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Editorial

La justicia ciega… y muda

Por Horacio Ortiz

¿Qué es el Estado? Viene bien, brevemente, definir esto porque no es otra cosa que una entidad con poder soberano para gobernar una nación cuyas funciones se dividen en tres áreas harto enunciadas por todos: Poder Ejecutivo, Poder Legislativo y Poder Judicial. Ahora bien ¿Por qué los poderes ejecutivos y legislativos hasta sobreabundan en formas, mecanismos, personas y estrategias para comunicar y el otro poder parecería ser un sarcófago sagrado donde casi ninguno de sus funcionarios se hace cargo que son parte del Estado y como tal tienen la obligación de brindar información?. Lograr que un funcionario del poder judicial hable con la prensa, explique y exponga (con las limitaciones que el caso amerite) sobre un hecho, muchas veces se vuelve una terea titánica.

Dividamos acá para acercarnos lo más posible a una imagen del tema entre lo que respetuosamente llamo las dos Argentinas: la que vive en la ciudad de Buenos Aires y los que estamos de la Av. General Paz para este lado y, aunque suene antipático, los que somos “del interior” sabemos que lograr estas cosas son siempre mucho más costosas y la dificultad de conseguirlas está directa y proporcionalmente relacionada con la densidad demográfica de las ciudades: cuanto más chicas, más difícil.

Parecería ser una cuestión menor pero es un poder del estado y para nada está equiparado a la presencia mediática que tienen los otros dos.

La gran diatriba que ha sufrido la justicia en los últimos años donde se la acusa de estar “politizada” o coaccionada por los otros poderes de turno tienen muchas veces que ver con estas cuestiones que significan no estar, nada más y nada menos, que cerca de quienes son sus destinatarios de ejecución de las leyes: los ciudadanos.

La llamada Justicia pendular donde parece moverse en pos de lo que van marcando las agendas mediáticas si tenemos una mirada amplia quizás podemos ver que los miles de juzgados y jueces de diversas instancias y competencias quizás tienen una visión más pragmática de las normas, pero al moverse dentro de una especie de ostracismo quizás el buen trabajo queda sumido en el silencio de sus estrados.

Todas las definiciones que podemos encontrar catalogan el término de justicia como un conjunto de valores que hacen a su esencia y deberían plantearse el estar dentro de los parámetros modernos de poder comunicar sus acciones, pero no desde la formalidad de un escrito donde la tarea de los periodistas se ve cercenada, sino desde de la confrontación de preguntas y respuestas, abrir esos despachos para que a través de los medios se pueden ver a jueces de carne y hueso, con vivencias, con ideas, también con errores porque desde ahí se mejora y construye.

Para definir su ecuanimidad la representamos desde la época de los antiguos romanos con los ojos vendados pero jamás con una mordaza ni siquiera autoimpuesta y, que el pueblo sepa de qué se trata, que todos podamos tener un poder abierto que dialogue y cuente, que se muestre y que esté profundizando su comunicación, sin lugar a dudas Será Justicia.

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