosas normas de esterilización, la gestión integral de un consultorio y el trabajo clínico básico.
“Esta experiencia me permitió acercarme aún más al área de la salud y confirmar mi interés profundo por seguir formándome en este campo”, aseguró, visualizándose cada vez más cerca del sillón odontológico.

Choque cultural: de la playa de Miami a las fraternidades de Gainesville
Vivir en Florida no significa que todo sea igual. La altagraciense experimenta a diario los fuertes contrastes dentro de su propio estado de residencia. Según describió, Miami es una ciudad profundamente latina, con una enorme diversidad cultural y un clima que se asemeja a un «verano eterno».
Gainesville, por el contrario, se encuentra más al norte y la recibe cada año con inviernos más crudos. La dinámica de la ciudad es radicalmente distinta y, curiosamente, le trae destellos de su vida en Córdoba.
“Es una ciudad más chica, similar a Alta Gracia en el sentido de que todos se conocen, con la diferencia de que la mayoría de sus habitantes son jóvenes universitarios”, declaró.

La vida en el campus es un retrato vivo de lo que los argentinos estamos acostumbrados a ver únicamente a través de la pantalla de Hollywood. El fútbol que despierta pasiones no se juega con una pelota redonda, sino ovalada.
El fútbol americano es el rey indiscutido del lugar, y el equipo de los Florida Gators representa el corazón de su universidad. Generando un arraigo y un sentido de pertenencia abrumador entre los estudiantes.
«Los días en los que se juega un partido se vive lo que se conoce como ‘tailgate’, que son encuentros previos donde los estudiantes se juntan, generalmente en las casas de las fraternidades, para escuchar música, compartir comida y pasar tiempo juntos«, explicó.
A continuación confirmó un mito popular: «Las fraternidades, como las que se suelen ver en las películas, son comunidades estudiantiles reales que forman parte activa de la vida social universitaria. Todo esto hace que la universidad no sea solo estudiar, sino vivir una experiencia muy completa y compartida».

A pesar de estar inmersa en esta imponente cultura estadounidense, el hilo invisible que la une a la Argentina sigue intacto. El trato de los locales hacia los argentinos suele ser excelente, pero la contención verdadera la encuentra en ARSA. Una organización formada exclusivamente por estudiantes de nuestro país.
Es allí donde el choque cultural desaparece: las tardes se llenan de mateadas, los fines de semana huelen a asado y las famosas «previas» se mantienen vivas. “Con el tiempo se fue formando un grupo muy lindo que se siente verdaderamente como una pequeña familia lejos de casa”, agradeció.

El arte de aprender a extrañar
Toda experiencia migratoria conlleva un costo emocional, y la madurez suele llegar de golpe. Para Isabella, estar lejos del calor de su familia y del entorno conocido la obligó a fortalecerse desde adentro y a aprender a confiar ciegamente en sus capacidades.
Atravesó momentos donde el «síndrome del impostor» tocó a su puerta. “Tuve que aprender a mantenerme fiel a quien soy, incluso en un entorno muy exigente, rodeada de personas muy capaces, y a entender que yo también tenía algo valioso para aportar, aunque muchas veces dudara de mí misma”, confesó con una vulnerabilidad que inspira. Al principio, el silencio de la soledad y la necesidad de autogestión absoluta fueron abrumadores.
Sin embargo, encontró en sus raíces su mayor escudo. “Ser de un país latinoamericano es una parte muy importante de mi identidad, y llevar eso conmigo me dio y me sigue dando una inmensa seguridad en los momentos difíciles”.

A la vez, encuentra paz en la certeza del retorno afectivo: sabe que, sin importar los kilómetros, siempre tendrá una red de contención apoyándola desde la distancia, y “un pedacito de mi corazón en Alta Gracia”.
Aunque hoy sus metas académicas y profesionales la anclan a Estados Unidos, al menos hasta recibir su ansiado título universitario, la brújula de sus sentimientos no pierde el norte: “Argentina siempre va a ser mi casa”.
Regresa a visitar a los suyos cada vez que su exigente calendario se lo permite. Aprovechando cada segundo con su familia y amigos, sabiendo que ese es el lugar que la formó. Lo que más añora en la soledad de Gainesville es a su gente:


“Esa cercanía, la espontaneidad y las costumbres que solo se viven en Alta Gracia. Hay cosas que ningún otro lugar puede reemplazar. Algo de lo que más me di cuenta, es que crecer también implica aprender a extrañar”.
Con la madurez de quien ha transitado un largo camino a su corta edad, la joven cerró la charla dejando un poderoso consejo para cualquier altagraciense que sienta el llamado de probar suerte en otras latitudes, pero que el miedo lo paralice:
«Que no esperen a tener todo resuelto. Nunca va a ser el ‘momento perfecto’. Infórmense, anímense a preguntar y, sobre todo, anímense a equivocarse, porque las cosas se aprenden en el camino y eso también es parte del proceso. En mi caso, mudarme sola y empezar de cero me dio miedo, pero fue justamente ahí donde más crecí. Viajar y probar tu suerte afuera no significa abandonar lo que sos, sino sumar experiencias. Al final del día, las personas indicadas siempre van a estar. Y lo lindo de ser altagraciense, es que es algo que nunca vas a perder».



