Rocío y Federico, docentes de Educación Especial de la Escuela Paulina Domínguez, cuentan cómo viven la enseñanza desde la vocación, los desafíos cotidianos y el valor de los pequeños grandes logros. // Ver reel.
En el aula no todos los días son iguales. Cambian los estudiantes, las familias, los contextos y también quienes enseñan. Para Rocío y Federico, docentes de Educación Especial de la Escuela Paulina Domínguez, esa diversidad es justamente una de las razones por las que disfrutan su profesión.
Rocío lleva 16 años como docente de Educación Especial y nueve en la institución, donde actualmente se desempeña como vicedirectora. Federico, además de ser docente, trabaja desde hace 10 años como acompañante terapéutico y llegó al profesorado después de descubrir que la carrera reunía parte de sus intereses.
Ambos coinciden en que cada jornada presenta nuevos desafíos, pero también oportunidades para aprender. “No todos los días son iguales”, destacan, y aseguran que esa característica hace que el trabajo sea especialmente gratificante.
En Educación Especial, los pequeños avances tienen un enorme significado. “Acá nosotros celebramos los pequeños logros; para nosotros son gigantescos”, explica Rocío.
La escuela, además del aprendizaje pedagógico, aparece como un espacio de acompañamiento y contención. Ver a los estudiantes felices, aprendiendo y compartiendo con sus compañeros es, para ellos, una de las mayores satisfacciones de la tarea.
También remarcan el valor del trabajo en equipo para derribar barreras no solo pedagógicas, sino también sociales y vinculares, con el objetivo de brindar oportunidades y garantizar el derecho a una educación justa.
Así, entre desafíos, aprendizajes y pequeños logros, Rocío y Federico encuentran en cada jornada una nueva razón para seguir enseñando. Y también para reconocer que, muchas veces, quienes están frente al aula terminan aprendiendo tanto como quienes están sentados en ella.




