Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)
Muchos conocerán a Charlie Brown por el personaje de la tira cómica «Peanuts», más conocida en éstas pampas como «Carlitos y Snoopy», creada por Charles M. Schultz en la década de 1950 y que en la Argentina se publicaba en el diario La Nación.
Pero el Charlie Brown del que vamos a hablar es anterior al personaje creado por el dibujante de Mineápolis. Estamos hablando del Segundo Teniente del Boeing B-17, la «Fortaleza Voladora», un bombardero cuatrimotor que formó parte de la Fuerza Aérea Norteamericana durante la Segunda Guerra Mundial y que protagonizó, junto a Franz Stigler, uno de los momentos más épicos de ese sangriento conflicto bélico.
De la granja a la guerra
Charles L. “Charlie” Brown nació en 1922 en West Virgina («country roads, take me home»). Era el menor de seis hijos de una familia de agricultores. Desde pequeño se interesó por los aviones y cuando tenía 17 años se alistó en el ejército. Luego del ataque japonés a Pearl Harbor, en 1942, se unió a la Fuerza Aérea.

Después de completar el entrenamiento de vuelo y convertirse en piloto, Brown fue asignado al 527.º Escuadrón de Bombardeo, que llevaba a cabo arriesgadas misiones sobre el espacio aéreo más allá de las líneas enemigas.
Fue en una de esas misiones en la que Brown se encontraría con quién sería, sucesivamente, su verdugo y su ángel de la guarda. Volaba Charlie Brown y su equipo en el portentoso «Ye Olde Pub» sobre Bremen, al noroeste de Alemania, cuando fue atacado por una formación de cazas de la Luftwaffe que le provocó severos daños al avión y heridas a varios de los nueve miembros restantes de la tripulación.
Un ángel en un Messerschmitt
A causa de los impactos de la artillería enemiga, el avión aliado perdió el oxígeno y por ese motivo Brown se desmayó por algunos instantes, el tiempo suficiente para que el Ye Olde Pub perdiera altura dramáticamente. Saltar en paracaídas no era opción porque los tripulantes heridos no podían hacerlo.

Fue entonces cuando el Teniente Primero de la Luftwaffe Franz Stigler, que estaba en tierra repostando su Messerschmitt Bf 109, alcanzó a ver al avión enemigo convertido en presa fácil de la aviación alemana.
A los 28 años, Stigler era, además de un veterano, una verdadera leyenda del aire. Pertenecía a una familia profundamente católica de Regensburg, Baviera, y había sido piloto civil de la compañía aérea Lufthansa. Desde el inicio de la guerra participó en numerosos combates en el Norte de África, Sicilia y luego en la defensa del espacio aéreo alemán. Llegó a obtener más de 25 derribos.
Escolta vital
Al ver al avión enemigo en serios problemas, Stigler despegó inmediatamente y comenzó a perseguir al bombardero estadounidense. Era un blanco fácil e indefenso y cualquier guerrero lo hubiera bajado sin dudarlo un instante.
Sin embargo, el piloto alemán alcanzó a la nave de Brown y se puso a la par y le hizo señas para que aterrizara y se entregara. La negativa del norteamericano fue tajante y entonces Stigler cambió de planes y, sorprendiendo a propios y extraños, escoltó la aeronave aliada hasta las costas de Francia, evitando de este modo que fuera derribado por las fuerzas de tierra.
De este modo, y a duras penas, el Ye Olde Pub logró sobrevolar el Mar del Norte y aterrizar en la base de la RAF en Seething. Cuando se separaron, Stigler saludó a Brown con una venia. En su informe, el estadounidense mencionó el «incidente» con el avión alemán y se le ordenó que no repitiera esto al resto de la unidad para no generar ningún sentimiento positivo sobre los pilotos enemigos. Tiempo después, Brown comentó: «Alguien decidió que no puedes ser humano y volar en una cabina de mando alemana».


Buscando al salvador
Finalizada la guerra, Brown comenzó una ciclópea búsqueda de quien había sido su salvador. La tarea no era fácil porque quienes habían peleado por el bando alemán –aun cuando no hayan militantes nazis y mucho menos criminales de guerra («¡lástima de héroes!» exclamaría Osvaldo Bayer en un ensayo sobre el Graf Spee)– debieron ser discretos y, en muchos casos, abandonar Alemania y radicarse en distintos países.
Medio siglo le tomó al norteamericano encontrar al hombre que le salvó la vida, hasta que por fin lo ubicó en Canadá. Luego de la guerra, Stigler había continuado desempeñándose como aviador civil y también se había convertido en un exitoso hombre de negocios.
Por su parte, Brown volvió a su West Virginia natal y luego de algunos años en la universidad de Florida, dónde se graduó como ingeniero aeronáutico, volvió a la Fuerza Aérea hasta 1965, cuando se incorporó al Servicio Exterior del Departamento de Estado, lo que lo llevó en reiteradas ocasiones a Vietnam y Laos. Se jubiló en 1972 y se instaló, como anhelan todos los jubilados norteamericanos, en Miami.

Antiguos enemigos, nuevos amigos
Después de muchos años de buscar infructuosamente en archivos del Ejército y de la Fuerza Aérea norteamericana, como así también en los de las fuerzas militares alemanas, Brown decidió publicar un mensaje en un boletín de la Asociación de Pilotos de Combate. Era un mensaje en una botella arrojado al mar. Pero la botella llegó a la playa adecuada. Pocos meses después recibió una carta de Stigler en la que recordaba el hecho, describió su avión, la escolta hasta el mar del Norte y el saludo de despedida.
Brown y Stigler se hicieron amigos inmediatamente y durante casi dos décadas compartieron una profunda amistad. Asimismo dieron conferencias en universidades y academias militares comentando sus experiencias en la guerra. Como una ironía del destino, ambos murieron en 20078. Stigler en marzo y Brown en noviembre.




