Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)
Cuando apenas estaba aprendiendo a caminar —allá en Algorta, un barrio del municipio vizcaíno de Guecho, Vizcaya, en el País Vasco—, José Luis Mezo Ugarte tropezó. Y se lastimó la cara de modo tal que una cicatriz le cruzó el rostro de norte a sur por el resto de sus días. Así consiguió un característico gesto de pirata sin navío, de hombre de avería, de guapo veloz para el cuchillo. «Mala cara, cara cuero mojado / secado al sol».
Cuando tenía tres años, había nacido el 22 de julio de 1951, su familia se mudó a Venezuela. Fue entonces, tal vez, que incubó en su espíritu la vocación nómade que lo acompañaría como la marca que persistía en su semblante. Aquello que luego Facundo Cabral definiría con un «no soy de aquí, ni soy de allá». Según José Luis Ugarte, su padre, «el chaval ya tenía trece años y los mapas del libro de geografía universal llenos de anotaciones. Había localizado perfectamente el lugar donde estábamos, y sabía de geografía mucho más que yo».

London calling
Apenas logró la mayoría de edad abandonó Venezuela con el mundo por destino. Aún adolescente se instaló por una breve temporada en Suecia, para recalar luego en Londres, que a fines de la década del ’60 era un tsunami cultural. Los Beatles se apagaban, los Rolling se renovaban y Led Zeppelin proponía una nueva era.
Mezo (ya se estaba convirtiendo en Mezo Bigarreta) compartió casas ocupadas con Sid Vicious, se hizo amigo de Joaquín Sabina, aunque la relación que no terminaría en buenos términos por algún asunto de polleras («Yo le robo las mujeres y él me roba los versos» diría el vasco años después). Y coincidió en bares, recitales y afición por la heroína con Luca Prodan, aunque se relacionaría con el cantante de Sumo años después, en Buenos Aires.
Londres también tuvo su lado oscuro. Mezo terminó preso y nunca nadie supo bien por qué. Quien fuera su compañera, Patricia Somoza, intenta explicar el asunto: «Nunca contó por qué había ido en cana. Yo creo que quería vivir la experiencia. Él decía que se había escapado, pero estaba en libertad condicional: tenía que quedarse en Londres y se fue del país. Los detalles nunca los contó: creo que tenía que ver con el tráfico de algún metal… Pero era muy mitómano. Siempre estaba construyendo su personaje».

Los años cariocas
Luego de conocer los calabozos londinenses decidió volver a Venezuela, pero no duró mucho tiempo en el país que lo había visto crecer. Agarró la mochila y pasó una temporada coqueteando con una deshilachada y vencida guerrilla boliviana. Pero entendió que las armas no eran lo suyo y se fue a Brasil.
En Brasil transitó entre Río de Janeiro y San Pablo. Se fascinó con la música brasilera, encandilado por el bossa y la tropicalía. Se hizo amigo de Chico Buarque y Milton Nascimento y tuvo dos hijas. Pero si bien se codeaba con lo más granado de la movida carioca, tenía problemas para pagar el alquiler y llevar un plato a la mesa. Así que decidió volver a levar anclas.
Buenos Aires, destino final
Llegó a Buenos Aires en 1985, plena primavera democrática y con la música argentina en estado de ebullición. La prohibición de difundir música en inglés en los medios de comunicación surgida con motivo de la guerra de Malvinas, abría las puertas de las discográficas a nuevos artistas con propuestas disruptivas.
Rápidamente trabó relación con buena parte de la movida rockera local. Como ya se dijo, se vinculó con Luca Prodan, pero además con Miguel Abuelo, Rodolfo García —baterista de Almendra—, Horacio Fontova, Juan Carlos Baglietto, Adrián Abonizio y otros miembros de la Trova Rosarina, el Indio Solari y Skay Beilinson de Los Redondidos de Ricota. También recompuso su relación con Joaquín Sabina.

En 1990 grabó y publicó, a través del sello Odeón, «Viaje de vida», su primer disco, pero pasó inadvertido en las bateas. No pudo ingresar en el circuito comercial y, aun cuando algunos interpretes grabaron canciones suyas (tal el caso de Baglietto que publicó «En este barrio» en «Ayúdame a mirar» de 1990 y «La rosa fantasma» en «Corazón de barco» de 1993).
Rodolfo García explica que «hay tipos que componen bien pero no llegan a la gente común: lo que se llama ‘música para músicos’. En su caso había temas que, bien difundidos, hubieran podido vender carradas de discos. Tenían ángel, y una pegada popular».
«El rastro borrado de un puñal mudo»
Pero había una sombra que acompañaba Mezo como la cicatriz de su rostro y se evidenciaba en una frase que solía repetir: «El día del loco nací y el día del loco voy a morir». En sus últimos días se paseaba por los bosques de Palermo con una soga en las manos. Apareció colgado de un palo borracho el 22 de enero de 1993.
Solamente unos pocos meses después se publicó «Barco», su segundo disco, a través de Sony, que contó con la participación de grandes músicos como los guitarristas José Luis «Sartén» Asaresi, José Pedro Beledo, Rodolfo García, Pedro Conde y la cofradía uruguaya de Rubén Rada, los hermanos Hugo y Osvaldo Fattoruso, Beto Satragni y Ricardo Nolé. En la actualidad sus dos discos son prácticamente inconseguibles y se sólo pueden encontrar algunos temas sueltos en plataformas como Youtube.
Joaquín Sabina se enteró de su muerte cuando estaba brindando una entrevista al periodista Víctor Pintos. Demudado, pospuso el reportaje hasta el día siguiente, cuando llegó con la letra flamante de su homenaje / necrológica: «Flores en su tumba» (que posteriormente fue publicada como «Flores en la tumba de un vasquito»)
«Excepto las de la imaginación / Había perdido todas las batallas / Un domingo sin fútbol nos contó / Vencido, que tiraba la toalla / Y nadie lo creyó (…) / Debía «luca y media» de alquiler / Dejó en herencia un verso de Neruda / Una lágrima de Lilí Marlen / Flotando en el café / Y una guitarra tísica y viuda.




