En esta sección te invitamos a conocer las historias de altagracienses que viven en diferentes partes del mundo. AGNoticias dialogó con Ludmila quien tras vivir 37 años en Córdoba, decidió apostar por el sueño europeo. Hizo su ciudadanía en Sicilia, trabajó en lo que encontró y hoy se desempeña en un hotel de lujo en Italia. En cada mudanza y en cada desafío, su gata Isabel fue su compañera inseparable.
En AGNoticias la sección «Altagracienses por el Mundo» ya es un clásico de nuestro portal informativo. Un espacio dónde les acercamos los lectores historias de vecinos, amigos o familiares que dejaron su ciudad natal y que ahora están viviendo diferentes experiencias alrededor del mundo. En esta oportunidad, conocemos más a la altagraciense Ludmila Santini.
El mapa nos lleva a cruzar el Atlántico para adentrarnos en la región de Basilicata, al sur de Italia. Allí, enclavada entre las montañas y el azul infinito del mar Mediterráneo y el Tirreno Sur, se encuentra la exclusiva localidad costera de Maratea.


Armar las valijas cuando se tiene una vida armada requiere de una valentía superlativa. Empacó sus dos décadas de experiencia profesional, un cúmulo de sueños postergados y, lo que es aún más importante, a su familia entera.
Hoy, con la perspectiva que da el tiempo y la tranquilidad de quien supo sortear las tormentas del desarraigo, compartió los matices de una travesía que pone a prueba el espíritu, desafía los prejuicios y enaltece esa versatilidad tan propia de los argentinos.


El motor de la partida: un anhelo de niña y la barrera económica
La idea de emigrar rara vez nace de un día para el otro; por el contrario, suele cocinarse a fuego lento en la mente de quien busca algo más. Para la altagraciense, los motivos estaban tan claros como el agua del mar que hoy rodea su hogar, y se dividían entre el deseo profundo y la cruda realidad del día a día en Argentina.
«Mi motivo fueron dos. La primera es porque toda mi vida me vi viviendo en Europa, es algo que desde chica lo pensé. Y la segunda fue por la economía. Sentía que trabajaba todo el día y no podía avanzar nunca», relató con honestidad.
Esa sensación de estancamiento, de correr constantemente en una rueda sin lograr moverse del lugar ni proyectar a futuro, fue el empujón definitivo tras 37 años residiendo en Argentina. Sin embargo, su plan de vuelo tenía una condición estricta e innegociable: no viajaría sola.


A diferencia de muchos emigrantes que, por los altísimos costos y la compleja burocracia, se ven forzados a dejar a sus mascotas al cuidado de familiares, Ludmila movió cielo y tierra para llevarse a su incondicional compañera felina.
«Todo este viaje de vida que hago, lo hago junto a mi gata. Yo la tengo desde chiquita acá en Argentina, tiene 14 años y se llama Isabel. Hace todo conmigo. A donde yo vaya, ella va conmigo y viene a todos lados«, contó emocionada, demostrando un nivel de apego y lealtad que convierte a su historia en una verdadera aventura de a dos.


Un itinerario geográfico y emocional: de la burocracia en Sicilia al encanto de las islas
El desembarco de Ludmila en el Viejo Continente estuvo muy lejos de parecerse a unas vacaciones europeas. Su puerta de entrada fue Falcone, un pequeñísimo y pintoresco pueblo costero en la isla de Sicilia.
El objetivo de esta primera y silenciosa parada era puramente estratégico: allí se instalaría durante cuatro meses para realizar el engorroso trámite de reconocimiento de su ciudadanía italiana, un derecho que le correspondía por herencia de su bisabuelo.
Fueron tiempos de paciencia infinita. «Esperaba desde las 4 de la mañana un turno en el registro civil para hacer los trámites», rememoró sobre aquellas madrugadas frías donde la única compañía era la esperanza de obtener el pasaporte europeo. Y la recompensa llegó. Una vez con los papeles en regla, el horizonte se amplió de golpe.

Su espíritu inquieto la llevó a explorar el archipiélago de las Eolias, una cadena de islas volcánicas famosas por su exclusividad y belleza salvaje.
Primero se instaló en Panarea durante dos meses, y luego se mudó a otra isla vecina, Lipari, donde permaneció cuatro meses más. Allí experimentó la vida isleña, adaptándose a los ritmos turísticos y a la inmensidad del mar.
Pero el destino le tenía preparado un cambio de escenario radical. De la tranquilidad insular pasó a sumergirse de lleno en el caos vibrante y monumental de la Ciudad Eterna. Roma la cobijó durante más de un año, brindándole un roce cultural inigualable.
Finalmente, las oportunidades laborales la guiaron hacia el sur, estableciéndose en Maratea, el paraíso costero donde hoy vive, trabaja y respira con tranquilidad.

