La altagraciense Aylen vivió un año en Chipre como parte de una misión de paz de Naciones Unidas. Allí conoció a Daisy, una perrita abandonada que le cambió la vida. Lo que vino después fue una travesía emocional y burocrática para lograr traerla a casa, con final feliz.
Durante un año, Aylen prestó servicio en Chipre como parte de una misión de Naciones Unidas. Fue un desafío profesional y personal, pero entre los entrenamientos, las rutinas militares y el contraste cultural de una isla dividida entre Grecia y Turquía.
Lo que jamás imaginó fue que encontraría allá un vínculo que cambiaría su vida para siempre: el de Daisy, una perrita turcochipriota que terminó convirtiéndose en su familia.
La historia comenzó del otro lado del alambrado, en el campo militar del lado turco. Allí, Daisy apareció un día sin que nadie supiera bien de dónde venía. Con sus apenas dos años, ya había conocido el abandono. Vivía entre soldados que le daban de comer, hasta que una nueva autoridad decidió que no quería animales en el lugar.
Fue entonces cuando uno de los compañeros de la joven decidió llevarla al otro campo, en la zona griega, para protegerla.


“Desde el principio se notaba que era diferente: súper malcriada, mimosa, sociable. No era como los otros perros que andaban por ahí”, comentó Aylen a AGNoticias. Así fue como, sin buscarlo, Daisy empezó a ganarse un lugar en su vida.
Cuando su primer cuidador tuvo que irse, la tomó bajo su ala. Al principio solo la cuidaba, pero el lazo se volvió cada vez más fuerte. “Un día cruzó un alambre de púa y se lastimó feo. La llevé a la veterinaria, y ahí empezó todo: la registraron a mi nombre, le hicieron un pasaporte y me empezaron a llamar ‘mamá de Daisy’”.
Desde entonces, Daisy se convirtió en su compañera inseparable. Dormían juntas, compartían cada rincón del día y se cuidaban mutuamente en medio de una tierra lejana. Pero cuando el fin de la misión se acercó, comenzó otra misión aún más compleja: traerla a casa.
“Intenté de todo: averigüé con aerolíneas, con empresas privadas, gasté miles de euros, hice trámites eternos y cada vez que parecía que lo lograba, algo fallaba. Fue devastador. Sentía que la estaba abandonando, que no podía hacer más”, confesó Aylen con la voz entrecortada.


La última alternativa fue una aerolínea turca, gracias a una amiga que decidió intentarlo una vez más. Y esta vez, después de más de veinte horas en la bodega de un avión, Daisy llegó a Ezeiza.
“Cuando me avisaron que había subido al avión, agarré el auto y manejé desde Chaco a Buenos Aires. La esperé como quien espera a un ser querido después de años. Cuando la vi, supe que todo había valido la pena”.
Hoy, Aylen y Daisy están juntas en Alta Gracia, disfrutando unos días con los “abuelos”, antes de regresar a Chaco para comenzar una nueva vida, esta vez, sin despedidas.
“Fue una odisea. Una historia que me enseñó que, cuando amás de verdad, no hay distancia ni obstáculos que te frenen. Ella me reconoció enseguida. Ahora no se me despega. Y yo, por fin, estoy completa”.
Una historia que nació en medio de un conflicto geopolítico, cruzó continentes, aeropuertos, papeles y demoras, para recordarnos que a veces, la familia se elige. Y que hay amores que no entienden de fronteras, ni de idiomas, ni de especies. ¡Feliz día del Animal!




