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«50 segundos»: ¿Un documental sobre Fernando Baéz Sosa o sobre sus asesinos?

"50 segundos": ¿Un documental sobre Fernando Baéz Sosa o sobre sus asesinos?
Un documental cargado de material exclusivo reabre el caso Báez Sosa, pero su producción y dirección quedan en deuda: exceso de dramatismo, poco análisis y una mirada que prioriza el impacto antes que la profundidad.

El estreno de “50 segundos”, la nueva producción de Netflix sobre el asesinato de Fernando Báez Sosa, reabrió un dolor que sigue intacto en la sociedad argentina. Con tres episodios de una hora, la serie documental promete una reconstrucción exhaustiva de la noche del 18 de enero de 2020, pero lo que ofrece es un relato que, aunque cargado de material inédito, peca de falta de distancia, excesos dramáticos y decisiones narrativas que terminan perjudicando la mirada sobre un caso ya marcado por el horror.

Un relato potente, pero sin sutileza

El director Martín Rocca y la productora Fábula accedieron a imágenes exclusivas y a testimonios clave, incluyendo la palabra de los jóvenes condenados y de sus familias. Sin embargo, a pesar de ese acceso privilegiado, la producción no logra construir un análisis profundo ni una perspectiva verdaderamente reflexiva.

Los rugbiers “rompen el silencio”, pero el documental se limita a exhibir esas voces sin contextualizarlas ni interrogarlas con la rigurosidad que el caso exige. Las declaraciones aparecen, pero no se problematizan: no rompen el pacto, no aportan verdad y apenas expresan un arrepentimiento centrado en sus propias consecuencias.

Cómo está contado “50 segundos”

El audiovisual reúne grabaciones de celulares, historias de redes sociales, cámaras de seguridad, registros del juicio y entrevistas a familiares. Esa acumulación de material genera impacto visual, pero muchas veces carece de organización narrativa: la edición apuesta por la crudeza antes que por la claridad, y la dirección parece más interesada en el golpe emocional que en la reconstrucción periodística.

Los amigos de Fernando brindan su testimonio directo, una vez más desgarrador. Graciela Sosa, su mamá, vuelve a sostener el relato con una entereza que conmueve y expone, con dolor, cada instancia del proceso judicial. Allí el documental acierta: es en esas voces donde se siente la humanidad del caso.

Construcciones desbalanceadas

En la representación de los protagonistas, la producción cae en una dualidad simplista:

  • Fernando, descripto por sus seres queridos como un joven ejemplar: solidario, responsable, trabajador.
  • Los rugbiers, retratados casi sin matices, demonizados como violentos, sádicos e impiadosos.

El problema no es la dureza del hecho —la brutalidad está probada— sino la ausencia de una construcción narrativa que aporte nuevas capas de análisis. En un caso tan sensible y ampliamente judicializado, el espectador no necesita que se refuercen estereotipos, sino que se invite a pensar.

El rol de las familias de los condenados

Los testimonios del padre y la hermana de los Pertossi, de la madre de Cinalli y del padre de Máximo Thomsen aportan una mirada humana, pero la dirección vuelve a fallar en el abordaje: no hay contrapuntos, no hay repreguntas, no hay exploración.

Se observa su dolor, la carga de la culpa y la pregunta latente por la crianza, pero también una narrativa que minimiza el crimen al hablar de “la pelea”, “el fallecimiento del chico” o “la muerte del chico”. El documental muestra estas expresiones sin cuestionarlas, dejando al espectador con una sensación de superficialidad ética.

El caso más comentado fue el de Emilia Pertossi, quien compara la ausencia física de Fernando con el sufrimiento de tener a sus familiares presos. Esa intervención, que generó un fuerte rechazo social, aparece en pantalla sin análisis ni contexto, lo que potencia el impacto negativo y expone una vez más la falta de manejo narrativo de la producción.

Un final que no alcanza

La serie concluye con un mensaje claro: la familia y los amigos de Fernando nunca tendrán consuelo. El abogado Fernando Burlando habla de una “justicia parcial”, y el documental intenta cerrar con una reflexión sobre la herida que sigue abierta.

Sin embargo, el cierre deja un sabor amargo, no solo por la tragedia del caso, sino porque la producción —que tenía las herramientas para ofrecer un relato sólido, respetuoso y profundo— termina priorizando el dramatismo por encima del análisis.

Una oportunidad desaprovechada

“50 segundos” pasa sin más, sin pena ni gloria. Tiene acceso, pero no tiene distancia. Tiene testimonios, pero no tiene profundidad. En un caso tan sensible, tan expuesto y tan doloroso, la sociedad no necesitaba un documental más; necesitaba uno mejor. Pero el gran problema es que el documental que reabre el caso Báez Sosa sin aportar verdadera profundidad.

Nota propia en concordancia con contenido publicado por La Voz.

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