La odisea del techo propio: estafas, desconfianza y ángeles en el camino
Si se le pregunta a cualquier inmigrante cuál es su mayor dolor de cabeza al llegar a Europa, la respuesta suele ser unánime: conseguir dónde dormir. El mercado inmobiliario para los extranjeros está minado de obstáculos burocráticos y prejuicios, y Ludmila contó esta experiencia sin filtros.

«La vivienda es un tema. Yo te digo mi experiencia porque sé que en otros países es más complicado«, anticipó. En su primera etapa en Sicilia, logró conseguir alojamiento a través de una joven argentina que gestionaba alquileres para quienes viajaban a realizar los trámites de ciudadanía.
«Es normal que a las personas que van a hacer la ciudadanía les cobren de más, y la primera casa era muy cara. Pero insistí y conseguí otra», declaró, evidenciando cómo la necesidad del recién llegado a menudo es aprovechada comercialmente.

Durante su paso por las turísticas islas de Panarea y Lipari, la dinámica fue mucho más amable. Al tratarse de zonas con altísima demanda estacional, es una práctica habitual que los propios empleadores ofrezcan el paquete completo de «casa y comida» a su personal.
Pero la verdadera prueba de fuego llegó en la capital italiana. Roma mostró su lado más áspero y hostil con quienes buscan abrirse camino.
«Cuando llegué a Roma fue distinto. Me costó mucho conseguir, casi el 80% de los anuncios eran fraude. Por suerte, una señora venezolana me alquiló un departamento y gracias a eso pude conseguir trabajo».
Ese gesto de solidaridad latinoamericana fue el ancla que le permitió estabilizarse en una de las ciudades más difíciles de Europa.


Más tarde, las redes de contención laborales hicieron su magia y, gracias a un compañero, encontró un lugar mejor ubicado. Hoy, en Maratea, su empleador vuelve a garantizarle la tranquilidad de un techo.
«En general es complicado para los que somos de afuera porque no confían, y algunas veces ni pagando por adelantado te alquilan», reflexionó sobre la barrera de la desconfianza local.
Y agregó con orgullo: «Yo tuve suerte, y la verdad es que siempre estoy buscando algo mejor. Es algo que lo aprendí de mi mamá».

Volver a empezar: de limpiar macetas a ser jefa en un hotel de lujo
Con 20 años de ininterrumpida trayectoria en el rubro de la estética femenina, dominando desde la manicura y pedicura hasta los masajes y la peluquería, Ludmila era una profesional consolidada.
En Córdoba había pasado por varios salones y dedicó sus últimos siete años a la atención a domicilio. Pero la emigración tiene una regla de oro: muchas veces obliga a reiniciar el contador desde cero y a guardar el ego en el fondo de la valija.
«Al principio, por una cuestión de vivir en lugares muy pequeños, me costó conseguir trabajo de lo mío, así que me adapté«, confesó. En un acto de absoluta humildad, su primer empleo en Italia fue en un vivero, donde pasaba las horas limpiando macetas.

Lejos de desanimarse, lo tomó como un paso necesario. Más tarde se desempeñó como camarera en un restaurante, una experiencia vital que le sirvió como escuela inmersiva para perfeccionar el idioma y empaparse de la riquísima cultura gastronómica del país.
Eventualmente, su talento y tenacidad reclamaron su lugar, y logró reinsertarse de lleno en el mundo de la estética. Fue allí donde descubrió que aquella formación integral que traía de las academias argentinas era, en realidad, su mayor ventaja competitiva frente a los profesionales europeos.
«Tengo una ventaja sobre mis colegas italianas: hago muchas cosas del ambiente de la estética, cosa que acá es raro de encontrar porque la mayoría estudia y se dedica a una sola cosa específica. En el camino hago muchas cosas, y eso me da la facilidad de poder encontrar trabajo donde quiera», explicó.

Hoy, esa versatilidad todoterreno la llevó a lo más alto de su profesión. La altagraciense brilla como terapista en estética en el prestigioso Santavenere, un hotel de lujo cinco estrellas.
Allí es la encargada absoluta del área de manicura, pedicura y spa capilar, además de ser el apoyo fundamental de sus compañeras en las áreas de masajes y tratamientos faciales de alta gama.


