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Historias de verdugos

Historias de Verdugos
Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)

Uno de los primeros verdugos de la colonial Buenos Aires fue Félix, un esclavo que —en 1753— aceptó la tarea a cambio de ser liberado. Al tratarse de un trabajo «vil, odioso e infame», quienes tomaban la lúgubre tarea eran personas que bordeaban la desesperación: condenados a prolongadas penas, esclavos e incluso prófugos de la justicia.

El destino del pobre Félix fue, cuanto menos, paradójico. Porque fue condenado a muerte por ser «ladrón conocido», una tipificación delictual que mandaba al cadalso a quienes hubieran cometido tres o más robos. Y es que el sueldo del verdugo era tan exiguo que el tipo salía a robar de vez en cuando. No se ha registrado el nombre del sucesor. Para colmo, en aquel tiempo la sola sospecha de la comisión de un delito te llevaba a la gayola. Es que eso de la presunción de inocencia todavía no se había inventado.

Por aquel entonces, el método de ejecutar a los condenados era a través del «garrote vil», un simpático dispositivo que consistía en un asiento con un collar de hierro accionado por un tornillo o manivela. Al girarlo, el dispositivo pretendía romper las vértebras cervicales y estrangular a la persona.

Años después. en 1776, el Cabildo porteño, en un gesto de humanidad encomiable, decidió eliminar el garrote vil y reemplazar el modo en que los condenados cumplan su pena en la horca. Si bien el método era menos cruento, debía ser ejecutado con pericia porque si no el sujeto que quedaba colgado estaba expuesto a sufrir una muerte mucho más brutal.

Celadores de presos

Otra tarea que en épocas coloniales debían realizar los verdugos era acompañar a los presos más pobres que solían salir a la actual Plaza de Mayo a pedir limosna, para de este modo colaborar con su sustentación. En 1786 el verdugo era Ramón Galea, y en una de esas incursiones a la vía pública con los reclusos, dos se fugaron. La investigación posterior arrojó que Galea había dado rienda suelta a su afición por el escabio. Según se establece en el sumario de la causa, «Por haberse embriagado, según se supone, les dio lugar a la fuga».

Esa práctica se trasladó también a la Buenos Aires de la época de la Revolución de Mayo. José Antonio Wilde, escritor y médico argentino, describía el espectáculo que se sucedía cada día cuando el verdugo acompañaba y vigilaba a los detenidos a realizar tareas impuestas:

«Diariamente presenciaba el pueblo el triste y degradante espectáculo de una cuadrilla de presidiarios andrajosos y desgreñados, arrastrando pesadas cadenas, custodiados por suficiente número de soldados, cruzar las calles, dirigiéndose a los trabajos forzados, pidiendo limosna a los transeúntes, e inspirando compasión y repugnancia a la vez (…) Sobre los hombros, pesados barriles de agua que traían para el servicio de la Cárcel; de manera que, por una causa o por otra, continuamente se encontraban los presos en contacto con el pueblo».

El negro Bonifacio

Ya en el nuevo siglo, el Cabildo designa como nuevo verdugo a Bonifacio Calixto, otro esclavo que asumía una dura tarea a cambio de la libertad. En esta ocasión, Calixto —que ejerció el cargo público incluso después del 25 de mayo de 1810— también ejercería de pregonero. Lo que significa que el tipo sabía leer y se hacía entender con claridad. Pero lo cierto es que Bonifacio era otro negro ladino. O sea, personas esclavizadas de origen africano que, durante la época colonial en España y América, se habían aculturado a la sociedad hispana.

Con el tiempo, el término ladino también describió a personas mal llevadas, taimadas o pícaras. Y Bonifacio también encajaba en esa descripción. Fue el último verdugo de la colonia y el primero de la etapa revolucionaria.

Tuvo una relevante actuación luego de la denominada «Revolución de las trenzas», una sublevación militar ocurrida en Buenos Aires en diciembre de 1811. Fue encabezada por el Regimiento de Patricios, que se rebelaron contra el Primer Triunvirato y su secretario, Bernardino Rivadavia.

El detonante fue la orden de quitar las trenzas tradicionales que distinguían a los Patricios, símbolo de identidad y orgullo del cuerpo. Pero detrás del conflicto también había disputas por la autoridad militar y el poder político.

La rebelión fue sofocada y sus cabecillas fueron «atendidos» por Calixto, que procedió a colgarlos prolijamente en la puerta del regimiento, para ejemplo de quienes tuvieran ideas revolucionarias.

El verdugo enamorado

Pero no era un tipo insensible el tal Calixto. Se había enamorado de la Negra Tomasa. Una esclava que cuando iba a ser trasladada a la campaña fue rescatada por una decisión del alcalde de primer voto, que accedió a los requerimientos del verdugo.

Pero el romanticismo de Calixto era un tanto discutible. Porque para poder estar cerca de su amada hizo que Tomasa fuera encarcelada, así el «funcionario» podría estar en contacto con ella y convencerla de su amor. La mujer estuvo encerrada hasta que el verdugo pudo reunir el dinero para comprar su libertad.

Esta situación de alguna manera sentó un precedente. Porque no fue sino hasta 1820 que oficialmente se comenzó a encarcelar mujeres. Esta novedad causó cierta sorpresa en la sociedad. De ello es reflejo lo que escribió en la época Wilde: «Por la reja de las ventanas que daban a la calle (…) se veían estas desgraciadas, muchas de ellas medio desnudas, hablando descaradamente entre sí o con los que pasaban por la calle, oyendo y dirigiendo chanzonetas (burlas) y otras veces pidiendo limosna».

Condenados al olvido

La última condena a muerte durante un gobierno democrático en nuestro país se realizó el 22 de julio de 1916, cuando fueron ejecutados los inmigrantes italianos Giovanni Bautista Lauro y Francisco Salvatto, encontrados culpables del asesinato del contador Frank Carlos Livingston.

Ha sido ingrata la posteridad con quienes desempeñaron este ingrato oficio de quitarle la vida a los semejantes en nombre de la ley. La historia tiene una curiosa manera de repartir la memoria: recuerda con nombre y apellido a reyes, generales, jueces y gobernantes, pero suele olvidarse de aquellos que ejecutaban sus decisiones. En la Argentina, los verdugos oficiales parecen haber sido víctimas de una segunda condena: la del olvido.