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Cuentos de fútbol: El viejo Aurelio

Cuentos de fútbol: El Viejo Aurelio

De Mauricio Cóccolo

 

“El fútbol es fútbol y la vida, vida”. El viejo Aurelio suele usar, cada tanto, esa frase para cerrar sus charlas en el bar del club. Casi siempre la dice por decirla nomás, sin ninguna pretensión especial, ni para hacerse el misterioso.

Aunque el viejo Aurelio se la pasa todo el tiempo hablando en el bar, lo poco que se sabe de él es que alguna vez fue técnico del equipo del pueblo y tiene una rara costumbre: repetir con admirable obstinación cada uno de sus días. A las diez y diez de la mañana pasa por la Quiniela a jugar un número -solo uno y siempre par-, que lleva anotado en el papel de la jugada anterior, envuelto con la plata. Llega, abre el puño arriba del mostrador, deja el bollito y se va. Después da la vuelta al pueblo en bicicleta, hace las 32 cuadras de exactos cien metros cada una en 28 minutos, a razón de 52 segundos y medio por calle, termina al frente de la panadería, retira el paquete con dos tiras de pan que le dejan arriba del mostrador y retorna a su casa. A las doce menos cuarto almuerza y vuelve a salir, siempre en bicicleta, esquiva la manzana del colegio porque ese es el horario de salida de los alumnos y se va para el club. Apoya el pedal de la bici contra el cordón de la vereda y se sienta en la mesa que da a la ventana, recién ahí pronuncia las primeras palabras del día para pedir lo que va a tomar. No tiene constantes para elegir, ese es el único momento donde se escapa de la rutina, por más que algunos aseguren que el viejo Aurelio pide Hesperidina cuando hay pronóstico de lluvia, café si el día está soleado o un anís Ocho Hermanos del rojo cuando presume que va a cambiar el tiempo. Esa idea errónea quedó instalada porque varias de las tormentas fuertes coincidieron con algunos de las borracheras más memorables que se comentan del viejo Aurelio.

“Ya va a parar”, dicen que dijo una vez mientras tomaba la quinta Legui y pedía una más antes de irse porque nunca se levanta si tomó una cantidad impar de vasos. Llovieron trescientos milímetros, se inundó el pueblo y el viejo Aurelio no tuvo más opción que esperar en el club hasta que bajara el agua. Seguramente, no hubo buenas historias esa tarde, porque las mejores se le escapan cuando está sobrio.

“Es más fácil saber cómo ganar un campeonato que ganarlo”, sorprendió de repente la única vez que se metió de lleno en el tema de la final que había perdido cuando era técnico del club. Todo el mundo conocía los pormenores de la historia, el viejo Aurelio siempre repetía meticulosamente las explicaciones periféricas, como un perro daba vueltas alrededor de la olla, pero cuando la conversación desembocaba en el desenlace se tomaba de cualquier argucia, como si fuera una liana, para escaparse.

El comentario, nunca del todo confirmado, era que lo habían traído para que dirigiera al equipo del pueblo por sus antecedentes como técnico en la Liga, por su fama de obsesivo, pragmático y ganador. Dicen que le pagaban buena plata y además le daban trabajo en la Cooperativa. Y que después se quedó a vivir en el pueblo aún sin salir campeón porque le gustaba el ritmo de vida. Y que nunca más volvió a dirigir luego de aquel partido. Lo que nadie tenía muy claro eran los motivos de la derrota en aquella famosa final; no tan famosa, es cierto, por su importancia sino más bien porque se trataba de una de las pocas que había jugado el club en los últimos años.

 

El viejo Aurelio siempre aclaraba que su misión fue sacar a aquel grupo de perdedores consuetudinarios del lugar donde estaban y llevarlos al campeonato. “A las patadas, de ser necesario”, resumía. Después, entrando en la parte caliente de la historia, recordaba con los ojos iluminados su charla técnica del día de la final: “Nosotros somos once. Ellos, once. Cada uno elige a su rival y no se habla más. El nueve y el diez mueven del medio, los marcadores de punta hacen los laterales, el dos saca del arco, los wines patean los corners, el diez los tiros libres, el nueve los penales, el cinco roba y toca”.