Choque cultural: el «superpoder» argentino frente a la rigidez europea
Estar inmersa en la cultura italiana es, en sus propias palabras, un viaje de descubrimiento fascinante que no da respiro.
«Es aprender algo nuevo casi todos los días. Algunas veces creo que soy una niña que empieza de cero con todo, pero es algo que me encanta: descubrir y aprender cosas nuevas. El idioma es hermoso y lo aprendo todos los días porque la diversidad de dialectos que se hablan en las distintas regiones es muy grande».
En su interacción diaria ha experimentado las dos caras de la moneda de la sociedad europea. Por un lado, la inmensa generosidad de extraños que le facilitaron un hogar, o empleadores que, como en su trabajo actual, le otorgaron un puesto de jerarquía y responsabilidad sin siquiera haberla visto trabajar previamente, confiando ciegamente en sus referencias.


Por el otro, tuvo que ponerle el pecho a la siempre dolorosa discriminación. «Tuve experiencias malas, como que por ser sudamericana me decían que no puedo cobrar lo mismo que una italiana, o que como no tengo experiencia laboral comprobable en Italia, nadie me iba a dar trabajo«.
Y añadió: «Pero esas cosas solo me dan más fuerza para demostrarme a mí misma que puedo hacer todo lo que me propongo«, sentenció con una entereza que inspira.


Al analizar las diferencias sociales, Ludmila destacó un rasgo que parece venir impreso en el ADN nacional y que afuera vale oro: la resiliencia.
«La lección que aprendí, no solo personal sino lo que veo en todos los argentinos que estamos afuera, es la increíble facilidad para la adaptación que tenemos. Hice cosas que nunca pensé que podría hacer, y trabajé en lugares que no pensé que lo haría jamás. Me sorprende cómo nos adaptamos a todo, cosa que no se ve en el italiano; a ellos si algo pequeño les cambia, es un gran problema«.

Más allá de los obstáculos, la belleza innegable de Italia la ha cautivado por completo. Disfruta de la majestuosidad de sus paisajes y de su gran pasión por el buceo en las aguas transparentes del sur. Pero hay una postal visual que la marcó para siempre:
«Lo que más me enamoró fue Roma. El salir de una estación de metro y encontrarte de frente con la inmensidad del Coliseo… es el arte en su máxima expresión. Siempre que puedo, donde sea que viva, me sumo a tours turísticos para aprender más de este país tan rico en historia y cultura».

La nostalgia de las costumbres y un mensaje para los que no se animan
Cuando la charla gira hacia Alta Gracia, a los afectos y a lo que dejó a miles de kilómetros de distancia, la armadura de mujer fuerte deja asomar la inevitable nostalgia.
«De Argentina extraño… ¡Pufffff! Casi todo», se sinceró. «Aparte de la familia, los amigos y más, que es algo obvio, extraño muchísimo el asado. Nuestra carne no tiene ningún tipo de comparación».
Pero el desarraigo no solo golpea en los grandes eventos, sino en los detalles más minúsculos y silenciosos de la cotidianidad. «Extraño el simple hecho de caminar por la calle y escuchar tu propio idioma, con tus modismos. Nuestra calidez humana, el sentarte a comer una buena medialuna con dulce de leche… pero sobre todo, esa inconfundible sensación de hogar«.


No obstante, al poner todo en la balanza, el saldo es positivo. El arduo camino recorrido la llena de orgullo y, por eso, no dudó en aprovechar este espacio para dejarle un mensaje claro, directo y potente a aquellos altagracienses que hoy miran de reojo sus pasaportes con dudas y miedos:
«Mi consejo es que si lo soñás y te lo proponés, lo podés lograr. Yo armé mis documentos para mi ciudadanía totalmente sola, con la pandemia de por medio. Nunca me rendí; me llevó casi cuatro años de lucha constante, pero finalmente lo logré».
A continuación expresó: «Trabajé de cosas que no eran lo que estudié, pero lo usé no solo para poder comer, sino para aprender de la vida, y ahora estoy exactamente donde me gusta. Todo se puede lograr si ponés tu dedicación entera en algo, por más que el resto te diga que no«.

Hoy, al proyectar su vida, mira hacia adelante con la seguridad y aplomo de quien finalmente encontró su rumbo en el mundo.
«Cuando pienso en mi futuro siempre lo hago viviendo en Europa. No te digo puntualmente en Italia porque reconozco que soy inquieta y me gusta moverme, pero siempre sentí desde adentro que mi lugar era Europa».

Aun así, sabe perfectamente que la distancia física y los océanos jamás lograrán borrar sus verdaderos orígenes, y se despide de la entrevista con una frase que condensa la esencia misma del emigrante:
«Amo mi país y te aseguro que no pasa un solo día en que no lo extrañe. Esté donde esté, mi corazón siempre va a estar en Argentina«, concluyó.






