Tal como dijimos en nuestra anterior columna, la historia de Aníbal Troilo da mucha tela por cortar. Es muy rica y con muchos matices que obligan a desdoblarla en varias entregas. Pues sigamos entonces, con el amigo «Pichuco»…
Pese a la crisis que se produjo en la década del 50, tanto la orquesta del maestro como su cuarteto actuarían en distintos espectáculos.

Teatro, cine, radio, televisión,TV… todos fueron escenarios para sus actuaciones. Con menor intensidad es cierto, pero no le faltó oportunidad de mostrar su maestría artística. Eso le valió que tanto sus colegas, estudiosos, como sus seguidores supieran reconocerlo. Tan es así que por sus actuaciones en TV entre 1960 y 1966 mereció recibir el Martín Fierro. Premio que se otorga a los programas más calificados de la TV argentina.

Horacio Ferrer uno de los más destacados estudiosos e historiadores de nuestra música afirmaba: «En estilo diferente pero en proyección semejante a la de Carlos Gardel, ha sido la figura más representativa del tango en la integral estimación de sus valores artísticos y humanos». Lo que se dice, una síntesis perfecta de Troilo artista y ser humano.
Por este motivo, lo que se pueda mencionar de Pichuco siempre es considerado escaso. Un artista inigualable y una personalidad singular. Un exponente genuino del arte popular y una persona querido por todos los que tuvieron la dicha de conocerlo y tratarlo personalmente. Excelso artista y además dotado de una sensibilidad y una generosidad admirable. Que tuvo defectos no hay dudas, pero eso lo hizo un ser humano especial y querido por todos.




