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Crónicas al Voleo

El campeón del barrio de Mataderos

Justo Suárez, el Torito de Mataderos. Una leyenda deportiva surgida del barro y de los corrales suburbanos.
Por Germán Tinti (Para Crónicas al voleo)

En el difuso límite entre campo y ciudad, en el extremo oeste de Buenos Aires, se instaló en 1889 el matadero municipal. El sector creció y se desarrolló con gauchos de a caballo arreando tropas de hacienda en pie a los corrales para que esperen su cita con los matarifes. Se ganó el nombre de “Nueva Chicago” por la comparación con la ciudad del estado norteamericano de Illinois, que ya en esos años era el mercado concentrador de la carne a nivel global.

En ese paisaje donde, según Jorge Luis Borges la ciudad se desgarra en suburbios”, allí donde las calles devienen en caminos, los baldíos en pampa infinita y el cielo urbano en horizonte inalcanzable nació y creció Justo Antonio Suárez. Fue el decimoquinto de 25 hermanos. Antes de comenzar a ir a la escuela ya estaba trabajando por unas monedas en el matadero omnipresente. Su puesto era el de “mucanguero” y se encargaba de recoger la “mucanga”, grasa que quedaba en las canaletas luego de la faena de los animales.

Boxeo clandestino

Como otras actividades recreativas o deportivas, el boxeo en nuestro país comenzó como el entretenimiento de jóvenes de clases acomodadas, pero rápidamente se extendió en los barrios de obreros. No había cumplido 10 años y Justo Suárez ya estaba arriba de los rings clandestinos de Buenos Aires y poco tiempo después ya estaba cobrando unos pesos por pelear.

Hay que tener en cuenta que la del boxeo era, por entonces, una actividad prohibida en Buenos Aires (fue legalizada en 1923 como consecuencia del impacto masivo que produjo la pelea Dempsey – Firpo) y los primitivos “festivales” se hacían entre gallos y medianoche. Eran secretos a voces, la concurrencia solía ser numerosa, las apuestas fuertes y las autoridades miraban para otro lado (cuando no participaban activamente).

El ídolo empieza a aparecer

Rápidamente Justo se ganó el previsible y exacto apodo de “Torito de Mataderos” y fue acogido por Diego Franco, uno de los primeros entrenadores de boxeo que tuvo la actividad en nuestro país. Franco le vio potencial a ese pibe bajito, flaco y fibroso que pegaba con potencia de gigante. Suárez era un peleador callejero (“¿que otra cosa puede hacer un pibe pobre?” cantaría Mick Jagger décadas después) y Franco se dedicó a pulir ese diamante de albañal.

El trabajo del “Gordo” Franco fue realmente bueno y Justo Suárez se convirtió en una celebridad pública apenas el boxeo sacó chapa de legal, aun siendo amateur. Debutó como profesional en mayo de 1928 ante el peruano Ramón Moya, a quien despachó en dos rounds. Comenzó a bajar rivales ante multitudes que lo aclamaban y lo idolatraban en rings montados en pueblos y ciudades de la provincia de Buenos Aires. Su capacidad de convocatoria competía cabeza a cabeza con la Compañía de los Hermanos Podestá, creadores del circo criollo.

Después de Moya, todos los estadios en los que se presentaba el Torito quedaban chicos. En una pelea con el español Luis Rayo convocó a 40 mil personas en el viejo estadio de River Plate, en la esquina de las actuales Avenida del Libertador y Tagle. Las crónicas de la época comentaron con asombro la ruidosa irrupción de sus seguidores llegados a caballo y en carreta desde el entonces lejano barrio de Mataderos.

El tiempo de gloria

La fama no sólo había golpeado a la puerta de Justo Suárez, se le había instalado en el living. En 1929 fue cinco veces tapa de El Gráfico, le compró un terrenito a la vieja, conoció a la bella telefonista Pilar Bravo con quien se casó un año después y su pelea ante el italiano Victorino Venturi generó una expectativa de tal magnitud que los organizadores, por primera vez vendieron derechos para la transmisión radial de un evento deportivo en Argentina. El combate comenzó bajo una cortina de agua y debió ser suspendido y reprogramado para unos días después, cuando Suárez despachó al tano en un par de rounds.

En 1930 realizó su primera gira por el exterior, que fue realmente exitosa. Debutó el 17 de Julio ante Joe Glick y ganó por puntos luego de enviar a su rival dos veces a la lona. El diario Crítica pobló de altoparlantes la avenida de Mayo y transmitió el combate vía telefónica, que fue seguido con atención por unas 20 mil personas reunidas ante las puertas del diario. Ese mismo año se estrenó “Muñeco al suelo”, el tango que le dedicaron Venancio Juan Pedro Clauso y Modesto Hugo Papávero y que cantó por primera vez el genial Charlo.

La vida de Justo Suárez era, entonces, un vendaval de éxitos. Cada presentación era  multitudinaria, en el ring side se agolpaba la flor y la nata de la rancia sociedad porteña y sus representantes políticos. Mandatarios y dignatarios extranjeros hacían lo imposible para asistir a sus combates, el futuro rey Eduardo VII de Inglaterra lo aplaudió a rabiar.

La decadencia

Pero las nubes negras comenzaban a juntarse en el horizonte. En 1931 comenzaron a evidenciarse los primeros síntomas de la tuberculosis. Aquella infancia dura del matadero, las heladas matinales y las noches mal abrigadas comenzaron a pasar factura. Su segunda gira por Estados Unidos significó un cambio de paradigma. El 25 de junio su rostro besó la lona por primera vez, Billy Petrolle lo noqueó en el noveno. Era el principio del fin.

Con la primera derrota y la tuberculosis rondando, el amor –como los buenos tiempos– comenzó a esfumarse. En 1932 perdió el título argentino ante Víctor Peralta, medallista en Amsterdam. Testigos presenciales relataron que cuando Peralta lo noqueó en el décimo, el público se quedó en silencio durante un minuto eterno. Luego aplaudieron al justo ganador, pero cuentan que la gente lloraba la derrota del ídolo. Después de esto, Lectoure le dio la espalda y ni siquiera el nacimiento de su hijo Enrique Justo le acercó algún consuelo, ya que Pilar Bravo finalmente se divorció del “Torito” y se radicó en París.

Justo Suárez se quedó solo, enfermo y pobre. En su momento corrió el rumor que José Lectoure se quedó con buena parte de su fortuna. La última vez que subió a un ring ya era un recuerdo triste. Fue en 1935 y tenía grandes dificultades para respirar. Enfrente estaba su amigo Juan Pathenay, que tenía la consigna de no pegarle, pero aun así le ganó. Justo Suárez era los flecos de la sombra del Torito de Mataderos.

Triste, solitario y final

Se radicó en Cosquín buscando alivio para sus maltrechos pulmones y dijo basta el 10 de agosto de 1938. Su entierro fue multitudinario. El féretro llegó por ferrocarril a la estación Lacroze y fue llevado a pulso por la multitud, que a mitad de camino hacia el cementerio de la Chacarita se desvió y bajó por la Avenida Corrientes hasta el Luna Park donde se improvisó una capilla ardiente a despecho de Lectoure.

Tal vez Julio Cortazar haya acertado al imaginar sus últimos pensamientos en la soledad de la serranía coscoína.  “Me quisiera olvidar de todo. Mejor dormirse, total aunque soñés con las peleas a veces le acertás una linda y la gozás de nuevo. Como cuando el príncipe, qué plato. Pero mejor cuando no soñás, pibe, y estás durmiendo que es un gusto y no tosés ni nada, meta dormir nomás toda la noche dale que dale”.

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