Luego solía hablar muy por encima sobre los detalles del juego para llegar a lo que según él había sido la clave de la definición, y ahí siempre inventaba un atajo para escaparse de un laberinto que solo él conocía. Hasta que un día, sin motivos aparentes que lo justificaran, presionó el cuchillo contra el hueso.

Cuentos de fútbol: El viejo Aurelio

“Me equivoqué, no tendría que haber aceptado patear los penales en ese momento, pero no sabía lo del arquero…”, reconoció, sin poner demasiado énfasis en la autoincriminación, y agregó: “El tema es que el comienzo del partido se demoró por la lluvia y cuando terminó ya era casi de noche. Como la cancha no tenía luces, el árbitro nos preguntó si estábamos de acuerdo con arrimar unos autos para que alumbraran el arco donde se debían patear los penales o preferíamos volver al otro día para definir”.

De repente, el viejo Aurelio interrumpió el relato y pidió el segundo café para no irse rengo. Sin querer anticipó que el final de la historia estaba cerca, pero todavía le quedaban algunas cosas que, según explicó, sigue repitiendo porque aún no logra decir exactamente lo que quiere: “Cuando acierte con la frase, me callo para siempre”, sentenció y retomó el hilo de la exposición.

“El problema fue que tuve tiempo para pensar, ¡y pensé! No me moví por mis instintos. Creí que era mejor evitar el trastorno de tener que estar toda la noche pateando los penales en la cabeza. Más el viaje. Encima al otro día era lunes y por ahí se podía complicar con el trabajo de alguno de los muchachos. En fin, elegí la opción que creí que nos convenía, pero no sabía de lo otro…”. El viejo Aurelio volvió a frenar el ritmo, ahora más bruscamente, clavó la mirada en la bicicleta apoyada contra el cordón como avisándole en clave sus próximos movimientos. Sabía que estaba por soltar algo que todos esperaban y difícilmente se repitiera. Tomó aire, resopló y siguió.

“Nada de lotería, viejo. Los penales no son una lotería. La suerte es la excusa de los que pierden. Nosotros perdimos. ¡Yo perdí! Y nada tuvo que ver la suerte. Sabía todo: dónde iban a patear ellos, si tiraban a colocar o a fundir, las carreras largas o cortas, cuál era el perfil que más le costaba al arquero, hasta sabía qué tenían que gritar los hinchas para perturbarlos. Todo sabía, menos lo del pelotudo del arquero nuestro…”, la puteada del viejo Aurelio hizo ruido porque nunca usaba ese tipo de expresiones, pero en el desarrollo de la confesión resultaba inevitable para acentuar su descargo.

“Si hubiera sabido ni loco dejo patear los penales de noche y alumbrados por las luces de los autos, que estaban bien ubicados en cada uno de los costados para no encandilar ni hacer sombra, convergían en el centro del arco y formaban una especie de zona iluminada en medio de la oscuridad más absoluta. El tema es que no sabía lo del arquero…”, repitió por tercera vez el viejo Aurelio, mientras con la lengua se limpiaba el café de las comisuras y jugueteaba con los labios, como los chicos cuando están por reconocer una travesura.

“El arquero veía bien, no era ese el problema; la cuestión es que nunca me había contado que de pibe lo ayudaba al padre en la herrería… Estoy convencido, al día de hoy, que las reminiscencias de los resplandores de las soldaduras se le vinieron a la cabeza en cada penal y por eso acertó todos los palos, pero no atajó ninguno. La suerte se nos escapó porque no fui capaz de arrinconarla lo suficiente…”, concluyó el viejo Aurelio, al mismo tiempo que cerraba el puño para presionar un bollito que había hecho con el sobre del azúcar. Después abrió la palma, tomó la pelotita de papel con los dedos de la otra mano y la tiró procurando embocarla en la taza ya vacía, pero como una ironía del pasado que no dejaba de atormentarlo la improvisada pelota rebotó en el borde y cayó al piso. El viejo Aurelio la siguió con la vista, resignado. Cerró los ojos levantando las cejas, suspiró profundamente, dio media vuelta y enfiló rumbo a la bicicleta. Mientras se subía gritó aquello del fútbol y la vida. Empezó a pedalear y recién ahí pareció retomar nuevamente el control de su rutinario destino. Ya sabía lo que vendría. Eso lo dejaba más tranquilo. 

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