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Ignacio Ezcurra, corresponsal de guerra

Ignacio Ezcurra, corresponsal de guerra

Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)

Desde la Antigüedad clásica, la guerra ha sido contada y representada de mil modos. El mismísimo Julio César escribía crónicas de su campaña a las Galias para que sus agentes las difundieran en Roma y así acrecentar su prestigio. Esas crónicas terminarían conformando el libro «La conquista de las Galias» y, casi por carácter transitivo, la colección de Asterix.

A lo largo de la historia del periodismo ha existido una íntima relación entre guerra y medios. Estos no son solo instrumentos de propaganda en el más amplio sentido del término, sino que muchos se han visto beneficiados por ello.

Extremo oriente en llamas

Esta relación cambió en la guerra de Vietnam (1955 – 1975), cuando Estados Unidos permitió a un gran número de periodistas de medios independientes a acceder al campo de batalla, llevando de este modo información creíble al público, que reaccionó con un gran descontento ante el curso de los acontecimientos.

El conflicto en el lejano oriente fue un imán para aquellos periodistas que buscaban cronicar la sangrienta guerra desde el mismo frente. Próceres como Oriana Fallaci y Michael Herr dijeron presente, al igual que los argentinos Juan Carlos Algañaraz, Alfredo Serra y Andrés Percivale. Pero fue Ignacio Ezcurra el primer periodista latinoamericano en viajar para cubrir las acciones en Vietnam.

Alma aventurera

Quinto hijo de un matrimonio que tuvo una docena, Ignacio pertenecía a una familia tradicional de San Isidro que estaba emparentada en línea directa con Juan Manuel de Rosas y Bartolomé Mitre. Había ingresado a trabajar en La Nación a los 22 años en la sección de avisos clasificados y desde allí se fue ganando el derecho de instalarse en la redacción.

De vocación aventurera, junto a un par de amigos se fue a dedo a Estados Unidos en un viaje que duró ocho meses. Allí se embebió del «Nuevo Periodismo» encarnado por figuras como Tom Wolfe, Truman Capote y Gay Talese, y con más audacia que credenciales, entrevistó a Martin Luther King, Robert Kennedy y Malcom X, entre otros, para tratar de explicar las revueltas negras causadas por la segregación racial en Harlem y en los guetos de Washington y Detroit.

En 1966 intentó viajar a Bolivia para seguir los pasos del Che Guevara, pero no logró sus objetivos. Ezcurra tenía un lejano parentesco político con el guerrillero, toda vez que un tío se había casado con una tía del rosarino. Alguna vez un secretario de redacción intentó chicanearlo con esta situación cuando le preguntó «Ignacio, ¿dónde está tu primo, el Che Guevara?», a lo que Ezcurra respondió: «Si yo tuviera 200 periodistas a mi cargo, no haría esa pregunta».

Un largo viaje a Saigón

Pero para llegar a Saigón debió remarla, especialmente porque el diario no estaba convencido de enviar un corresponsal propio. Pero su tenacidad e insistencia convencieron a los directivos del matutino y finalmente obtuvo su pasaje a la guerra. Quería acceder a la información a través de sus propios ojos. En Buenos Aires quedaban su esposa, Inés Lynch, que estaba embarazada de su segundo hijo, y la pequeña Encarnación, primer retoño del joven matrimonio.

Finalmente, a fines de abril de 1968 emprendió el viaje rumbo a Vietnam, previa escala en París para tramitar la correspondiente visa. Apenas arribado escribió sus primeras impresiones: «De pronto el avión inclina la nariz e inicia un vertiginoso descenso en busca del aeropuerto. Ya volamos sobre Saigón. Rodean la ciudad fuertes de forma triangular, y se ven muchas casas quemadas recientemente. Pocos minutos después correteamos por el aeropuerto de Tan-Son-Nhut. Como también es base aérea militar está rodeada de barricadas de arena, alambradas de púas y erizado de ametralladoras. Nuestro avión rueda entre filas de cazas a reacción, resguardado cada uno dentro un cerco contra bombas, y cantidad de helicópteros. En la escalerilla nos detiene la explosión próxima de un cañón. La azafata, siempre sonriente, explica: ‘No se preocupe, es la guerra’».

La primera crónica

Ezcurra enviaba sus notas y fotos a través de Associated Press y el material demoraba varios días en llegar a la redacción de La Nación. La primera crónica se publicó el miércoles 8 de mayo con el título «Encarnizada lucha se libró ayer en Saigón». «Columnas de humo negro se levantan en el camino de Cholón, en el sector Sur, mientras se escuchan incesantes las ametralladoras y el cañoneo. La visión del lugar es horrible. Mientras llegan camiones y jeeps cargados con tropas, se les cruzan camionetas con la cruz roja y su carga macabra. Ya se calculan más de 1.000 los civiles muertos y heridos –describía el corresponsal en su texto–. Todo el día de ayer fue un continuo fluir de despavoridos refugiados que cargando ropas y animales en canastas, bicicletas o motocicletas vinieron hasta el centro. Luego, las familias permanecían amontonadas y en cuclillas en veredas y plazas mirando al Sur la columna negra que consumía sus casas».

Ese mismo día, Ezcurra era entrevistado por La Voz de las Américas con relación a cuatro periodistas asesinados días antes en la capital vietnamita: «Siento mucho la muerte de los colegas que fueron asesinados días atrás por el Vietcong. Estaban desarmados y tuvieron tiempo de decir que eran periodistas. Fue una crueldad inútil eliminarlos. Por otra parte, entiendo que el periodismo ha sido sumamente imparcial con el Vietcong. También entiendo que todos los que estamos aquí sentimos que estamos corriendo ese riesgo. Y ése es un precio que tenemos que pagar por estar cubriendo la historia más grande y tal vez más triste de este momento».

Último paseo por Saigón

Esa misma mañana, un par de periodistas estadounidenses de Associated Press y otro de Newsweek lo invitaron a dar una vuelta por Saigón en jeep. Cuando llegaron a la esquina de las calles Mihn Phung y Luc Thin, en el barrio de Cholon, el más peligroso de la ciudad, pidió que detengan el vehículo y se bajó, olvidando el casco con la inscripción «Press», a la vez una credencial y un salvoconducto. Nunca más lo vieron.

Algunos días después, varios periodistas fueron al lugar para intentar averiguar su paradero. Oriana Fallaci escribió: «Por la tarde no ha regresado al hotel. Tampoco regresó por la noche […] tememos que haya sido hecho prisionero. O bien… no quiero pensar en esto». Con el correr de los días se confirmaron las peores presunciones de la periodista florentina. Ignacio Ezcurra fue dado por muerto, pero su cuerpo nunca apareció.

Sobre los motivos que lo llevaron a internarse solo en uno de los sectores más peligrosos de Saigón, el corresponsal del New York Times, Malcolm W. Browne, opina que «para mantener su libertad de elección un pueblo necesita tener conocimiento; y el conocimiento a veces tiene que ser pagado con sangre. Tal es el uso dentro de lo mejor del periodismo, e Ignacio Ezcurra era de lo mejor».