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Crónicas al Voleo

Una utopía en el Adriático

Una utopía en el Adriático
Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)

Recién recibido de ingeniero en la universidad de Bologna, y luego de insertarse en el ámbito laboral y verle la cara de cerca a la exacerbada burocracia italiana que obstinadamente se empeñaba en dificultar proyectos y triturar sueños (¡tan parecida a la argentina!), Giorgio Rosa empezó a vislumbrar un plan que le permitiría (estaba convencido de eso) superar y dejar atrás esa verdadera máquina de impedir en que suele convertirse el Estado.

Estamos en los comienzos de la década de 1960, época en que el mundo decidió enloquecer un poco más. La diseñadora de modas británica Mary Quant inventó la minifalda inspirándose en un Mini Cooper (los caminos creativos suelen ser así de incomprensibles); los Beatles y los Rolling Stones cambiaban el chip musical del universo; Brigitte Bardot, Marilyn Monroe, Jane Fonda y otras bombas sexys popularizan la bikini en todas las playas, gracias a lo cual Brian Hyland la pega para siempre con su éxito «Itsy Bitsy Teenie Weenie Yellow Polkadot Bikini» (Bikini a lunares amarillo en la versión ochentosa de las Viudas e Hijas de Roque Enroll).

Mirando al mar

Pero volvamos a Italia, al ingeniero Rosa y, especialmente, a Rímini, la villa costera más popular de la Emilia Romagna que plácidamente se deja bañar por las aguas del mar Adriático. Por entonces el turismo de masas se extendía por toda Europa y, especialmente, en las cálidas playas italianas. En una de ellas, y mirando hacia el Este, Giorgio Rosa encontró el lugar perfecto para empezar a edificar su utopía. En medio del mar, un poco más allá del límite de las aguas territoriales.

De a poco, como se podía, casi en secreto, con la ayuda de cuatro amigos y unos pocos obreros contratados, y sacando dinero de donde se pudiera, fueron desarrollando el proyecto. Reuniendo los materiales e incluso inventando algunas técnicas novedosas para facilitar la construcción. Los trabajos previos llevaron algo así como siete años, la construcción en sí se realizó en seis meses.

La isla de la diversión

El 20 de agosto de 1967 la isla fue abierta al público. Era una plataforma de 400 metros cuadrados de superficie soportada por nueve de pilotes de cemento y acero. Y sobre ella el primero de los cinco pisos de ladrillo que estaban planeados. Bajo la plataforma estaba la Haveno Verda (Puerto Verde), una zona de desembarco para las embarcaciones que llegaran hasta allí; y una tubería hasta un acuífero 200 metros por debajo del fondo del que sacar agua potable, que aseguraba el suministro sin depender de tierra firme. Había un bar, una discoteca, una tienda de recuerdos e incluso una oficina de correo.

Desde el principio fue un éxito, a poco más de 10 kilómetros de la costa, cada día recibía cientos de embarcaciones que llegaban desde Rímini en busca de sol, diversión y libertad sin la molesta supervisión de las autoridades. Sin que sus creadores buscaran esa consecuencia, La Isla de las Rosas se convirtió en un exitoso negocio. Si bien no pagaban impuestos al Estado italiano por estar fuera de su jurisdicción, no molestaban a nadie y, de alguna manera, atraía turistas de todo el mundo a la costa romagna.

Día de la independencia

Pero un boliche no era el objetivo de Giorgio Rosa y a pesar de que la isla daba buenos dividendos, su sueño era otro. Por eso, casi 9 de meses después, el 1 de mayo de 1968, en una conferencia de prensa, declaró la independencia de la Esperanta Respubliko de la Insulo de la Rozoj (República Esperantista de la Isla de las Rosas).

Gabriella y Giorgio Rosa

El propio Rosa fue (auto) designado presidente, y el gabinete de ministros estaba compuesto por Antonio Maloss (ministro de gobierno), María Auvernia (ministra de economía), Carlo Clrkes (ministro del interior), Luciano Marchetti (ministro de industria y comercio) y Mazzini Cesarini como ministro de relaciones exteriores. Se estableció el Mill como moneda oficial (en paridad 1 a 1 con la Lira), la oficina de correos emitió sellos postales y para dar a entender que la cosa iba en serio, y por consejo del sacerdote franciscano Albino Ciccanti, se adoptó como idioma oficial el esperanto, el idioma creado en 1887 por el oftalmólogo polaco Ludwik Lejzer Zamenhof. De allí el nombre oficial del novel país.

Suficiente diversión

Aquí fue cuando Giuseppe Saragat, presidente de Italia, y sus ministros empezaron a creer que la jodita estaba yendo demasiado lejos. Porque, además, empezaron a tejerse todo tipo de rumores en torno a la naciente república. Se dijo que en realidad era un centro de apuestas clandestinas, una radio pirata (que tenían por aquel entonces un gran auge, sobre todo en el mar del Norte) e incluso una base secreta para submarinos rusos. No faltó quien dijera que desde Washington habían advertido sobre el peligro de que la pequeña plataforma se convirtiera en una mini Cuba en medio del Adriático.

Hay que tener en cuenta que a esa misma hora, en París un numeroso grupo de estudiantes sometía a una lluvia de pedradas y frases ingeniosas a las fuerzas de seguridad francesas motivados por otra utopía.

Por eso, menos de dos meses después de la proclamación de la independencia, Italia decidió que ya era suficiente y era necesario cortar el asunto de raíz. A las 7 de la mañana del 25 de junio de 1968, una docena de embarcaciones militares rodearon la Isla de las Rosas e intimaron a sus habitantes (el presidente y sus ministros) a abandonar la estructura. Ante la negativa, las fuerzas militares peninsulares desembarcaron (lo que técnicamente vendría a ser una invasión) y detuvieron a todos los rebeldes, tomando el control del territorio conquistado.

El fin de la ilusión

En vano fue el pataleo de Rosa y sus compañeros, tampoco tuvo mucha repercusión el gobierno en el exilio que intentaron conformar. Giuseppe Saragat hizo oídos sordos a las protestas y dio por cerrado el capítulo. 55 días después de haber nacido, la República Esperantista de la Isla de las Rosas llegaba a su fin.

Decididos a borrar de la faz de la tierra (y del mar) todo rastro de la plataforma, el 11 de febrero de 1969, buzos de la Marina Militar italiana colocaron 75 kilogramos de explosivo en cada uno de los pilotes de la isla para demolerla y enviarla al fondo, pero las cargas no fueron suficientes. Dos días después aumentaron a 120 kilos por pilote, pero la isla seguía sin darse por vencida. Finalmente, el 26 una tormenta hizo lo que no pudieron hacer los explosivos y la utopía del ingeniero acabó en el fondo del mar Adriático. El gobierno italiano le hizo llegar al ingeniero Rosa la factura por los gastos que demandó dinamitar la isla: 11 millones de Liras.

Giorgio Rosa en 2015

Años después, un grupo de buzos rescató un trozo de mampostería de la isla y se la entregó a Rosa con la siguiente inscripción «Los buceadores de Rímini tienen el honor de devolver el fragmento de un sueño a un soñador».

«Lo pensé como una manifestación absoluta de libertad: creo en la libertad, en la posibilidad de todos de tomar decisiones propias – contó años después Giorgio Rosa al Corriere Romagna-. Estoy convencido que sólo en la libertad hay la posibilidad de incrementar la industria, las ideas, cualquier cosa». Tal vez no haya mejor legado.

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