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Los duendes del Bar Carrasco

Los duendes del Bar Carrasco
Del archivo de Cosas Nuestras

Bar Carrasco. Era el bar “del Hugo”, del “Colorado”. Era el bar que cerraba la Belgrano antes convertirse en Libertador, y que sobrevivió hasta donde pudo los embates del progreso y las ansias expansionistas de Becerra.

El Carrasco era un bar como debía ser. Las botellas en los estantes, detrás de la barra. Las mesas simples, cuadradas, bien de bar de aquellos tiempos. Vasos de culo grueso y el nombre del boliche pintado en la vidriera. Afuera, un cartelito de Coca Cola daba señales inequívocas que allí había un bar con todas las de la ley.

Ideal para un buen café con leche con medialunas; o para compartir una cerveza. Por qué no un Gancia con una picadita.

Así de simple era el Bar Carrasco; y tal vez esa misma simpleza fue la que lo terminó convirtiendo en un símbolo de aquella última cuadra de la Avenida Belgrano.

Tal vez porque su espíritu lo reclamaba, fue la última porción de sueños que terminó de convertirse en supermercado.

Primero, panadería

Al cabo de tantos años, uno debe asentarse en los recuerdos en quienes lo conocieron por dentro. Así Gabriel, uno de los hijos de Hugo, nos cuenta: “Arrancó todo allá por los años cuarenta. Al principio no fue bar, fue una panadería. Los que iniciaron la historia fueron mis abuelos”.

Y así fue. Angela y Ricardo fueron los iniciadores del negocio. Ricardo, español de pura cepa y Angela una hermosa checoslovaca que lo enamoró y de quien seguramente habrá que buscar los orígenes del color de cabello de su hijo Hugo.

Hugo, junto a Angela, su madre.

“Me contaba mi papá que hacían muy buenos productos. Sobre todo porque hacían panificación dulce, que no abundaba. Los turistas que venían a Alta Gracia iban a comprar las palmeritas únicas que hacían mis abuelos”, sigue recordando Gabriel.

Unos años más tarde, la panadería se convirtió en el bar que todos conocimos hasta hace unos cuantos años. El que recién describíamos, añejo, clásico, pero que de vez en cuando se tomaba una licencia para la modernidad. Como cuando instaló un par de flippers, o cuando Hugo compró un gran televisor color para pasar los partidos del Mundial.

“Había clientes de todos los días, del café para armar la jornada. El Poso Monqaut, por ejemplo. O los que hacían su vermucito, o su cerveza. O los que salían del súper y entraban a tomar algo antes de ir a la casa”.

El Bar Carrasco fue el último comercio que resistió antes de convertirse en supermercado. Sería injusto no acordarnos de él a la hora de repasar las historias de la ciudad.

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